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C. MARXLA |
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NOTA DEL EDITOR
La presente versión de La Guerra Civil en Francia ha sido realizldo en base a diversas ediciones en lengua castellana y confrontada con el original.
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INTRODUCCION Por Federico Engels |
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PRIMER MANIFIESTO DEL CONSEJO GENERAL DE LA ASOCIACION |
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SEGUNDO MANIFIESTO DEL CONSEJO GENERAL DE LA ASOCIACION |
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LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA Manifiesto del Consejo General |
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Apéndices |
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BORRADORES DE LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA |
113 | |
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[Nota del Transcritor : Estos "borradores" van a estar preparados como | ||
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PRIMER BORRADOR DE LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA |
115 | |
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El Gobierno de Defensa |
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La Comuna |
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1. |
Medidas para la clase obrera |
165 |
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La Comuna |
174 | |
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El Levantamiento de la Comuna y el Comité Central |
174 |
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[Fragmentos] |
212 | |
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EL SEGUNDO BORRADOR DE LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA |
224 | |
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1) |
El Gobierno de Defensa. Trochu, Favre, Picard, Ferry, como diputados |
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[Fragmentos] |
262 | |
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Por Federico Engels
   
Ha sido algo inesperado para mí el requerimiento que me hicieron para reeditar el Manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre La Guerra Civil en Francia y acompañarlo de una introducción. Por eso sólo puedo tocar brevemente aquí los puntos más importantes.
   
Antepongo al extenso trabajo arriba citado los dos manifiestos, más cortos, del Consejo General sobre la Guerra Franco-prusiana. En primer lugar, porque en La Guerra Civil se hace referencia al segundo de estos dos manifiestos, que, a su vez, no puede ser completamente comprendido sin el primero. Pero además, porque estos dos manifiestos, escritos también por Marx, son, al igual que La Guerra Civil, destacados ejemplos de las dotes extraordinarias del autor -- manifesta das por vez primera en El 18 Brumario de Luis Bonaparte [2] -- para ver claramente el carácter, el alcance y las consecuencias necesarias de grandes acontecimientos históricos en un momento en que éstos se desarrollan todavía ante nuestros ojos o acaban apenas de producirse. Y, finalmente, porque en Alemania estamos aún padeciendo las consecuencias de aquellos acontecimientos, tal como Marx las había predicho.
   
¿Acaso no ha sucedido lo que se dice en el primer manifiesto en el sentido de que, si la guerra defensiva de Alemania contra Luis Bonaparte degeneraba en una guerra de conquista contra el pueblo francés, revivirían con redoblada intensidad
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todas las desventuras que Alemania había experimentado después de las llamadas guerras de liberación[3]? ¿No hemos padecido otros veinte años de dominación bismarckiana, con su Ley de Excepción y su batida antisocialista sustituyendo las persecuciones contra los demagogos[4] con las mismas arbitrariedades policíacas y la misma, literalmente la misma, interpretación indignante de las leyes?
   
¿Y acaso no se ha cumplido al pie de la letra la predicción de que el hecho de anexar Alsacia y Lorena "echaría a Francia en brazos de Rusia" y de que Alemania con esta anexión se convertiría abiertamente en un vasallo de Rusia o tendría que prepararse, después de una breve tregua, para una nueva guerra, que sería, además, "una guerra racial contra las razas eslavas y latinas coligadas"[5]? ¿Acaso la anexión de las provincias francesas no ha echado a Francia en brazos de Rusia? ¿Acaso Bismarck no ha implorado en vano durante veinte años enteros los favores del zar, prestándole servicios aún más bajos que aquellos con que la pequeña Prusia, cuando todavía no era la "primera potencia de Europa", solía postrarse a los pies de la santa Rusia? ¿Y acaso no pende constantemente sobre nuestras cabezas la espada de Damocles de una guerra que, en su primer día, convertirá en humo de pajas todas las alianzas de príncipes selladas en documentos, una guerra en la que lo único cierto es la absoluta incertidumbre de su resultado, una guerra racial que entregará a toda Europa a la obra devastadora de quince o veinte millones de hombres armados, y que si no ha comenzado todavía a hacer estragos es simplemente porque hasta el más fuerte de los grandes Estados militares tiembla ante la completa imposibilidad de prever su resultado final?
   
De aquí que estemos aún más obligados a poner de nuevo al alcance de los obreros alemanes estas brillantes muestras,
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hoy medio olvidadas, de la clarividencia de la política obrera internacional en 1870.
   
