F. Engels

CONTRIBUCION AL PROBLEMA
DE LA VIVIENDA


 
De las OBRAS ESCOGIDAS
(en tres tomos)
de C. Marx y F. Engles

Editorial Progreso -- Moscú, 1981

Tomo 3, págs. 314-396.


Preparado © para la Internet por Rafael Masada, Masada97@aol.com (Mayo de 2000)

pág. 314

 

CONTRIBUCION AL PROBLEMA
DE LA VIVIENDA[1]

 

INDICE
Prefacio a la segunda edición de 1887 314
Contribución al problema de la vivienda 324
Primera parte. Cómo resuelve Proudhon
el problema de la vivienda
324
Segunda parte. Cómo resuelve la burguesía
el problema de la vivienda
344
I. 344
II. 356
III. 371
Tercera parte. Suplemento sobre Proudhon y
el problema de la vivienda
374
I. 374
II. 379
III. 387
IV. 391
Notas

 

PREFACIO A LA SEGUNDA EDICION DE 1887

La presente obra es la reimpresión de tres artículos que escribí en 1872 para el «Volksstaat»[2] de Leipzig. Precisamente en aquella época llovían sobre Alemania los miles de millones de francos franceses[3], el Estado pagó sus deudas; fueron construidas fortificaciones y cuarteles, y renovados los stocks de armas y de municiones; el capital disponible, lo mismo que la masa de dinero en circulación aumentaron, de repente, en enorme proporción. Y todo esto, precisamente en el momento en que Alemania aparecía en la escena mundial, no sólo como «Imperio unido», sino también como gran país industrial. Los miles de millones dieron un formidable impulso a la joven gran industria; fueron ellos, sobre todo, los que trajeron después de la guerra un corto período de prosperidad, rico en ilusiones, e inmediatamente después, la gran bancarrota de 1873-1874, la cual demostró que Alemania era un país industrial ya maduro para participar en el mercado mundial.

La época en que un país de vieja cultura realiza esta transición —acelerada, además, por circunstancias tan favorables— de la manufactura y de la pequeña producción a la gran industria, suele ser también una época de «penuria de la vivienda». Por una parte, masas de obreros rurales son atraídas de repente a las grandes ciudades, que se convierten en centros industriales; por otra parte, el trazado de aquellas viejas ciudades no corresponde ya a las condiciones de la nueva gran industria ni a su gran tráfico; las

pág. 315

calles son ensanchadas, se abren otras nuevas, pasan por ellas ferrocarriles. En el mismo momento en que los obreros afluyen en gran número a las ciudades, las viviendas obreras son destruidas en masa. De aquí la repentina penuria de la vivienda, tanto para el obrero, como para el pequeño comerciante y el artesano, que dependen de la clientela obrera. En las ciudades que surgen desde el primer momento como centros industriales, esta penuria de la vivienda es casi desconocida. Así son Manchester, Leeds, Bradford, Barmen-Elberfeld. Por el contrario, en Londres, París, Berlín, Viena, la penuria de la vivienda ha adquirido en su tiempo formas agudas y sigue existiendo en la mayoría de los casos en un estado crónico.

Fue, pues, esa penuria aguda de la vivienda, ese síntoma de la revolución industrial que se desarrollaba en Alemania, lo que, en aquel tiempo, llenó los periódicos de discusiones sobre el «problema de la vivienda» y dio lugar a toda clase de charlatanerías sociales. Una serie de artículos de este género vino a parar al «Volksstaat». Un autor anónimo, que se dio a conocer más tarde como el señor doctor en medicina A. Mülberger, de Wurtemberg, estimó la ocasión favorable para aprovechar esta cuestión e ilustrar a los obreros alemanes sobre los efectos milagrosos de la panacea social de Proudhon[4]. Cuando manifesté mi asombro a la redacción por haber aceptado aquellos singulares artículos, me pidieron que los contestase, y así lo hice. (Véase la primera parte: Cómo resuelve Proudhon el problema de la vivienda). Poco después de aquella serie de artículos escribí otra, en la cual, basándome en un libro del Dr. Emil Sax[5], examiné la concepción burguesa filantrópica de la cuestión; (Véase la segunda parte: Cómo resuelve la burguesía el problema de la vivienda.) Después de un silencio bastante largo, el Dr. Mülberger me hizo el honor de contestar a mis artículos[6], lo que me obligó a publicar una contrarréplica (véase la tercera parte: Suplemento sobre Proudhon y el problema de la vivienda), la cual puso fin tanto a la polémica como a mi trabajo particular sobre esta cuestión. Tal es la historia de aquellas tres series de artículos que se publicaron también en folleto aparte. Si hoy es precisa una nueva edición, lo debo, sin duda alguna, a la benévola solicitud del Gobierno del Imperio alemán, quien, al prohibirla, hizo, como siempre, subir de un modo enorme la demanda, y le expreso aquí mi más respetuoso agradecimiento.

Para esta nueva edición he revisado el texto, he hecho algunas adiciones, puse algunas notas y rectifiqué en la primera parte un pequeño error económico que, desgraciadamente, el Dr. Mülberger, mi adversario, no había descubierto.

Al hacer esta revisión, me he dado cuenta claramente de los progresos considerables realizados por el movimiento obrero inter-

pág. 316

nacional en el curso de los catorce últimos años. En aquel tiempo, era todavía un hecho que «los obreros de los países latinos no tenían otro alimento intelectual, desde hace veinte años, que las obras de Proudhon»[*] y, a lo sumo, el proudhonismo aún más estrecho de Bakunin, el padre del «anarquismo» que veía en Proudhon al «maestro de todos nosotros» («notre maître à nous tous»). Aunque los proudhonianos no constituían en Francia más que una pequeña secta entre los obreros, eran, sin embargo, los únicos que tenían un programa concretamente formulado y los únicos que, bajo la Comuna, podían tomar la dirección de los asuntos económicos. En Bélgica, el proudhonismo dominaba sin disputa entre los obreros valones, y en España e Italia, con pocas excepciones, todo lo que no era anarquista en el movimiento obrero, era decididamente proudhoniano. ¿Y hoy? En Francia, los obreros se han apartado por completo de Proudhon, y éste ya no cuenta con partidarios más que entre los burgueses radicales y los pequeños burgueses, quienes, como proudhonianos, se llaman también «socialistas», pero son combatidos del modo más violento por los obreros socialistas. En Bélgica, los flamencos han arrebatado a los valones la dirección del movimiento, han rechazado el proudhonismo y han dado mucho empuje al movimiento. En España, como en Italia, la gran oleada anarquista de la década del 70 ha refluido, llevándose los restos del proudhonismo; si en Italia el nuevo partido está todavía por clarificarse y constituirse, en España, el pequeño núcleo, que como Nueva Federación Madrileña[7] había permanecido fiel al Consejo General de la Internacional, se ha desarrollado en un partido poderoso. Este, como se puede juzgar por la misma prensa republicana, está destruyendo la influencia de los republicanos burgueses sobre los obreros con mucha más eficacia que pudieron hacerlo nunca sus predecesores anarquistas, tan alborotadores. En vez de las obras olvidadas de Proudhon, se encuentran hoy en manos de los obreros de los países latinos El Capital, el Manifiesto Comunista y una serie de otros escritos de la escuela de Marx. Y la demanda más importante de Marx —apropiación de todos los medios de producción, en nombre de la sociedad, por el proletariado elevado a la dominación política exclusiva— se ha convertido hoy, también en los países latinos, en la demanda de toda la clase obrera revolucionaria.

Si el proudhonismo ha sido rechazado definitivamente por los obreros, incluso en los países latinos; si ahora sólo sirve, de acuerdo con su verdadero destino, a la burguesía radical francesa, española, italiana y belga, como expresión de sus veleidades burguesas y pequeñoburguesas, ¿por qué, pues, hoy todavía, volver a él?


[*] Véase el presente tomo, pág. 343. (N. de la Edit.)

pág. 317

¿Por qué combatir otra vez con la reimpresión de estos artículos a un adversario desaparecido?

Primero, porque estos artículos no se limitan a una sencilla polémica contra Proudhon y sus representantes alemanes. A consecuencia de la división del trabajo que existía entre Marx y yo, me tocó defender nuestras opiniones en la prensa periódica, lo que, en particular, significaba luchar contra las ideas opuestas, a fin de que Marx tuviera tiempo de acabar su gran obra principal. Esto me condujo a exponer nuestra concepción, en la mayoría de los casos en forma polémica, contraponiéndola a las otras concepciones. Lo mismo aquí. La primera y la tercera parte no solamente contienen una crítica de la concepción proudhoniana del problema, sino también una exposición de la nuestra propia.

En segundo lugar, Proudhon representó en la historia del movimiento obrero europeo un papel demasiado importante para caer sin más ni más en el olvido. Teóricamente refutado y prácticamente excluido, conserva todavía su interés histórico. Quien se dedique con cierto detalle al estudio del socialismo moderno, debe también conocer los «puntos de vista superados» del movimiento. La Miseria de la Filosofía, de Marx, se publicó varios años antes de que Proudhon hubiera expuesto sus proyectos prácticos de reforma social; entonces, Marx podía solamente descubrir el germen y criticar el Banco de Cambio de Proudhon. En este aspecto, su libro será completado por el mío, aunque, por desgracia, de un modo harto insuficiente. Marx lo hubiera hecho mucho mejor y de una manera más convincente.

Por último, aun hoy día el socialismo burgués y pequeñoburgués está poderosamente representado en Alemania. De una parte, por los socialistas de cátedra[8] y por filántropos de toda clase, entre los cuales el deseo de transformar a los obreros en propietarios de sus viviendas desempeña todavía un papel importante; contra ellos mi trabajo sigue, pues, siendo oportuno. De otra parte, se encuentra representado en el partido socialdemócrata mismo, comprendida la fracción del Reichstag, cierto socialismo pequeñoburgués. Y esto en tal forma que, a pesar de reconocer la exactitud de los conceptos fundamentales del socialismo moderno y de la demanda de que todos los medios de producción sean transformados en propiedad social, se declara que su realización es solamente posible en un futuro lejano, prácticamente imprevisible. Así pues, por ahora se limitan a simples remiendos sociales, y hasta pueden, según las circunstancias, simpatizar con las aspiraciones más reaccionarias que pretenden «elevar a las clases laboriosas». La existencia de tal orientación es completamente inevitable en Alemania, país pequeñoburgués por excelen-

pág. 318

cia, y sobre todo en una época en la cual el desarrollo industrial desarraiga por la violencia y en gran escala a esta pequeña burguesía tan profundamente arraigada desde tiempos inmemoriales. Esto tampoco presenta el menor peligro para el movimiento, gracias al admirable sentido común de nuestros obreros, del que tan brillantes pruebas han dado precisamente en el transcurso de los ocho últimos años, en la lucha contra la ley antisocialista[9], contra la policía y contra los magistrados. Pero es indispensable saber claramente que tal orientación existe. Y si, como es necesario y hasta deseable, esta orientación llega más tarde a tomar una forma más sólida y contornos más precisos, deberá entonces volverse hacia sus predecesores para formular su programa, y no podrá prescindir de Proudhon.

El fondo de la solución, tanto la burguesa como la pequeñoburguesa, del «problema de la vivienda» es que el obrero sea propietario de su vivienda. Pero es éste un punto que el desarrollo industrial de Alemania durante los veinte últimos años enfoca con una luz muy particular. En ningún otro país existen tantos trabajadores asalariados que son propietarios no sólo de su vivienda, sino también de un huerto o un campo; además, existen muchos más que ocupan como arrendatarios una casa, un huerto o un campo, con una posesión de hecho bastante asegurada. La industria a domicilio rural, practicada en común con la horticultura o el pequeño cultivo, constituye la base amplia de la joven gran industria alemana; en el Oeste, los obreros, en su mayoría, son propietarios; en el Este, casi todos son arrendatarios de su vivienda. Esta combinación de la industria a domicilio con la horticultura y el cultivo de los campos y, a la vez, con una vivienda asegurada, no solamente la encontramos en todos los lugares donde el tejido a mano lucha todavía contra el telar mecánico, como en el Bajo Rin y en Westfalia, en los Montes Metálicos de Sajonia y en Silesia; la encontramos también en todos los sitios en que una u otra rama de la industria a domicilio se ha afianzado como industria rural, por ejemplo, en la selva de Turingia y en el Rhön. Con ocasión de los debates sobre el monopolio de tabacos, se ha revelado hasta qué grado la manufactura de cigarros se practica ya como trabajo a domicilio rural. Y cada vez que surge una situación calamitosa entre los pequeños campesinos, como hace algunos años en los montes Eifel[10], la prensa burguesa se apresura inmediatamente a reclamar como único remedio la organización de una industria a domicilio adecuada. En realidad, la miseria creciente de los campesinos parcelarios alemanes y la situación general de la industria alemana empujan a una extensión continua de la industria a domicilio rural. Este es un fenómeno propio de Alemania. En Francia no se encuentra nada semejante

pág. 319

más que excepcionalmente, por ejemplo, en las regiones de cultivo de la seda; en Inglaterra, donde no existen pequeños campesinos, la industria a domicilio rural descansa sobre el trabajo de las mujeres y de los niños de los jornaleros agrícolas; solamente en Irlanda es donde vemos practicada la industria de la confección a domicilio, lo mismo que en Alemania, por verdaderas familias campesinas. Naturalmente, no hablamos aquí de Rusia ni tampoco de los otros países que no están representados en el mercado industrial mundial.

De este modo, Alemania se encuentra hoy, en gran parte, en una situación industrial que, a primera vista, corresponde a la que predominaba de una manera general antes de la aparición de las máquinas. Pero esto sólo a primera vista. Antes, la industria a domicilio rural, ligada a la horticultura y al pequeño cultivo, por lo menos en los países que se desarrollaban industrialmente, era la base de una situación material soportable y a veces acomodada entre las clases laboriosas, pero también de su nulidad intelectual y política. El producto hecho a mano y su costo determinaban el precio en el mercado; y con la productividad del trabajo de entonces, insignificante al lado de la de nuestros días, los mercados aumentaban, por regla general, más rápidamente que la oferta. Fue el caso que se dio hacia la mitad del siglo pasado en Inglaterra y parcialmente en Francia, sobre todo en la industria textil. Ocurría todo lo contrario en Alemania, la cual, en aquel tiempo, apenas se rehacía de los destrozos causados por la guerra de los Treinta años[11] y se esforzaba por levantar cabeza en medio de las circunstancias menos favorables. La única industria a domicilio que trabajaba para el mercado mundial, la que producía tejidos de lino, estaba tan oprimida por los impuestos y las cargas feudales, que no elevó al campesino-tejedor por encima del nivel, muy bajo por lo demás, del resto del campesinado. Sin embargo, los trabajadores de la industria a domicilio tenían, en aquel tiempo, asegurada hasta cierto punto su existencia.

Con la introducción de las máquinas, todo aquello cambió. Entonces, el precio fue determinado por el producto hecho a máquina, y el salario del trabajador industrial a domicilio descendió a la par con aquel precio. Tenía que aceptarlo o buscarse otro trabajo, pero esto no lo podía hacer sin convertirse en proletario, es decir, sin abandonar —fuese propietario o arrendatario— su casita, su huerto y su parcela de tierra. Y sólo en muy contadas ocasiones se resignaba a ello. Es así como la horticultura y el pequeño cultivo de los viejos tejedores rurales fue causa de que la lucha del tejido a mano contra el telar mecánico —lucha que en Alemania todavía no ha terminado— se prolongara en todas partes durante tanto tiempo. En esta lucha se reveló por primera vez,

pág. 320

sobre todo en Inglaterra, que la misma circunstancia que antes diera un bienestar relativo a los trabajadores —la posesión de sus medios de producción— se había convertido para ellos en un obstáculo y una desgracia. En la industria, el telar mecánico reemplazó su telar manual; en la agricultura, la gran empresa agrícola eliminó su pequeña hacienda. Pero mientras en ambos dominios de la producción, el trabajo asociado de muchos y el empleo de las máquinas y de las ciencias se convertían en regla social, su casita, su huerto, su parcela de tierra y su telar encadenaban al trabajador al método anticuado de la producción individual y del trabajo a mano. La posesión de una casa y de un huerto era ahora de un valor muy inferior a la plena libertad de movimiento. Ningún obrero de fábrica hubiera cambiado su situación por la del pequeño tejedor rural, que se moría de hambre, lenta, pero seguramente.

Alemania apareció tarde en el mercado mundial. Nuestra gran industria surgió en la década del cuarenta y recibió su primer impulso de la revolución de 1848; no pudo desarrollarse plenamente más que cuando las revoluciones de 1866 y 1870[12] hubieron barrido de su camino por lo menos los peores obstáculos políticos. Pero encontró un mercado mundial en gran parte ocupado. Los artículos de gran consumo venían de Inglaterra, y los artículos de lujo de buen gusto, de Francia. Alemania no podía vencer a los primeros por el precio, ni a los segundos por la calidad. No le quedaba más remedio, de momento, que seguir el camino trillado de la producción alemana y colarse en el mercado mundial con artículos demasiado insignificantes para los ingleses y demasiado malos para los franceses. La práctica alemana predilecta de la estafa, que consiste en mandar primero muestras buenas y después mercancías malas, fue rápida y duramente reprimida en el mercado mundial, y quedó casi abandonada; por otra parte, la competencia de la superproducción llevó poco a poco, incluso a los sólidos ingleses, por el camino resbaladizo del empeoramiento de la calidad y favoreció así a los alemanes, quienes en este orden no admiten competencia. Así fue cómo, por fin, llegamos a poseer una gran industria y a representar un papel en el mercado mundial. Pero nuestra gran industria trabaja casi exclusivamente para el mercado interior (a excepción de la industria del hierro, cuya producción excede en mucho las necesidades del país). El grueso de nuestra exportación se compone de una cantidad infinita de pequeños artículos, producidos en su mayoría por la industria a domicilio rural y para los cuales la gran industria suministra, todo lo más, los productos semimanufacturados.

Y es aquí donde aparece en todo su esplendor la «bendición» de la propiedad de una casa y de una parcela para el obrero moderno.

pág. 321

En ningún sitio, y apenas se puede exceptuar la industria a domicilio irlandesa, se pagan salarios tan infamemente bajos como en la industria a domicilio alemana. Lo que la familia obtiene de su huerto y de su parcela de tierra, la competencia permite a los capitalistas deducirlo del precio de la fuerza de trabajo. Los obreros deben incluso aceptar cualquier salario a destajo, pues sin esto no recibirían nada en absoluto, y no podrían vivir sólo del producto de su pequeño cultivo. Y como, por otra parte, este cultivo y esta propiedad territorial les encadenan a su localidad, les impiden con ello buscar otra ocupación. Esta es la circunstancia que permite a Alemania competir en el mercado mundial en la venta de toda una serie de pequeños artículos. Todo el beneficio se obtiene mediante un descuento del salario normal, y se puede así dejar para el comprador toda la plusvalía. Tal es el secreto de la asombrosa baratura de la mayor parte de los artículos alemanes de exportación.

Es esta circunstancia, más que cualquier otra, la que hace que los salarios y el nivel de vida de los obreros alemanes sean, también en las otras ramas de la industria, inferiores a los de los países de la Europa Occidental. El peso muerto de este precio del trabajo, mantenido tradicionalmente muy por debajo del valor de la fuerza de trabajo, gravita igualmente sobre los salarios de los obreros de las ciudades e incluso de las grandes ciudades, haciéndolos descender por debajo del valor de la fuerza de trabajo, tanto más cuanto que en las ciudades, igualmente, la industria a domicilio mal retribuida, ha sustituido al antiguo artesanado, haciendo bajar también el nivel general de salario.

Vemos aquí claramente cómo, lo que en una etapa histórica anterior era la base de un bienestar relativo de los obreros —la combinación del cultivo y de la industria, la posesión de una casa, de un huerto y de un campo, la seguridad de una vivienda—, hoy, bajo el reinado de la gran industria, se convierte no solamente en la peor de las cadenas para el obrero, sino también en la mayor desgracia para toda la clase obrera, en la base de un descenso sin precedentes del salario por debajo de su nivel normal. Y esto no solamente en algunas ramas de la industria o en regiones aisladas, sino en escala nacional. No es sorprendente que la grande y la pequeña burguesía, que viven y se enriquecen con estos enormes descuentos de los salarios, sueñen con la industria rural, la posesión de una casa por cada obrero y vean en la creación de nuevas industrias a domicilio el único remedio para todas las miserias rurales.

Este no es más que un aspecto de la cuestión; pero la medalla tiene también su reverso. La industria a domicilio se ha convertido en la base amplia del comercio exterior alemán, y, por lo

pág. 322

tanto, de toda la gran industria. Así se ha extendido en numerosas regiones de Alemania y se extiende cada día más. La ruina del pequeño campesino se hizo inevitable desde el momento en que su trabajo industrial a domicilio para su propio consumo fue destruido por la baratura de la confección y del producto de la máquina, y su ganadería —y, por lo tanto, su producción de estiércol—, por la disolución del régimen comunal, por la abolición de la Marca comunal y de la rotación obligatoria de los cultivos. Esta ruina lleva forzosamente a los pequeños campesinos, caídos en manos del usurero, hacia la moderna industria a domicilio. Lo mismo que en Irlanda la renta del terrateniente, en Alemania los intereses del usurero hipotecario no pueden pagarse con el producto del suelo, sino solamente con el salario del campesino industrial. Pero con la extensión de la industria a domicilio, las regiones rurales son arrastradas una tras otra al movimiento industrial de hoy. Esta revolución operada en los distritos rurales por la industria a domicilio es la que extiende la revolución industrial en Alemania en una escala mucho más vasta que en Inglaterra y en Francia. El nivel relativamente bajo de nuestra industria hace tanto más necesaria su amplia extensión. Esto explica que en Alemania, a diferencia de lo que ocurre en Inglaterra y en Francia, el movimiento obrero revolucionario se haya extendido tan considerablemente en la mayor parte del país, en lugar de estar ligado exclusivamente a los centros urbanos. Y esto explica, a su vez, la progresión reposada, segura e irresistible del movimiento. Está claro que en Alemania un levantamiento victorioso en la capital y en las otras grandes ciudades sólo será posible cuando la mayoría de las pequeñas ciudades y una gran parte de las regiones rurales estén igualmente maduras para la revolución. Con un desarrollo más o menos normal, nosotros no nos encontraremos jamás en situación de obtener victorias obreras, como los parisinos en 1848 y 1871; pero tampoco, por esta misma razón, de sufrir derrotas de la capital revolucionaria por las provincias reaccionarias, tales como las conoció París en los dos casos. En Francia, el movimiento partió siempre de la capital; en Alemania, de las regiones, de gran industria, de manufacturas y de industria a domicilio; sólo más tarde fue conquistada la capital. Por eso, tal vez también en el porvenir, la iniciativa quede reservada a los franceses, pero sólo en Alemania se podrá lograr la victoria decisiva.

Ahora bien, la industria a domicilio y la manufactura rurales —que por su extensión se han convertido en la esfera esencial de producción de Alemania y gracias a las cuales el campesinado alemán está cada vez más revolucionado— no representan por sí mismas más que la primera etapa de una revolución ulterior. Como ha demostrado ya Marx (El Capital, t. I, 3 ed., págs. 484-

pág. 323

495[*]), en cierto grado de desarrollo la máquina y la fábrica harán sonar también para ellas la hora de la decadencia. Y esta hora parece próxima. Pero la destrucción de la industria a domicilio y de la manufactura rurales por la máquina y la fábrica significa en Alemania la destrucción de los medios de existencia de millones de productores rurales, la expropiación de casi la mitad del pequeño campesinado, la transformación no solamente de la industria a domicilio en producción fabril, sino también de la economía campesina en gran agricultura capitalista y de la pequeña propiedad territorial en grandes dominios: una revolución industrial y agraria en provecho del capital y de la gran propiedad territorial y en detrimento de los campesinos. Si el destino de Alemania es pasar también por dicha transformación en las viejas condiciones sociales, ésta constituirá indudablemente un punto de viraje. Si la clase obrera de cualquier otro país no toma hasta entonces la iniciativa, será Alemania, sin duda, la que comenzará el ataque con la ayuda valerosa de los hijos campesinos del «glorioso ejército».

Y la utopía burguesa y pequeñoburguesa de proporcionar a cada obrero una casita en propiedad y encadenarle así a su capitalista de una manera semifeudal, adquiere ahora un aspecto completamente distinto. La realización de esta utopía resulta ser la transformación de todos los pequeños propietarios rurales de casas en obreros industriales a domicilio, la desaparición del antiguo aislamiento y, por lo tanto, de la nulidad política de los pequeños campesinos, arrastrados por la «vorágine social»; resulta ser la extensión de la revolución industrial al campo, y por ella, la transformación de la clase más estable, más conservadora de la población en un vivero revolucionario; y como culminación de todo esto, la expropiación de los campesinos dedicados a la industria a domicilio por la máquina, lo que les empuja forzosamente a la insurrección.

Podemos dejar de buen grado a los filántropos socialistas burgueses que gocen de su ideal tanto tiempo como, en su función social de capitalistas, continúen realizándolo al revés para beneficio de la revolución social.

Federico Engels

Londres, 10 de enero de 1887


Publicado en el periódico
Der Sozialdemokrat, núms. 3 y 4,
del 15 y 22 de enero de 1887 y en
el libro: F. Engels. Zur
Wohnungsfrage
. Hottingen-Zürich,
1887.
Se publica de acuerdo con el texto
del libro.

Traducido del alemán.

 


[*] Véase C. Marx y F. Engels. Obras, 2 ed. en ruso, t. 23, págs. 481-491. (N. de la Edit.)

pág. 324

CONTRIBUCION AL PROBLEMA
DE LA VIVIENDA

 

PRIMERA PARTE

COMO RESUELVE PROUDHON EL PROBLEMA
DE LA VIVIENDA

En los números 10 y siguientes del Volksstaat[13] ha sido publicada una serie de seis artículos sobre el problema de la vivienda[14]. Estos artículos sólo merecen que se les preste atención por cuanto constituyen —abstracción hecha de algunos escritos de género seudoliterario pertenecientes a la década del cuarenta y olvidados desde hace mucho tiempo— el primer intento de trasplantar a Alemania la escuela de Proudhon. Hay en ello una regresión tan enorme en relación con todo el desarrollo del socialismo alemán, el cual hace ya veinticinco años asestó un golpe decisivo[*] precisamente a las concepciones proudhonianas, que vale la pena oponerse inmediatamente a esta tentativa.

La llamada penuria de la vivienda, que representa hoy un papel tan grande en la prensa, no consiste en que la clase obrera en general viva en malas viviendas, superpobladas e insalubres. Esta penuria de la vivienda no es peculiar del momento presente; ni siquiera es una de las miserias propias del proletariado moderno a diferencia de todas las clases oprimidas del pasado; por el contrario, ha afectado de una manera casi igual a todas las clases oprimidas de todos los tiempos. Para acabar con esta penuria de la vivienda no hay más que un medio: abolir la explotación y la opresión de las clases laboriosas por la clase dominante. Lo que


[*] Con el libro de Marx Miseria de la Filosofía, Bruselas y París, 1847.

pág. 325

hoy se entiende por penuria de la vivienda es la particular agravación de las malas condiciones de habitación de los obreros a consecuencia de la afluencia repentina de la población hacia las grandes ciudades; es el alza formidable de los alquileres, una mayor aglomeración de inquilinos en cada casa y, para algunos, la imposibilidad total de encontrar albergue. Y esta penuria de la vivienda da tanto que hablar porque no afecta sólo a la clase obrera, sino igualmente a la pequeña burguesía.

La penuria de la vivienda para los obreros y para una parte de la pequeña burguesía de nuestras grandes ciudades modernas no es más que uno de los innumerables males menores y secundarios originados por el actual modo de producción capitalista. No es una consecuencia directa de la explotación del obrero como tal obrero por el capitalista. Esta explotación es el mal fundamental que la revolución social quiere suprimir mediante la abolición del modo de producción capitalista. Más la piedra angular del modo de producción capitalista reside en que el orden social presente permite a los capitalistas comprar por su valor la fuerza de trabajo del obrero, pero también extraer de ella mucho más que su valor, haciendo trabajar al obrero más tiempo de lo necesario para la reproducción del precio pagado por la fuerza de trabajo. La plusvalía producida de esta manera se reparte entre todos los miembros de la clase capitalista y los propietarios territoriales, con sus servidores a sueldo, desde el Papa y el emperador hasta el vigilante nocturno y demás. No nos interesa examinar aquí cómo se hace este reparto; lo cierto es que todos los que no trabajan sólo pueden vivir de la parte de esta plusvalía que de una manera o de otra les toca en suerte. (Véase El Capital, de Marx, donde esta cuestión se esclarece por primera vez.)

El reparto de la plusvalía producida por los obreros y que se les arranca sin retribución, se efectúa entre las clases ociosas en medio de las más edificantes disputas y engaños recíprocos. Como este reparto se hace por medio de la compra y de la venta, uno de sus principales resortes es el engaño del comprador por el vendedor, engaño que, en el comercio al por menor, y principalmente en las ciudades grandes, se ha convertido hoy en una necesidad vital para el vendedor. Pero cuando el obrero es engañado por su panadero o por su tendero en el precio o en la calidad de la mercancía, esto no le ocurre por su calidad específica de obrero. Por el contrario, tan pronto como cierto grado medio de engaño se convierte en algún sitio en regla social, es inevitable que, con el tiempo, este engaño quede compensado por un aumento correspondiente del salario. El obrero aparece, frente al tendero, como un comprador, es decir, como un poseedor de dinero o de crédito y, por consiguiente, no como un obrero, como un vendedor de fuerza de

pág. 326

trabajo. El engaño puede afectarle, como en general a las clases pobres, más que a las clases ricas de la sociedad, pero no se trata de un mal que afecte sólo al obrero, que sea exclusivo de su clase.

Ocurre exactamente lo mismo con la penuria de la vivienda. La extensión de las grandes ciudades modernas da a los terrenos, sobre todo en los barrios del centro, un valor artificial, a veces desmesuradamente elevado; los edificios ya construidos sobre estos terrenos, lejos de aumentar su valor, por el contrario lo disminuyen, porque ya no corresponden a las nuevas condiciones, y son derribados para reemplazarlos por nuevos edificios. Y esto ocurre, en primer término, con las viviendas obreras situadas en el centro de la ciudad, cuyos alquileres, incluso en las casas más superpobladas, nunca pueden pasar de cierto máximo, o en todo caso sólo de una manera en extremo lenta. Por eso son derribadas, para construir en su lugar tiendas, almacenes o edificios públicos. Por intermedio de Haussmann, el bonapartismo explotó extremadamente esta tendencia en París, para la estafa y el enriquecimiento privado. Pero el espíritu de Haussmann se paseó también por Londres, Manchester y Liverpool; en Berlín y Viena parece haberse instalado como en su propia casa. El resultado es que los obreros van siendo desplazados del centro a la periferia; que las viviendas obreras y, en general, las viviendas pequeñas, son cada vez más escasas y más caras, llegando en muchos casos a ser imposible hallar una casa de ese tipo, pues en tales condiciones, la industria de la construcción encuentra en la edificación de casas de alquiler elevado un campo de especulación infinitamente más favorable, y solamente por excepción construye casas para obreros.

Así pues, esta penuria de la vivienda afecta a los obreros mucho más que a las clases acomodadas; pero, al igual que el engaño del tendero, no constituye un mal que pesa exclusivamente sobre la clase obrera. Y en la medida en que le concierne, al llegar a cierto grado y al cabo de cierto tiempo, deberá producirse una compensación económica.

Son éstos, precisamente, los males comunes a la clase obrera y a las otras clases, en particular a la pequeña burguesía, de los que prefiere ocuparse el socialismo pequeñoburgués, al que pertenece también Proudhon. Y no es por casualidad por lo que nuestro proudhoniano alemán[*] toma de preferencia la cuestión de la vivienda —que, como hemos visto, no es en modo alguno una cuestión exclusivamente obrera— y hace de ella, por el contrario, un problema puro y exclusivamente obrero.


[*] A. Mülberger. (N. de la Edit.)

pág. 327

«El inquilino es para el propietario lo que el asalariado es para el capitalista».

Esto es absolutamente falso.

En la cuestión de la vivienda tenemos dos partes que se contraponen la una a la otra: el inquilino y el arrendador o propietario. El primero quiere comprar al segundo el disfrute temporal de una vivienda. Posee dinero o crédito, incluso si ha de comprar este crédito al mismo arrendador a un precio usurario y en forma de un aumento del alquiler. Se trata de una sencilla venta de mercancía y no de una transacción entre un proletario y un burgués, entre un obrero y un capitalista. El inquilino —incluso si es obrero— aparece como una persona pudiente, que ha de haber vendido previamente su mercancía específica, la fuerza de trabajo, para poder presentarse, con el producto de su venta, como comprador del disfrute de una vivienda. O bien, ha de poder dar garantías sobre la venta próxima de esta fuerza de trabajo. Los resultados peculiares de la venta de la fuerza de trabajo a los capitalistas faltan aquí totalmente. El capitalista obliga, en primer término, a la fuerza de trabajo comprada a reproducir su valor y, en segundo lugar, a producir una plusvalía que queda temporalmente en sus manos, mientras es repartida entre los miembros de la clase capitalista. Aquí se produce, pues, un valor excedente; la suma total del valor existente resulta incrementada. Totalmente distinto es lo que ocurre con el alquiler de una vivienda. Cualquiera que sea el importe de la estafa sufrida por el inquilino, no puede tratarse sino de la transferencia de un valor que ya existe, previamente producido; la suma total del valor poseído conjuntamente por el arrendatario y el arrendador sigue siendo la misma. El obrero, tanto si su fuerza de trabajo le es pagada por el capitalista a un precio superior, como a un precio inferior o igual a su valor, resultará estafado en una parte del producto de su trabajo. El arrendatario sólo resultará estafado cuando se vea obligado a pagar su vivienda por encima de su valor. Por tanto, se falsean totalmente las relaciones entre arrendatario y arrendador cuando se intenta identificarlas con las que existen entre el obrero y el capitalista. En el primer caso nos encontramos, por el contrario, frente a un intercambio absolutamente normal de mercancías entre dos ciudadanos. Y este intercambio se efectúa según las leyes económicas que regulan la venta de las mercancías en general, y, en particular, la venta de la mercancía «propiedad del suelo». Los gastos de construcción y de conservación de la casa o de su parte en cuestión han de tenerse en cuenta en primer lugar; después, el valor del terreno, condicionado por el emplazamiento más o menos favorable de la casa; finalmente, y esto es lo decisivo, la

pág. 328

relación entre la oferta y la demanda en el momento dado. Esta simple relación económica se refleja en la cabeza de nuestro proudhoniano de la siguiente manera:

«La casa, una vez construida, sirve de título jurídico eterno sobre una parte determinada del trabajo social, incluso si el valor real de la casa está más que suficientemente pagado al propietario en forma de alquileres desde hace mucho tiempo. Así ocurre que una casa construida, por ejemplo, hace cincuenta años, llega durante este tiempo, gracias a los alquileres, a cubrir dos, tres, cinco, diez veces, etc. su precio de coste inicial».

Aquí tenemos a Proudhon de cuerpo entero. En primer lugar, olvida que el alquiler ha de cubrir no solamente los intereses de los gastos de construcción de la casa, sino también las reparaciones, el término medio de las deudas incobrables y los alquileres no pagados, así como las pérdidas ocasionadas por las viviendas que quedan momentáneamente vacantes, y, finalmente, la amortización anual del capital invertido en la construcción de una casa que no es eterna, que resultará inhabitable con el tiempo y perderá, por consiguiente, todo su valor. En segundo lugar, olvida que los alquileres han de servir igualmente para cubrir los intereses del alza de valor del terreno sobre el cual se levanta la casa; que una parte de los alquileres consiste, pues, en renta del suelo. Bien es cierto que nuestro proudhoniano explica inmediatamente que, como este aumento de valor se produce sin que el propietario contribuya a él para nada, no le pertenece de derecho, sino que pertenece a la sociedad. Sin embargo, no se da cuenta de que de este modo reclama, en realidad, la abolición de la propiedad territorial. No nos extenderemos sobre esta cuestión, pues ello nos apartaría demasiado de nuestro tema. Nuestro proudhoniano olvida, finalmente, que en toda esta transacción no se trata en absoluto de comprar la casa a su propietario, sino solamente de su usufructo, por un tiempo determinado. Proudhon, que no se ha preocupado jamás de las condiciones reales, concretas, en que se desenvuelve todo fenómeno económico, no puede, naturalmente, explicarse cómo el precio de coste inicial de una casa puede, bajo determinadas circunstancias, cubrirse diez veces en el término de cincuenta años en forma de alquileres. En vez de investigar desde un punto de vista económico esta cuestión nada complicada y de establecer si está en contradicción, y de qué modo, con las leyes económicas, la esquiva saltando audazmente de la economía a la jurisprudencia: «La casa, una vez construida, sirve de título jurídico eterno» sobre un pago anual determinado. ¿Cómo ocurre esto, cómo la casa se convierte en un título jurídico? Proudhon no dice una palabra sobre el particular. Y es esto lo que debería, sin embargo, explicarnos. Si hubiera investigado, habría descubierto que todos los títulos jurídicos del mundo, por muy eternos

pág. 329

que sean, no confieren a una casa la facultad de rendir en cincuenta años diez veces su precio de coste en forma de alquileres, sino que solamente ciertas condiciones económicas (que pueden muy bien ser reconocidas socialmente en forma de títulos jurídicos) pueden permitirlo. Y al llegar aquí se encontraría de nuevo en el punto de partida.

Toda la teoría de Proudhon está basada en este salto salvador que le lleva de la realidad económica a la fraseología jurídica. Cada vez que el valiente Proudhon pierde de vista la conexión económica —y esto le ocurre en todas las cuestiones serias— se refugia en el dominio del Derecho y acude a la justicia eterna.

«Proudhon va a buscar su ideal de justicia eterna —justice éternelle— en las relaciones jurídicas correspondientes a la producción mercantil, con la que —dicho sea de pasada— aporta la prueba, muy consoladora para todos los filisteos, de que la producción mercantil es tan necesaria como la propia justicia. Luego, volviendo las cosas del revés, pretende modelar la verdadera producción mercantil y el derecho real congruente con ella sobre la norma de este ideal. ¿Qué pensaríamos de un químico que, en vez de estudiar las verdaderas leyes de la asimilación y desasimilación de la materia, planteando y resolviendo a base de ellas determinados problemas concretos, pretendiese modelar la asimilación y desasimilación de la materia sobre las «ideas eternas» de la «naturalidad y de la afinidad»? ¿Es que averiguamos algo nuevo acerca de la usura con decir que la usura choca con la «justicia eterna» y la «eterna equidad», con la «mutualidad eterna» y otras «verdades eternas»? No; sabemos exactamente lo mismo que sabían los padres de la Iglesia cuando decían que chocaba con la «gracia eterna», la «fe eterna» y la «voluntad eterna de Dios». » (Marx, El Capital, t. I, pág. 45)[*].

Nuestro proudhoniano[**] no va mucho más allá que su señor y maestro:

«El contrato de alquiler es una de las mil transacciones de trueque que son tan necesarias en la vida de la sociedad moderna como la circulación de la sangre en el cuerpo del animal. El interés de la sociedad exigiría, naturalmente, que todas estas transacciones estuvieran penetradas de la idea del derecho, es decir, que fueran siempre ultimadas según las exigencias estrictas de la justicia. En una palabra, la vida económica de la sociedad como dice Proudhon, debería elevarse a las alturas del derecho económico. En la realidad, como se sabe, ocurre todo lo contrario».

¿Podría creerse que a los cinco años de haber caracterizado Marx con tan pocas palabras y de manera tan acertada el prou-


[*] Véase C. Marx y F. Engels. Obras, 2 ed. en ruso, t. 23, págs. 94-95. (N. de la Edit.)
[**] A. Mülberger. (N. de la Edit.)

pág. 330

dhonismo, y justamente en este punto capital, hubiera sido todavía posible ver impreso en alemán tal tejido de confusiones? ¿Qué significa, pues, este galimatías? Unicamente que los efectos prácticos de las leyes económicas que rigen la sociedad actual hieren de un modo evidente el sentimiento del derecho de nuestro autor y que éste abriga el piadoso deseo de que tal estado de cosas pueda corregirse de algún modo. ¡Así, si los sapos tuviesen cola, no serían sapos! Y el modo de producción capitalista, ¿no está «penetrado de una idea del derecho», principalmente la de su derecho específico a explotar a los obreros? Y si nuestro autor dice que ésta no es su idea del derecho, ¿hemos dado un paso adelante?

Pero volvamos a la cuestión de la vivienda. Nuestro proudhoniano da ahora libre curso a su «idea del derecho» y nos dedica esta patética declamación:

«Afirmamos sin la menor duda que no hay escarnio más terrible para toda la cultura de nuestro famoso siglo que el hecho de que, en las grandes ciudades, el noventa por ciento de la población y aún más no disponen de un lugar que puedan llamar suyo. El verdadero centro de la existencia familiar y moral, la casa y el hogar, es arrastrado a la vorágine social... En este aspecto nos encontramos muy por debajo de los salvajes. El troglodita tiene su caverna, el australiano su cabaña de adobe, el indio su propio hogar; el proletario moderno está prácticamente en el aire», etc.

En esta jeremiada tenemos al proudhonismo en toda su forma reaccionaria. Para crear la clase revolucionaria moderna del proletariado era absolutamente necesario que fuese cortado el cordón umbilical que ligaba al obrero del pasado a la tierra. El tejedor a mano, que poseía, además de su telar, una casita, un pequeño huerto y una parcela de tierra, seguía siendo, a pesar de toda la miseria y de toda la opresión política, un hombre tranquilo y satisfecho, «devoto y respetuoso», que se quitaba el sombrero ante los ricos, los curas y los funcionarios del Estado y que estaba imbuido de un profundo espíritu de esclavo. Es precisamente la gran industria moderna la que ha hecho del trabajador encadenado a la tierra un proletario proscrito, absolutamente desposeído y liberado de todas las cadenas tradicionales; es precisamente esta revolución económica la que ha creado las únicas condiciones bajo las cuales puede ser abolida la explotación de la clase obrera en su última forma: la producción capitalista. Y ahora llega nuestro plañidero proudhoniano y se lamenta, como de un gran paso atrás, de la expulsión del obrero de su casa y hogar, cuando ésta fue la condición primerísima de su emancipación espiritual.

Hace veintisiete años (en La situación de la clase obrera en Inglaterra) he descrito, en sus rasgos fundamentales, este mismo proceso de expulsión del obrero de su hogar, tal como tuvo lugar

pág. 331

en Inglaterra en el siglo XVIII. Las infamias cometidas durante este proceso por los propietarios de la tierra y los fabricantes, las nocivas consecuencias morales y materiales que de ello habían de seguirse, sobre todo en perjuicio de los obreros expropiados, hallaron su debido reflejo en dicha obra. Pero ¿podía ocurrírseme ver en este desarrollo histórico, absolutamente necesario en aquellas circunstancias, un paso atrás «muy por debajo de los salvajes»? Imposible. El proletario inglés de 1872 se halla a un nivel infinitamente más elevado que el tejedor rural de 1772, que poseía «casa y hogar». ¿Acaso el troglodita con su caverna, el australiano con su cabaña de adobe y el indio con su hogar propio harán una insurrección de Junio[15] o una Comuna de París?

El burgués es el único que duda de que la situación material del obrero se haya hecho, en general, peor a partir de la introducción en gran escala de la producción capitalista. Pero ¿es ésta una razón para añorar las marmitas (igualmente magras) de Egipto[16], la pequeña industria rural, que sólo ha hecho nacer almas serviles, o los «salvajes»? Al contrario. Sólo este proletariado creado por la gran industria moderna, liberado de todas las cadenas heredadas, incluso de las que le ligaban a la tierra, y concentrado en las grandes ciudades, es capaz de realizar la gran revolución social que pondrá fin a toda explotación y a toda dominación de clase. Los antiguos tejedores rurales a mano, con su casa y su hogar, nunca hubieran podido realizarla; no hubieran podido concebir jamás tal idea y todavía menos hubieran querido convertirla en realidad.

Para Proudhon, por el contrario, toda la revolución industrial de los últimos cien años, el vapor, la gran producción fabril, que reemplaza el trabajo manual por las máquinas y multiplica por mil la productividad del trabajo, representan un acontecimiento sumamente desagradable, algo que en verdad no hubiera debido producirse. El pequeño burgués Proudhon desea un mundo en el que cada cual acabe un producto concreto, independiente, que sea inmediatamente consumible o intercambiable en el mercado. Y si cada cual recuperase todo el valor del producto de su trabajo con otro producto, la exigencia de la «justicia eterna» quedaría plenamente satisfecha y tendríamos el mejor de los mundos posibles. Pero este mejor de los mundos proudhoniano está ya aplastado en embrión por el pie del desarrollo progresivo de la industria que, en todas las ramas industriales importantes, ha destruido hace mucho tiempo el trabajo individual y lo destruye más cada día en las ramas más pequeñas, hasta en las menos importantes, sustituyéndolo con un trabajo social basado en el empleo de las máquinas y de las fuerzas dominadas de la naturaleza, y cuyo producto acabado, inmediatamente intercambiable

pág. 332

o consumible, es obra común de numerosos individuos, por las manos de los cuales ha tenido que pasar. Gracias precisamente a esta revolución industrial, la fuerza productiva del trabajo humano ha alcanzado tal nivel que, con una división racional del trabajo entre todos, existe la posibilidad —por primera vez desde que hay hombres— de producir lo suficiente, no sólo para asegurar un abundante consumo a cada miembro de la sociedad y constituir un abundante fondo de reserva, sino también para que todos tengan además suficientes ocios, de modo que todo cuanto ofrece un valor verdadero en la cultura legada por la historia —ciencia, arte, formas de trato social, etc.— pueda ser no solamente conservado, sino transformado de monopolio de la clase dominante en un bien común de toda la sociedad y además enriquecido. Y llegamos con esto al punto esencial. En cuanto la fuerza productiva del trabajo humano ha alcanzado este nivel, desaparece todo pretexto para justificar la existencia de una clase dominante. La razón última invocada para defender las diferencias de clase ha sido siempre que hacía falta una clase que no se extenuara en la producción de su subsistencia diaria, a fin de tener tiempo para preocuparse del trabajo intelectual de la sociedad. A esta fábula, que ha encontrado hasta ahora una gran justificación histórica, la revolución industrial de los últimos cien años le ha cortado las raíces. El mantenimiento de una clase dominante es cada día más un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas industriales, así como de la ciencia, del arte y, en particular, de las formas elevadas de trato social. Jamás ha habido mayores palurdos que nuestros burgueses modernos.

Todo esto le tiene sin cuidado al amigo Proudhon. El quiere la «justicia eterna» y nada más. Cada cual ha de recibir a cambio de su producto el importe total de su trabajo, el valor íntegro de su trabajo. Pero calcular a cuánto asciende este valor en un producto de la industria moderna, es cosa complicada. La industria moderna oculta precisamente la parte de cada uno en el producto total, mientras que en el antiguo trabajo individual a mano quedaba claramente expresada en el producto elaborado. Además, la industria moderna elimina cada vez más el intercambio individual, sobre el cual se funda todo el sistema de Proudhon: el trueque directo entre dos productores, cada uno de los cuales toma el producto del otro para consumirlo. Por eso, a través de todo el proudhonismo pasa, como hilo de engarce, una aversión reaccionaria por la revolución industrial y el deseo, unas veces manifiesto y otras oculto, de arrojar fuera toda la industria moderna, como las máquinas de vapor, los telares mecánicos y otras calamidades, para volver al viejo

pág. 333

y respetable trabajo manual. Que con esto perdamos novecientas noventa y nueve milésimas de la fuerza de producción y que toda la humanidad sea condenada a la peor esclavitud del trabajo, que el hambre se convierta en regla general, ¿qué importa, puesto que conseguimos organizar el intercambio de tal modo que cada cual reciba el «importe total de su trabajo» y se realice la «justicia eterna»? Fiat justitia, pereat mundus!

¡Hágase la Justicia y húndase el mundo!

Y el mundo se hundiría con la contrarrevolución de Proudhon, si ésta fuera realizable.

Es evidente, por otra parte, que incluso en la producción social condicionada por la gran industria moderna, cada cual puede tener asegurado el «importe total de su trabajo», en la medida en que estas palabras tienen sentido. Y sólo pueden tenerlo si se entienden más ampliamente, es decir, no que cada obrero en particular sea propietario del «importe total de su trabajo», sino que toda la sociedad, compuesta únicamente de obreros, esté en posesión del producto total de su trabajo, del cual una parte será distribuida para el consumo entre sus miembros, otra será consagrada a reemplazar y acrecer sus medios de producción y otra a constituir un fondo de reserva para la producción y el consumo.

* * *

Después de lo que antecede podemos ya prever de qué modo va a resolver nuestro proudhoniano la magna cuestión de la vivienda. De un lado, tenemos la reivindicación de que cada obrero posea una vivienda que le pertenezca en propiedad, a fin de que no sigamos estando por debajo de los salvajes. Del otro, tenemos la afirmación de que el hecho, por lo demás real, de que una casa pueda proporcionar, en forma de alquileres, dos, tres, cinco o diez veces su precio de coste inicial, reposa sobre un título jurídico y que éste se encuentra en contradicción con la «justicia eterna». La solución es simple. Abolimos el título jurídico y declaramos en nombre de la justicia eterna que el alquiler constituye una amortización del precio de la propia vivienda. Cuando han sido establecidas unas premisas que contienen ya la conclusión a que quiera llegarse, no se precisa una habilidad mayor que la de cualquier charlatán para sacar de la manga el resultado preparado con anticipación y jactarse de la lógica inquebrantable de la cual es producto.

Y esto es lo que aquí ocurre. La supresión de la vivienda de alquiler se proclama como una necesidad en el sentido de

pág. 334

que cada arrendatario ha de convertirse en propietario de su vivienda. ¿Cómo se consigue esto? Es muy sencillo:

«La vivienda de alquiler será rescatada... El antiguo propietario de la casa recibirá su valor hasta el último céntimo. En vez de representar el alquiler como ha ocurrido hasta ahora, el tributo pagado por el arrendatario al derecho eterno del capital, una vez proclamado el rescate de las viviendas de alquiler, la suma exactamente fijada y pagada por el arrendatario constituirá la anualidad por la vivienda que ha pasado a ser propiedad suya... La sociedad... se transformará así en un conjunto de propietarios de viviendas, libres e independientes».

El proudhoniano[*] ve un crimen cometido contra la justicia eterna en el hecho de que un propietario, sin trabajar, pueda obtener una renta del suelo y un interés del capital invertido en su casa. Decreta que esto debe cesar: el capital invertido en casas no debe seguir produciendo interés y tampoco renta del suelo en la parte que representa terreno adquirido. Pero hemos visto que con esto el modo de producción capitalista, base fundamental de la sociedad actual, no resulta afectado en lo más mínimo. El eje en torno al cual gira la explotación del obrero es la venta de la fuerza de trabajo al capitalista y el uso que hace éste de dicha transacción, obligando al obrero a producir mucho más de lo que representa el valor pagado por la fuerza de trabajo. Es de esta transacción entre el capitalista y el obrero de donde resulta toda la plusvalía que se reparte después en forma de renta del suelo, de beneficio comercial, de interés del capital, de impuestos, etc., etc., entre las diferentes categorías de capitalistas y entre sus servidores. ¡Y he aquí ahora que nuestro proudhoniano piensa que si a una sola de estas categorías de capitalistas —y, de hecho, a la que no compra directamente ninguna fuerza de trabajo y, por consiguiente, no obliga a producir ninguna plusvalía— se le prohibiera realizar un beneficio o recibir un interés, habríamos dado un paso adelante! La masa de trabajo no pagado arrancado a la clase obrera seguiría siendo exactamente la misma, incluso si se suprimiese mañana la posibilidad para los propietarios de casas de reservarse una renta del suelo y un interés. Esto no impide en absoluto a nuestro proudhoniano declarar que:

«La abolición de la vivienda de alquiler es así una de las aspiraciones más fecundas y más elevadas de cuantas han surgido del seno de la idea revolucionaria y debe transformarse en la reivindicación primerísima de la democracia social».

Exactamente la misma vocinglería del maestro Proudhon, cuyo cacareo está siempre en razón inversa del volumen de los huevos que pone.


[*] A. Mülberger. (N. de la Edit.)

pág. 335

¡Imaginad ahora qué bella situación tendríamos si cada obrero, cada pequeño burgués y cada burgués estuviesen obligados, mediante el pago de anualidades, a convertirse en propietarios, primero parciales y después totales, de su vivienda! En las regiones industriales de Inglaterra, donde existe una gran industria, pero pequeñas casas obreras, y donde cada obrero casado habita una casita para él solo, esto aún podría tener sentido. Pero la pequeña industria de París y la de la mayor parte de las grandes ciudades del continente se complementa con grandes casas en las que viven juntas diez, veinte o treinta familias. Supongamos que el día del decreto liberador, proclamando el rescate de las viviendas de alquiler, Pedro trabaja en una fábrica de máquinas en Berlín. Al cabo de un año es propietario, supongamos, de una quinceava parte de su vivienda, que consiste en una habitación del quinto piso de una casa situada en las proximidades de la Puerta de Hamburgo. Pierde su trabajo y no tarda en encontrarse en una vivienda semejante, pero en Pothof, en Hannover, en un tercer piso, con soberbias vistas al patio. Al cabo de cinco meses, cuando ya ha entrado en posesión de una treintaiseisava parte exactamente de su propiedad, se produce una huelga en su fábrica, y esto le obliga a marcharse a Munich. Allí, al cabo de once meses se ve obligado a convertirse en propietario de once ciento ochentavas partes exactamente de una planta baja bastante sombría detrás de la Ober-Angergasse. Diversas peregrinaciones, como las que los obreros conocen a menudo en nuestros días, le imponen, sucesivamente: siete trescientas sesentavas partes de una vivienda no menos decente en St. Gallen, veintitrés ciento ochentavas de otra en Leeds, y trescientas cuarenta y siete cincuenta y seis mil doscientas veintitresavas —calculadas con toda exactitud, a fin de que la «justicia eterna» no tenga motivo de queja— en Seraing. ¿Qué tiene, pues, nuestro Pedro con todas estas partes de vivienda? ¿Quién le dará su valor real? ¿Dónde va a encontrar al propietario o a los propietarios de las otras partes de las diferentes viviendas que ha habitado? ¿Y cuáles serán las relaciones de propiedad de una gran casa cualquiera cuyos pisos contienen, supongamos veinte viviendas, las cuales, cuando las anualidades hayan sido todas pagadas y las viviendas de alquiler suprimidas, pertenecerán, pongamos por caso, a trescientos propietarios parciales, dispersos por todo el mundo? Nuestro proudhoniano nos dirá que antes de esto habrá sido fundado el Banco de Cambio de Proudhon y que este Banco pagará por cualquier producto del trabajo, en todo momento y a cada uno, el importe total de su trabajo y por tanto, también el pleno valor de su parte de vivienda. Pero en primer lugar, el Banco de Cambio de Prou-

pág. 336

dhon importa poco ahora, pues incluso en los artículos escritos sobre el problema de la vivienda no aparece mencionado en parte alguna; en segundo lugar, su concepción reposa sobre el singular error de creer que cuando alguien quiere vender una mercancía, encuentra siempre necesariamente un comprador por su pleno valor, y, en tercer lugar, antes de que Proudhon lo inventara, ya había quebrado más de una vez en Inglaterra bajo el nombre de Labour Exchange Bazaar[17].

Toda esta concepción de que el obrero ha de comprar su vivienda, se apoya a su vez sobre la teoría fundamental reaccionaria de Proudhon, que ya hemos señalado, de que las condiciones creadas por la gran industria moderna constituyen una excrecencia enfermiza, y que la sociedad debe ser llevada por la fuerza —es decir, oponiéndose a la corriente seguida por ella desde hace cien años— a un estado de cosas en el cual la norma sería el antiguo y estable trabajo manual de productores individuales. Lo cual, en términos generales, no sería más que una restauración idealizada de la pequeña empresa, ya arruinada y que aún sigue arruinándose. Una vez reintegrados a esta situación inerte, una vez alejada felizmente la «vorágine social», los obreros podrían entonces, naturalmente, recuperar su «casa y hogar», y la teoría del rescate aparecería menos absurda. Pero Proudhon olvida simplemente que, para llevar todo esto a cabo, le es necesario retrasar el reloj de la historia mundial en cien años y que, haciendo esto, daría de nuevo a los obreros de hoy la misma mentalidad de esclavo, el mismo espíritu estrecho, rastrero y servil de sus abuelos.

La solución proudhoniana del problema de la vivienda, en la medida en que encierra un contenido racional y aplicable en la práctica, está ya siendo aplicada hoy día. Y en verdad, no surge del «seno de la idea revolucionaria», sino... de la propia gran burguesía. Oigamos lo que dice al respecto un excelente periódico español, La Emancipación[18] de Madrid, en su número del 16 de marzo de 1872:

«Existe otro medio de resolver la cuestión de las habitaciones, medio propuesto por Proudhon, que a primera vista deslumbra, pero que, bien examinado, descubre su total impotencia. Proudhon proponía que los inquilinos se convirtiesen en censatarios, es decir, que el precio del alquiler anual sirviese como parte de pago del valor de la habitación, viniendo cada inquilino a ser propietario de su vivienda al cabo de cierto tiempo. Esta medida, que Proudhon creía muy revolucionaria, se halla practicada en todos los países, por compañías de especuladores, que de este modo, aumentando el precio de los alquileres, hacen pagar dos y tres veces el valor de la casa. El señor Dollfus y otros grandes industriales del Noroeste de Francia han puesto en práctica este sistema, no sólo para ganar dinero, sino con un fin político superior.

pág. 337

Los jefes más inteligentes de las clases imperantes han dirigido siempre sus esfuerzos a aumentar el número de pequeños propietarios, a fin de crearse un ejército contra el proletariado. Las revoluciones burguesas del pasado siglo, dividiendo la gran propiedad de los nobles y del clero en pequeñas partes, como quieren hacerlo hoy los republicanos españoles con la propiedad territorial que se halla aún centralizada, crearon toda una clase de pequeños propietarios, que ha sido después el elemento más reaccionario de nuestra sociedad, y que ha sido el obstáculo incesante que ha paralizado el movimiento revolucionario del proletariado de las ciudades. Napoleón III, dividiendo los cupones de las rentas del Estado, intentó crear esa misma clase en las ciudades, y el señor Dollfus y sus colegas, al vender a sus trabajadores pequeñas habitaciones pagaderas por anualidades, han querido sofocar en ellos todo espíritu revolucionario e impedir al mismo tiempo al obrero, ligado por la propiedad a la fábrica, que fuese a otra parte a ofrecer su trabajo. Así pues, el proyecto de Proudhon, no sólo era impotente para aliviar a la clase trabajadora, sino que se volvía contra ella»[*].

¿Cómo, pues, resolver el problema de la vivienda? En la sociedad actual, se resuelve exactamente lo mismo que otro problema social cualquiera: por la nivelación económica gradual de la oferta y la demanda, solución que reproduce constantemente el problema y que, por tanto, no es tal solución. La forma en que una revolución social resolvería esta cuestión no depende solamente de las circunstancias de tiempo y lugar, sino que, además, se relaciona con cuestiones de mucho mayor alcance, entre las cuales figura, como una de las más esenciales, la supresión del contraste entre la ciudad y el campo. Como nosotros no nos dedicamos a construir ningún sistema utópico para la organización de la sociedad del futuro, sería más que ocioso detenerse en esto. Lo cierto, sin embargo, es que ya hoy existen en las grandes ciudades edificios suficientes para remediar en seguida, si se les diese un empleo racional, toda verdadera «penuria de la vivienda». Esto sólo puede lograrse, naturalmente, expropiando a los actuales poseedores y alojando en sus casas a los obreros que carecen de vivienda o que viven hacinados


[*] Podemos ver cómo esta solución del problema de la vivienda mediante el encadenamiento del obrero a su propio «hogar» surge espontáneamente en los alrededores de las grandes ciudades o bien de las ciudades en desarrollo norteamericanas, a través del siguiente párrafo tomado de una carta de Eleanora Marx-Eveling, escrita desde Indianópolis el 28 de noviembre de 1886: «En Kansas City, o mejor dicho, en sus alrededores, hemos visto miserables barracas de madera, compuestas aproximadamente de tres habitaciones y situadas en terrenos completamente incultos. Un pedazo de terreno apenas suficiente para una casita pequeña cuesta 600 dólares; la barraca misma cuesta otros 600 dólares, o sea, en total 4.800 marcos por una casa miserable, a una hora de la ciudad y en un desierto de lodo». Y así, los obreros deben cargarse de deudas hipotecarias muy pesadas para poder entrar en posesión de estas habitaciones y convertirse más que nunca en esclavos de sus amos, pues están atados a sus casas, no pueden dejarlas y han de aceptar todas las condiciones de trabajo que les ofrezcan. (Nota de F. Engels para la edición de 1887.)

pág. 338

en la suya. Y tan pronto como el proletariado conquiste el poder político, esta medida, impuesta por los intereses del bien público, será de tan fácil ejecución como lo son hoy las otras expropiaciones y las requisas de viviendas que lleva a cabo el Estado actual.

* * *

No obstante, nuestro proudhoniano[*] no está satisfecho con los resultados que ha obtenido hasta ahora en la cuestión de la vivienda. Necesita sacarla de la tierra prosaica y elevarla a los dominios del socialismo supremo para demostrar que también allí constituye una «parte» esencial de la «cuestión social»:

«Supongamos que la productividad del capital será agarrada de verdad por los cuernos —como ha de ocurrir tarde o temprano—, por ejemplo, mediante una ley de transición que fijará el tipo del interés de todos los capitales en un uno por ciento, con tendencia, nótese bien, a aproximarlo cada vez más a cero, de suerte que, finalmente, ya no se pagará nada fuera del trabajo necesario para la rotación del capital. Igual que todos los demás productos, las casas y las viviendas quedan comprendidas, naturalmente, en el marco de esta ley... El mismo propietario será el primero en querer vender, pues, de lo contrario, su casa no tendría ninguna utilización, y el capital que hubiera invertido en ella quedaría simplemente improductivo».

Esta proposición contiene uno de los principales artículos de fe del catecismo de Proudhon y nos ofrece un ejemplo patente de la confusión que reina en él.

La «productividad del capital» es un absurdo que Proudhon toma de un modo irreflexivo de los economistas burgueses. Cierto es que los economistas burgueses empiezan también por la afirmación de que el trabajo es la fuente de todas las riquezas y la medida de valor de todas las mercancías; pero les queda todavía por explicar cómo es que el capitalista que anticipa un capital en un negocio industrial o artesano recupera al final, no solamente el capital invertido, sino, además, un beneficio. Como consecuencia, tienen que enredarse en toda clase de contradicciones y atribuir también al capital una cierta productividad. Nada muestra mejor en qué proporciones se halla todavía Proudhon enfangado en el pensamiento burgués que su apropiación de la fraseología sobre la productividad del capital. Hemos visto desde el principio que esta pretendida «productividad del capital» no es más que su cualidad inherente (en las relaciones sociales actuales, sin las que el capital no existiría) de poder apropiarse el trabajo no retribuido de los asalariados.


[*] A. Mülberger. (N. de la Edit.)

pág. 339

Proudhon se distingue, sin embargo, de los economistas burgueses en que no aprueba esta «productividad del capital», sino que descubre en ella, por el contrario, una violación de la «justicia eterna». Es ella la que impide que el obrero reciba todo el producto de su trabajo. Debe, pues, ser abolida. ¿Cómo? Rebajando, mediante una legislación coactiva, el tipo del interés hasta reducirlo a cero. Entonces, el capital dejará, según nuestro proudhoniano, de ser productivo.

El interés del capital-dinero, de préstamo, no constituye más que una parte de la ganancia; la ganancia, ya se trate de capital industrial, ya de capital comercial, no representa más que una parte de la plusvalía que, en forma de trabajo no retribuido, arranca la clase capitalista a la clase obrera. Las leyes económicas que regulan el tipo del interés son tan independientes de las leyes que fijan la cuota de la plusvalía como pueden serlo entre sí, en general, las leyes de una misma forma de sociedad. En lo que concierne al reparto de la plusvalía entre los capitalistas individuales, aparece claro que para los industriales y los comerciantes que tienen en sus negocios numerosos capitales anticipados por otros capitalistas la cuota de ganancia ha de ascender en la misma medida —siendo iguales todas las demás circunstancias— en que desciende el tipo del interés. La baja y, finalmente, la supresión del tipo del interés en modo alguno «agarraría por los cuernos» la pretendida «productividad del capital», sino que solamente modificaría el reparto entre los capitalistas de la plusvalía no retribuida y arrancada a la clase obrera. La ventaja no sería para el obrero respecto al capitalista industrial, sino para este último respecto al rentista.

Desde su punto de vista jurídico, Proudhon explica el tipo del interés, como todos los fenómenos económicos, no por las condiciones de la producción social, sino por las leyes del Estado en que estas condiciones encuentran su expresión general. Desde este punto de vista, que desconoce en absoluto la conexión entre las leyes del Estado y las condiciones de producción de la sociedad, estas leyes aparecen necesariamente como decretos puramente arbitrarios, que en cualquier momento pueden ser perfectamente reemplazados por decretos directamente opuestos. No hay, pues, nada más fácil para Proudhon que dictar un decreto —en cuanto tenga poder para ello—, mediante el cual el tipo del interés quedará rebajado al uno por ciento. Pero si todas las otras circunstancias sociales siguen siendo las mismas, el decreto de Proudhon no podrá existir más que sobre el papel. Pese a todos los decretos, el tipo del interés continuará siendo regulado por las leyes económicas a las cuales se halla hoy sometido. Todas las personas solventes, seguirán pidiendo dinero, según las cir-

pág. 340

cunstancias, al dos, tres, cuatro por ciento y aún más, como anteriormente. La única diferencia será que los rentistas lo pensarán bien y no prestarán dinero más que a personas con las cuales no hayan de tener litigios. Por lo demás, este gran plan, encaminado a quitar al capital su «productividad», es viejísimo, tan viejo como las leyes sobre la usura, las cuales no tenían otra finalidad que limitar el tipo del interés y están ya en todas partes abrogadas, pues, en la práctica, han sido siempre eludidas o infringidas y el Estado hubo de reconocer su impotencia ante las leyes de la producción social. ¡Y es el restablecimiento de estas leyes medievales inaplicables lo que «habrá de agarrar por los cuernos la productividad del capital»!. Se ve que cuanto más se penetra en el proudhonismo, más reaccionario aparece.

Y cuando, de este modo, el tipo del interés haya sido reducido a cero y el interés del capital abolido por lo tanto, entonces «no se pagará nada fuera del trabajo necesario para la rotación del capital». Esto significa, por consiguiente, que la abolición del interés equivale a la supresión de la ganancia y hasta de la plusvalía. Pero incluso si fuese realmente posible decretar la abolición del interés, ¿cuál sería su consecuencia? La clase de los rentistas no tendría ya estímulo para prestar sus capitales en forma de anticipos, sino únicamente para invertirlos por su cuenta en empresas industriales propias o en sociedades por acciones. La masa de la plusvalía arrancada a la clase obrera por la clase capitalista seguiría siendo la misma; sólo su reparto se modificaría, y aún no mucho.

De hecho, nuestro proudhoniano no ve que ya ahora, en la compra de mercancías en la sociedad burguesa, no se paga más, por término medio, que «el trabajo necesario para la rotación del capital» (es decir, necesario para la producción de una mercancía determinada). El trabajo es la medida del valor de todas las mercancías y es, en la sociedad actual, totalmente imposible —abstracción hecha de las oscilaciones del mercado— que se pague por término medio por las mercancías más que el trabajo necesario para su producción. No, no, querido proudhoniano, no está ahí la dificultad de la cuestión; sino en el hecho de que, simplemente, «el trabajo necesario para la rotación del capital» (para emplear sus propios términos confusos) ¡no es trabajo totalmente pagado! Puede usted leer en Marx cómo ocurre esto (El Capital, t. I, págs. 128-160)[*].

Pero aún no es todo. Si queda abolido el interés del capital


[*] Véase C. Marx y F. Engels. Obras, 2 ed. en ruso, t. 23, págs. 176-206. (N. de la Edit.)

pág. 341

(Kapitalzins), el alquiler (Mietzins)[*] queda por esto mismo igualmente abolido. Pues, «igual que todos los demás productos, las casas y las viviendas quedan comprendidas en el marco de esta ley». Exactamente como aquel viejo comandante que hace llamar a uno de sus voluntarios de un año de servicio y le dice: «Oigame, dicen que es usted doctor. Venga, pues, a verme de vez en cuando; con una mujer y siete hijos, siempre hay algo que arreglar».

El soldado: «Perdóneme, mi comandante. Soy doctor en Filosofía».

El comandante: «Me da lo mismo. Un matasanos es siempre un matasanos».

Así ocurre a nuestro proudhoniano: alquiler (Mietzins) o interés del capital (Kapitalzins) le da lo mismo. El interés es el interés, un matasanos es un matasanos.

Hemos visto anteriormente que el precio del alquiler (Mietpreis), vulgo alquiler (Mietzins), se compone: 1) en parte, de la renta del suelo; 2) en parte, del interés del capital de construcción, comprendido el beneficio para el contratista de la obra; 3) en parte, de gastos de reparaciones y seguros; 4) en parte, de la amortización por anualidades del capital de construcción, comprendido el beneficio, proporcionalmente al deterioro de la casa.

Debería, pues, resultar evidente, incluso para el más obtuso, que

«el mismo propietario será el primero en querer vender, pues, de lo contrario, su casa no tendría ninguna utilización y el capital que hubiera invertido en ella quedaría simplemente improductivo».

Naturalmente. Si se suprime el interés de todo capital a préstamo, ningún propietario podrá ya recibir un céntimo de alquiler por su casa, por el solo hecho de que al alquiler (Miete) se le puede llamar también interés de arrendamiento (Mietzins), y porque éste contiene una parte que es realmente interés del capital. Un matasanos es un matasanos. Si las leyes sobre la usura concernientes al interés ordinario del capital sólo han podido hacerse ineficaces eludiéndolas, no han afectado jamás, ni siquiera remotamente, a la tasa de alquiler de las viviendas. Estaba reservado a Proudhon imaginarse que su nueva ley sobre la usura regularía, pese a todo, e iría aboliendo gradualmente, no sólo el simple interés del capital, sino también el complicado alquiler de las viviendas (Mietzins). Pero entonces, ¿por qué habría que comprar al propietario su casa «simplemente improductiva» a tan alto precio? ¿Por qué, en tales condiciones, el propietario no daría él mismo dinero con tal de que se le librara de esta casa «simple-


[*] Literalmente: «interés de arrendamiento». (N. de la Edit.)

pág. 342

mente improductiva» y no tener más gastos de reparación? Sobre esto no se nos dice nada.

Después de haber realizado esta hazaña triunfal en los dominios del socialismo supremo (del suprasocialismo, como dice el maestro Proudhon), nuestro proudhoniano se cree autorizado a emprender el vuelo hacia cumbres más altas.

«No se trata ya ahora más que de obtener algunas conclusiones para que se haga plena luz en todos los aspectos de este tema nuestro tan importante».

¿Cuáles son, pues, estas conclusiones? Cosas que derivan tan poco de lo que precede como la depreciación de las casas de vivienda de la abolición del tipo del interés, y que, despojadas del lenguaje pomposo y solemne de nuestro autor, significan simplemente que para facilitar el rescate de las viviendas de alquiler conviene tener: 1) una estadística exacta sobre el particular, 2) una buena policía sanitaria y 3) cooperativas de obreros de la construcción capaces de emprender la edificación de nuevas casas. He aquí, ciertamente, cosas buenas y muy bellas, pero que, a pesar de todas esas frases vocingleras, son absolutamente incapaces de aportar «plena luz» a las tinieblas de la confusión mental de Proudhon.

Quien ha realizado semejantes hazañas tiene el derecho de dirigir una exhortación a los trabajadores alemanes:

«Nos parece que tales cuestiones y otras similares merecen toda la atención de la democracia social... Deseemos que procure ilustrarse, igual que aquí en la cuestión de la vivienda, sobre otras cuestiones no menos importantes, como el crédito, la deuda pública, las deudas privadas, los impuestos, etc.» y así sucesivamente.

Nuestro proudhoniano nos ofrece así la perspectiva de toda una serie de artículos sobre «cuestiones similares», y si ha de tratarlas de una manera tan detallada como el presente «tema tan importante», el Volksstaat puede estar seguro de tener manuscritos suficientes para un año. Más podemos anticipar las soluciones, pues todo se reducirá a lo ya expuesto: el interés del capital será abolido, por tanto desaparecerá también el interés pagadero por la deuda del Estado y por las deudas privadas, el crédito será gratuito, etc. La misma palabra mágica será utilizada para todos los temas, y en todos los casos se llega al mismo resultado sorprendente de una lógica implacable: cuando el interés del capital queda abolido, ya no hay que pagar interés por el dinero recibido en préstamo.

Por lo demás, nuestro proudhoniano nos amenaza con bonitas cuestiones: ¡el crédito! ¿De qué crédito puede tener necesidad el obrero, si no es el de sábado a sábado o el del monte

pág. 343

de piedad? Ya sea ese crédito gratuito o a interés, o bien usurario como el del monte de piedad, ¿qué diferencia puede haber para él? Y si, considerado en general, debía obtener de él una ventaja y, por consiguiente, se redujesen los gastos de producción de la fuerza de trabajo, ¿no había de descender igualmente el precio de la fuerza de trabajo? Pero, para el burgués, y más especialmente para el pequeño burgués, el crédito es una cuestión importante. Sobre todo para el pequeño burgués hubiese sido una gran cosa poder recibir crédito en cualquier momento, particularmente sin tener que pagar interés. ¡«Las deudas del Estado»! La clase obrera sabe que no es ella quien las ha contraído, y cuando llegue al poder, dejará su pago a los que las contrajeron. !«Deudas privadas»! Véase el crédito. ¡«Impuestos»!. Estas son cosas que interesan mucho a la burguesía y muy poco a los obreros: a la larga lo que el obrero paga como impuestos entra en los gastos de producción de la fuerza de trabajo y debe, por tanto, ser restituido por los capitalistas. Todos estos puntos que se nos presentan como del mayor interés para la clase obrera no interesan esencialmente más que al burgués y sobre todo al pequeño burgués. Y nosotros afirmamos, a pesar de Proudhon, que no es misión de la clase obrera velar por los intereses de estas clases.

De la gran cuestión que verdaderamente interesa a los obreros, la relación entre capitalistas y asalariados, la cuestión de cómo el capitalista puede enriquecerse con el trabajo de sus obreros, de todo esto no dice una palabra nuestro proudhoniano. Bien es verdad que su amo y maestro, Proudhon, se ha ocupado de este asunto, pero no ha aportado ninguna luz, y hasta en sus últimos escritos no se encuentra, en lo esencial, más adelante que en su Filosofía de la miseria, de la cual ya demostró Marx[*] en 1847, de un modo contundente, toda la vaciedad.

Es muy triste que desde hace veinticinco años los obreros de los países latinos casi no hayan tenido más alimento espiritual socialista que los escritos de este «socialista del Segundo Imperio». Sería una doble desgracia que la teoría proudhoniana se desbordase ahora también por Alemania. Pero no hay tal peligro. El punto de vista teórico del obrero alemán está cincuenta años más adelantado que las teorías de Proudhon, y bastará tener en cuenta este solo ejemplo de la cuestión de la vivienda para quedar relevado de nuevos esfuerzos a este propósito.


[*] Véase C. Marx. Miseria de la Filosofía. Respuesta a la «Filosofía de la miseria» del señor Proudhon. (N. de la Edit.)

pág. 344

 

SEGUNDA PARTE

COMO RESUELVE LA BURGUESIA EL PROBLEMA
DE LA VIVIENDA

I

En la parte consagrada a la solución proudhoniana del problema de la vivienda hemos mostrado cuán directamente interesada está la pequeña burguesía en esta cuestión. Pero la gran burguesía también está muy interesada en ella, aunque de una manera indirecta. Las ciencias naturales modernas han demostrado que los llamados «barrios insalubres», donde están hacinados los obreros, constituyen los focos de origen de las epidemias que invaden nuestras ciudades de cuando en cuando. El cólera, el tifus, la fiebre tifoidea, la viruela y otras enfermedades devastadoras esparcen sus gérmenes en el aire pestilente y en las aguas contaminadas de estos barrios obreros. Aquí no desaparecen casi nunca y se desarrollan en forma de grandes epidemias cada vez que las circunstancias les son propicias. Estas epidemias se extienden entonces a los otros barrios más aireados y más sanos en que habitan los señores capitalistas. La clase capitalista dominante no puede permitirse impunemente el placer de favorecer las enfermedades epidémicas en el seno de la clase obrera, pues sufriría ella misma las consecuencias, ya que el ángel exterminador es tan implacable con los capitalistas como con los obreros.

Desde el momento en que eso quedó científicamente establecido, los burgueses humanitarios se encendieron en noble emulación por ver quién se preocupaba más por la salud de sus obreros. Para acabar con los focos de epidemias, que no cesan de reanudarse, fundaron sociedades, publicaron libros, proyectaron planes, discutieron y promulgaron leyes. Se investigaron las condiciones de habitación de los obreros y se hicieron intentos para remediar los males más escandalosos. Principalmente en Inglaterra, donde había mayor número de ciudades importantes y donde, por tanto, los grandes burgueses corrían el mayor peligro, se desarrolló una poderosa actividad; fueron designadas comisiones gubernamentales para estudiar las condiciones sanitarias de las clases trabajadoras; sus informes, que, por su exactitud, amplitud e imparcialidad, superaban a todos los del continente, sirvieron de base a nuevas leyes más o menos radicales. Por imperfectas que estas leyes hayan sido, sobrepasaron infinitamente cuanto hasta ahora se hizo en el continente en este sentido. Y a pesar de esto, el régimen social capitalista sigue reproduciendo

pág. 345

las plagas que se trata de curar, con tal inevitabilidad que, incluso en Inglaterra, la curación apenas ha podido avanzar un solo paso.

Alemania necesitó, como de costumbre, un tiempo mucho mayor para que los focos de epidemias que existían en estado crónico adquirieran la agudeza necesaria para despertar a la gran burguesía somnolienta. Pero, quien anda despacio, llega lejos, y, por fin, se creó también entre nosotros toda una literatura burguesa sobre la sanidad pública y sobre la cuestión de la vivienda: un extracto insípido de los precursores extranjeros, sobre todo ingleses, al cual se dio la apariencia engañosa de una concepción más elevada con ayuda de frases sonoras y solemnes. A esta literatura pertenece el libro del Dr. Emil Sax: Las condiciones de vivienda de las clases trabajadoras y su reforma, Viena, 1869[19].

He escogido este libro para exponer la concepción burguesa de la cuestión de la vivienda, únicamente porque en él se intenta resumir en lo posible toda la literatura burguesa sobre este tema. Pero, ¡bonita literatura la que utiliza nuestro autor como «fuente»! De los informes parlamentarios ingleses, verdaderas fuentes principales, se limita a citar los títulos de tres de los más viejos; todo el libro demuestra que el autor jamás a hojeado uno solo de estos informes. Cita, en cambio, toda una serie de escritos llenos de banalidades burguesas, de buenas intenciones pequeñoburguesas y de hipocresías filantrópicas: Ducpétiaux, Roberts, Hole, Huber, las actas del Congreso inglés de ciencias sociales (de absurdos sociales, mejor dicho), la revista de la Asociación Protectora de las Clases Trabajadoras de Prusia, el informe oficial austríaco sobre la Exposición Universal de París, los informes oficiales bonapartistas sobre esta misma exposición, el Ilustrated London News[20], Ueber Land und Meer[21] y, finalmente, una «autoridad reconocida», un hombre de «agudo sentido práctico» y de «palabra penetrante y convincente»:... ¡Julius Faucher! En esta lista de fuentes informativas no faltan más que el Gartenlaube[22], el Kladderadatsch[23] y el fusilero Kutschke[24].

A fin de que no pueda caber ninguna incomprensión acerca de sus puntos de vista, el Sr. Sax declara en la pág. 22:

«Entendemos por economía social la doctrina de la economía nacional aplicada a las cuestiones sociales; más exactamente, el conjunto de los caminos y medios, que nos ofrece esta ciencia para, sobre la base de sus «férreas» leyes y en el marco del orden social que hoy predomina, elevar a las pretendidas (!) clases desposeídas al nivel de las clases poseyentes».

No insistiremos sobre esta concepción confusa de que la «doctrina de la economía nacional» o Economía política puede, en general, ocuparse de cuestiones que no sean «sociales». Exa-

pág. 346

minaremos inmediatamente el punto principal. El Dr. Sax exige que las «férreas leyes» de la economía burguesa, «el marco del orden social que hoy predomina», o, en otras palabras, que el modo de producción capitalista permanezca invariable y que, sin embargo, «las pretendidas clases desposeídas» sean elevadas «al nivel de las clases poseyentes». De hecho, una premisa absolutamente indispensable del modo de producción capitalista es la existencia de una verdadera y no pretendida clase desposeída, una clase que no tenga otra cosa que vender sino su fuerza de trabajo y que, por consecuencia, esté obligada a vender esta fuerza de trabajo a los capitalistas industriales. La tarea asignada a la «economía social», esa nueva ciencia inventada por el Sr. Sax, consiste, pues, en hallar los caminos y medios, en un estado social fundado sobre la oposición entre los capitalistas, propietarios de todas las materias primas, de todos los medios de producción y de existencia, de una parte, y, de la otra, los obreros asalariados, sin propiedad, que no poseen nada más que su fuerza de trabajo; hallar, pues, los caminos y medios, en el marco de este estado social, para que todos los trabajadores asalariados puedan ser transformados en capitalistas sin dejar de ser asalariados. El Sr. Sax cree haber resuelto la cuestión. Pero, ¿tendría la bondad de indicarnos cómo se podría transformar en mariscales de campo a todos los soldados del ejército francés —cada uno de los cuales, desde Napoleón el viejo, lleva el bastón de mariscal en su mochila— sin que dejasen por esto de ser simples soldados? O bien, ¿cómo se podría hacer un emperador alemán de cada uno de los cuarenta millones de súbditos del Imperio germánico?

La característica esencial del socialismo burgués es que pretende conservar la base de todos los males de la sociedad presente, queriendo al mismo tiempo poner fin a estos males. Los socialistas burgueses quieren, como ya dice el Manifiesto Comunista, «remediar los males sociales con el fin de consolidar la sociedad burguesa», quieren la «burguesía sin el proletariado»[*]. Hemos visto que es así exactamente como el señor Sax plantea el problema. Y ve la solución en la solución del problema de la vivienda. Opina que

«mediante el mejoramiento de las viviendas de las clases laboriosas se podría remediar con éxito la miseria física y espiritual que hemos descrito y así —mediante el considerable mejoramiento de las solas condiciones de vivienda— podría sacarse a la mayor parte de estas clases del marasmo de su existencia, a menudo apenas humana, y elevarla a las límpidas alturas del bienestar material y espiritual» (pág. 14).

Hagamos notar, de pasada, que interesa a la burguesía ocultar la existencia del proletariado, fruto de las relaciones burguesas


[*] Véase la presente edición, t. 1, pág. 135. (N. de la Edit.)

pág. 347

de producción y condición de su ulterior existencia. Por esto el Sr. Sax nos dice en la pág. 21 que por clases laboriosas hay que entender todas las «clases de la sociedad desprovistas de medios», la «gente modesta en general, tales como los artesanos, las viudas, los pensionistas (!), los funcionarios subalternos, etc.», al lado de los obreros propiamente dichos. El socialismo burgués tiende la mano al socialismo pequeñoburgués.

Pero, ¿de dónde procede la penuria de la vivienda? ¿Cómo ha nacido? Como buen burgués, el Sr. Sax debe ignorar que es un producto necesario del régimen social burgués; que no podría existir sin penuria de la vivienda una sociedad en la cual la gran masa trabajadora no puede contar más que con un salario y, por tanto, exclusivamente con la suma de medios indispensables para su existencia y para la reproducción de su especie; una sociedad donde los perfeccionamientos de la maquinaria, etc., privan continuamente de trabajo a masas de obreros; donde el retorno regular de violentas fluctuaciones industriales condiciona, por un lado, la existencia de un gran ejército de reserva de obreros desocupados y, por otro lado, echa a la calle periódicamente a grandes masas de obreros sin trabajo; donde los trabajadores se amontonan en las grandes ciudades y de hecho mucho más de prisa de lo que, en las circunstancias presentes, se edifica para ellos, de suerte que pueden siempre encontrarse arrendatarios para la más infecta de las pocilgas; en fin, una sociedad en la cual el propietario de una casa tiene, en su calidad de capitalista, no solamente el derecho, sino también, en cierta medida y a causa de la concurrencia, hasta el deber de exigir sin consideración los alquileres más elevados. En semejante sociedad, la penuria de la vivienda no es en modo alguno producto del azar; es una institución necesaria que no podrá desaparecer, con sus repercusiones sobre la salud, etc., más que cuando todo el orden social que la ha hecho nacer sea transformado de raíz. Pero esto no tiene por qué saberlo el socialismo burgués. No se atreve en modo alguno a explicar la penuria de la vivienda por razón de las condiciones actuales. No le queda, pues, otra manera de explicarla que por medio de sermones sobre la maldad de los hombres, o por decirlo así, por medio del pecado original.

«Y aquí tenemos que reconocer —y, por tanto, no podemos negar» (¡audaz deducción!)— «que una parte de la culpa... recae sobre los obreros mismos, los cuales piden viviendas, y la otra, mucho más grande, sobre los que asumen la obligación de satisfacer esa necesidad, o sobre los que, aún teniendo los medios precisos, ni siquiera asumen esa obligación: sobre las clases poseedoras o superiores de la sociedad. La culpa de esos últimos... consiste en que no hacen nada por procurar una oferta suficiente de buenas viviendas».

pág. 348

Del mismo modo como Proudhon nos remite de la Economía al Derecho, así nuestro socialista burgués nos remite aquí de la Economía a la moral. Nada más lógico. Quien pretende que el modo de producción capitalista, las «férreas leyes» de la sociedad burguesa de hoy sean intangibles, y, sin embargo, quiere abolir sus consecuencias desagradables pero necesarias, no puede hacer otra cosa más que predicar moral a los capitalistas. El efecto sentimental de estas prédicas se evapora inmediatamente bajo la acción del interés privado y, si es necesario, de la concurrencia. Se parecen a los sermones que la gallina lanza desde la orilla del estanque a los patitos que acaba de empollar y que nadan alegremente. Se lanzan al agua aunque no haya terreno firme, y los capitalistas se precipitan sobre el beneficio aunque no tenga entrañas. «En cuestiones de dinero sobran los sentimientos», como ya decía el viejo Hansemann, que de estas cosas entendía más que el Sr. Sax.

«Las buenas viviendas son tan caras que la mayor parte de los obreros está absolutamente imposibilitada de utilizarlas. El gran capital... evita cauteloso construir viviendas para las clases trabajadoras. Y así éstas, llevadas por la necesidad de encontrar vivienda, acaban en su mayor parte cayendo en manos de la especulación».

¡Abominable especulación! ¡El gran capital, naturalmente, no especula nunca! Pero no es la mala voluntad, sino solamente la ignorancia, lo que impide al gran capital especular con las viviendas obreras.

«Los propietarios ignoran totalmente el enorme e importante papel... que juega la satisfacción normal de la necesidad de habitación; no saben lo que hacen a la gente cuando con tanta irresponsabilidad le ofrecen, por regla general, viviendas malas e insalubres; no saben, en fin, cuánto daño se hacen con esto a sí mismos» (pág. 27).

Pero, para que pueda darse la penuria de la vivienda, la ignorancia de los capitalistas necesita el complemento de la ignorancia de los obreros. Después de haber convenido en que las «capas inferiores» de los obreros, «para no quedarse sin refugio, se ven obligadas (!) a buscar constantemente, de un modo o de otro y dondequiera que sea, un asilo para la noche, y que en este aspecto se encuentran absolutamente sin ayuda ni defensa», el Sr. Sax nos cuenta que:

«Es un hecho reconocido por todos que muchos de ellos» (los obreros) «por despreocupación, pero sobre todo por ignorancia, privan a sus organismos —podríamos decir que con virtuosismo— de las condiciones de un desarrollo físico normal y de una existencia sana, por el hecho de que no tienen la menor idea de una higiene racional y principalmente de la enorme importancia que en este aspecto tiene la vivienda» (pág. 27).

pág. 349

Aquí aparecen las orejas de burro del burgués. Mientras que la «culpa» de los capitalistas se reducía a la ignorancia, la ignorancia de los obreros es la propia causa de su culpa. Escuchad:

«De aquí resulta» (de la ignorancia) «que, con tal de economizar algo en el alquiler, habitan viviendas sombrías, húmedas, insuficientes, que constituyen, en una palabra, un verdadero escarnio a todas las exigencias de la higiene..., que con frecuencia varias familias alquilan conjuntamente una misma vivienda o incluso una misma habitación, todo esto para gastar lo menos posible en alquiler, mientras que derrochan sus ingresos de una manera verdaderamente pecaminosa en beber y en toda suerte de placeres frívolos»

El dinero que el obrero «malgasta en vino y en tabaco» (pág. 28), «vida de taberna con todas sus lamentables consecuencias, y que como una plomada, hunde más y más en el fango a la clase obrera», todo esto hace que el Sr. Sax sienta como si él tuviese la plomada en el estómago. El Sr. Sax debe ignorar naturalmente, que entre los obreros la afición a la bebida es, en las circunstancias actuales, un producto necesario de sus condiciones de vida, tan necesario como el tifus, el crimen, los parásitos, el alguacil y las otras enfermedades sociales; tan necesario que se puede calcular por anticipado el término medio de borrachos. Por lo demás, mi viejo maestro, en la escuela pública, nos enseñaba ya que «la gente vulgar va a la taberna y la gente de bien, al club». Y como yo he ido a los dos sitios, puedo confirmar que esto es verdad.

Toda esta palabrería sobre la «ignorancia» de las dos partes se reduce a las viejas peroraciones sobre la armonía entre los intereses del capital y del trabajo. Si los capitalistas conocieran su verdadero interés, ofrecerían a los obreros buenas viviendas y mejorarían en general su situación. Y si los obreros comprendieran su verdadero interés, no harían huelgas, no se sentirían empujados hacia la socialdemocracia, no se mezclarían en política, sino que seguirían obedientemente a sus superiores, los capitalistas. Por desgracia, ambas partes encuentran su interés en cualquier lugar menos en las prédicas del Sr. Sax y de sus innumerables precursores. El evangelio de la armonía entre el capital y el trabajo lleva ya predicándose cerca de cincuenta años; la filantropía burguesa ha realizado enormes dispendios para demostrar esta armonía mediante instituciones modelo. Pero, como veremos a continuación, no hemos adelantado nada en estos cincuenta años.

Nuestro autor aborda ahora la solución práctica del problema. El carácter poco revolucionario de la solución preconizada por Proudhon, quien quería hacer de los obreros propietarios de su vivienda, se manifiesta ya en el hecho de que el socia-

pág. 350

lismo burgués, aún antes que él, había intentado, e intenta todavía, realizar prácticamente esta proposición. El Sr. Sax también declara que la cuestión de la vivienda sólo puede ser enteramente resuelta mediante la transferencia de la propiedad de la vivienda a los obreros (págs. 58-59). Más aún, se sume en un éxtasis poético ante esta idea y da libre curso a sus sentimientos en esta parrafada llena de inspiración:

«Hay algo peculiar en esa nostalgia de la propiedad de la tierra que es inherente al hombre, en ese afán que ni siquiera ha conseguido debilitar la moderna vida de negocios de pulso febril. Es el sentimiento inconsciente de la importancia de la conquista económica que representa la propiedad de la tierra. Gracias a ella, el hombre alcanza una posición segura, echa raíces sólidas en la tierra, por decirlo así, y toda economía (!) encuentra en ella su base más firme. Pero la fuerza bendita de la propiedad de la tierra se extiende mucho más allá de estas ventajas materiales. Quien tiene la felicidad de poder designar como suya una parcela de tierra, ha alcanzado el más alto grado de independencia económica que pueda imaginarse; posee un territorio sobre el cual puede gobernar con poder soberano, es su propio dueño, goza de un cierto poder y dispone de un refugio seguro para los días adversos; su conciencia de sí mismo se eleva, y con ella su fuerza moral. De ahí, la profunda significación de la propiedad en la cuestión presente... El obrero expuesto sin defensa a las variaciones de la coyuntura, en continua dependencia del patrono, estaría de este modo, y en cierta medida, asegurado contra esta situación precaria; se transformaría en capitalista y estaría asegurado contra los peligros del paro o de la incapacidad de trabajo, gracias al crédito hipotecario que tendría siempre abierto. Sería elevado de este modo de la clase de los no poseyentes a la de los poseedores» (pág. 63).

El Sr. Sax parece suponer que el hombre es esencialmente campesino; de lo contrario, no atribuiría al obrero de nuestras grandes ciudades una nostalgia de la tierra propia que nadie había descubierto en ellos. Para nuestros obreros de las grandes ciudades la libertad de movimiento es la primera condición vital, y la propiedad de la tierra no puede resultarles más que una cadena. Proporcionadles casas que les pertenezcan en propiedad, encadenadlos de nuevo a la tierra, y romperéis su fuerza de resistencia a la baja de los salarios por los fabricantes. Un obrero aislado puede, llegado el caso, vender su casita; pero en una huelga seria o una crisis industrial general, todas las casas pertenecientes a los obreros afectados habrían de presentarse en el mercado para ser vendidas, y, por consiguiente, no encontrarían comprador, o, en todo caso, tendrían que venderse a un precio muy inferior a su precio de coste. E incluso si todas ellas encontraran comprador, toda la gran reforma del Sr. Sax se reduciría a la nada y tendría que volver a empezar desde el principio. Por lo demás, los poetas viven en un mundo imaginario lo mismo que el Sr. Sax, el cual imagina que el propietario rural «ha alcanzado el más alto grado de independencia económica», que posee «un refugio seguro», que «se transformaría en capitalista y estaría

pág. 351

garantizado contra los peligros del paro o de la incapacidad de trabajo, gracias al crédito hipotecario que tendría siempre abierto», etc. Pero observe el Sr. Sax a los pequeños campesinos franceses y a nuestros propios pequeños campesinos renanos: sus casas y sus campos están gravados con hipotecas a más no poder; sus cosechas pertenecen a sus acreedores aún antes de la siega, y sobre su «territorio» no son ellos quienes gobiernan con poder soberano, sino el usurero, el abogado y el alguacil. Es este, en efecto, el más alto grado de independencia económica que puede imaginarse... para el usurero. Y para que los obreros coloquen lo antes posible sus casitas bajo esa misma soberanía del usurero, el bien intencionado Sr. Sax les indica, previsor, el crédito hipotecario que tendría siempre asegurado en época de paro o cuando fuesen incapaces para el trabajo, en vez de vivir a costa de la Asistencia Pública.

De todos modos, el Sr. Sax ha resuelto, pues, la cuestión planteada al principio: el obrero «se transformaría en capitalista» mediante la adquisición de una casita en propiedad.

El capital es el dominio sobre el trabajo ajeno no pagado. La casita del obrero no será capital más que cuando la haya alquilado a un tercero y se apropie, en forma de alquiler, una parte del producto del trabajo de este tercero. Por el hecho de habitarla él mismo, impide precisamente que la casa se convierta en capital, por lo mismo que el traje deja de ser capital desde el instante en que lo he comprado en casa del sastre y me lo he puesto. El obrero que posee una casita de un valor de mil táleros no es ya, ciertamente, un proletario, pero hay que ser el Sr. Sax para llamarle capitalista.

El carácter capitalista de nuestro obrero tiene, además, otro aspecto. Supongamos que en una región industrial determinada sea normal que cada obrero posea su propia casita. En este caso la clase obrera de esta región está alojada gratuitamente; los gastos de vivienda ya no entran en el valor de su fuerza de trabajo. Pero toda disminución de los gastos de producción de la fuerza de trabajo, es decir, toda reducción por largo tiempo de los precios de los medios de subsistencia del obrero equivale, «en virtud de las férreas leyes de la doctrina de la economía nacional», a una baja del valor de la fuerza de trabajo y lleva, en fin de cuentas, a una baja correspondiente del salario. El salario descendería así, por término medio, en una cantidad igual a la economía realizada sobre el alquiler corriente, es decir, que el obrero pagaría el alquiler de su propia casa, no como antes en dinero al propietario, sino bajo la forma de trabajo no pagado que iría al fabricante para el cual trabaja. De esta manera, las economías invertidas por el obrero en la casita se convertirían, efectiva-

pág. 352

mente y en cierta medida, en capital, pero no para él, sino para el capitalista de quien es asalariado.

El Sr. Sax no ha conseguido, pues, ni siquiera sobre el papel, transformar a su obrero en capitalista.

Anotemos de pasada que lo que acaba de decirse vale para todas las reformas llamadas sociales que pueden reducirse a una economía o a un abaratamiento de los medios de subsistencia del obrero. O bien estas reformas se generalizan y van seguidas de la correspondiente disminución de salarios, o bien no son más que experimentos aislados, y entonces su existencia a título de excepción demuestra simplemente que su realización en gran escala es incompatible con el actual modo de producción capitalista. Supongamos que se ha conseguido en cierta zona, gracias a la implantación general de cooperativas de consumo, hacer más baratos en un 20 por 100 los medios de subsistencia del obrero. El salario habría de descender a la larga alrededor de un 20 por 100, es decir, en la misma medida en que esos medios de subsistencia entran en el presupuesto del obrero. Si los obreros emplean, por ejemplo, las tres cuartas partes de su salario semanal en la compra de estos medios de subsistencia, el salario descenderá finalmente en tres cuartas partes del 20 por 100, o sea en un 15 por 100. En una palabra, desde el momento en que una reforma ahorrativa se generaliza, el obrero recibe un salario mermado en la misma proporción en que este ahorro le permite vivir más barato. Dad a cada obrero un ahorro de cincuenta y dos táleros y su salario semanal acabará finalmente por descender en un tálero. Así, cuanto más economiza, menos salario recibe. No economiza, pues, en su propio interés, sino en interés del capitalista. ¿Qué más hace falta para «despertar poderosamente en él... la primera virtud económica, el sentido del ahorro»? (pág. 64).

Por lo demás, el Sr. Sax nos dice a continuación que los obreros deben hacerse propietarios de casas, no tanto por su propio interés como por el de los capitalistas:

«No solamente el estamento obrero, sino el conjunto de la sociedad tiene el mayor interés en que el número más elevado de sus miembros quede atado» (!) «a la tierra» (quisiera ver por una vez al Sr. Sax en esta postura)... «La propiedad de la tierra... reduce el número de los que luchan contra el dominio de la clase poseedora. Todas las fuerzas secretas que inflaman el volcán que arde bajo nuestros pies y que se llama cuestión social: la exasperación del proletariado, el odio..., las peligrosas confusiones de ideas..., todas deben disiparse, como la niebla al salir el sol, cuando... los propios obreros entren de esta manera en la clase de los poseedores» (pág. 65).

En otros términos: el Sr. Sax espera que, mediante un cambio de su posición proletaria, como el que produciría la adquisición de una casa, los obreros perderán igualmente su carácter prole-

pág. 353

tario y volverán a ser los siervos sumisos que eran sus antepasados, asimismo propietarios de sus casas. ¡Convendría que los proudhonianos lo tuviesen presente!

El Sr. Sax cree haber resuelto de este modo la cuestión social:

«Un reparto más equitativo de los bienes, el enigma de la esfinge, que tanto se ha intentado solucionar en vano, ¿no se halla ahora ante nosotros, como un hecho tangible, no ha sido así arrancado a las esferas del ideal y no ha entrado en los dominios de la realidad? Y cuando se haya realizado ¿no habremos logrado una de las finalidades supremas que incluso los socialistas más extremistas presentan como punto culminante de sus teorías?» (pág. 66).

Es verdaderamente una felicidad el que hayamos llegado a este punto. Este grito de triunfo representa, efectivamente, el «punto culminante» del libro del Sr. Sax, y a partir de este pasaje volvemos a descender suavemente de las «esferas del ideal» a la lisa y llana realidad. Y cuando lleguemos abajo advertiremos que durante nuestra ausencia no ha cambiado nada, absolutamente nada.

Nuestro guía nos hace dar el primer paso hacia el descenso informándonos de que hay dos clases de viviendas obreras: el sistema del cottage, en que cada familia obrera posee su casita, si es posible con un jardincillo, como en Inglaterra; y el sistema cuartelero, que comprende enormes edificios, en los cuales hay numerosas viviendas obreras, com