Y lo que decimos de estos dos manifiestos también vale para La Guerra Civil en Francia. El 28 de mayo los últimos luchadores de la Comuna sucumbían ante fuerzas superiores en las faldas de Belleville, y dos días después, el 30, Marx leía ya al Consejo General el trabajo en que se delineaba la significación histórica de la Comuna de París, en trazos breves y enérgicos, pero tan nítidos y sobre todo tan exactos que no han sido nunca igualados en toda la enorme masa de escritos publicada sobre este tema.
   
Gracias al desarrollo económico y político de Francia a partir de 1789, la situación en París desde hace cincuenta años ha sido tal que no podía estallar allí ninguna revolución que no asumiese un carácter proletario, es decir, sin que el proletariado, que había pagado la.victoria con su sangre, presentase sus propias reivindicaciones después del triunfo conseguido. Estas reivindicaciones eran más o menos faltas de claridad y hasta del todo confusas, conforme al grado de desarrollo de los obreros de París en cada ocasión, pero, en último término, se reducían siempre a la eliminación del antagonismo de clase entre capitalistas y obreros. Claro está, nadie sabía cómo se podía conseguir esto. Pero la reivindicación misma, por vaga que fuese la manera de formularla, encerraba ya una amenaza al orden social existente; los obreros que la planteaban aún estaban armados; por eso, el desarme de los obreros era el primer mandamiento de los burgueses que se hallaban al timón del Estado. De aquí que después de cada revolución ganada por los obreros estalle una nueva lucha, que termina con la derrota de éstos.
   
Así sucedió por primera vez en 1848. Los burgueses liberales de la oposición parlamentaria organizaban banquetes en
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los que abogaban por una reforma electoral que debía garantizar la dominación de su partido. Viéndose cada vez más obligados a apelar al pueblo en la lucha que sostenían contra el gobierno, no tenían más remedio que ceder la primacía a las capas radicales y republicanas de la burguesía y de la pequeña burguesía. Pero detrás de estos sectores estaban los obreros revolucionarios, que desde 1830 habían adquirido mucha más independencia política de lo que los burgueses e incluso los republicanos se imaginaban. Al producirse la crisis entre el gobierno y la oposición, los obreros comenzaron la lucha en las calles. Luis Felipe desapareció y con él la reforma electoral, viniendo a ocupar su puesto la República, y una república que los mismos obreros victoriosos calificaron de República "social". Sin embargo, nadie sabía con claridad, ni los mismos obreros, qué había que entender por la susodicha República social. Pero los obreros tenían ahora armas y eran una fuerza dentro del Estado. Por eso, tan pronto como los republicanos burgueses, que empuñaban el timón del gobierno, sintieron que pisaban terreno más o menos firme, se propusieron como primer objetivo desarmar a los obreros. Esto tuvo lugar cuando se les empujó a la Insurrección de Junio de 1848 violando manifiestamente la palabra dada, lanzándoles una burla abierta e intentando desterrar a los parados a una provincia lejana. El gobierno había cuidado de asegurarse una aplastante superioridad de fuerzas Después de cinco días de lucha heroica, los obreros fracasaron. A esto siguió un baño de sangre entre prisioneros indefensos como jamás se había visto desde los días de las guerras civiles con las que se inició la caída de la República Romana. Era la primera vez que la burguesía mostraba a cuán desmedida crueldad de venganza es capaz de recurrir tan pronto como el proletariado se atreve a enfrentársele,
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como clase apar¿e con sus propios intereses y reivindicaciones. Y sin embargo, 1848 no fue sino un juego de niños comparado con el frenesí de la burguesía en 1871.
   
El castigo no se hizo esperar. Si el proletariado no era todavía capaz de gobernar a Francia, la burguesía tampoco podía seguir gobernándola. Por lo menos en aquel momento, cuando la mayor parte de ella era aún de espíritu monárquico y se hallaba dividida en tres partidos dinásticos[6], más un cuarto partido, el republicano. Sus disensiones internas permitieron al aventurero Luis Bonaparte apoderarse de todos los puestos de mando -- ejército, policía, aparato administrativo -- y hacer saltar, el 2 de diciembre de 1851,[7] el último baluarte de la burguesía: la Asamblea Nacional. El Segundo Imperio[8] inauguró la explotación de Francia por una cuadrilla de aventureros políticos y financieros, pero al mismo tiempo también inició un desarrollo industrial como jamás hubiera podido concebirse bajo el mezquino y asustadizo sistema de Luis Felipe, en las condiciones de la dominación exclusiva de sólo un pequeño sector de la gran burguesía. Luis Bonaparte quitó a los capitalistas el Poder político con el pretexto de defenderlos a ellos, los burgueses, de los obreros, y, por otra parte, a éstos de aquéllos; pero, como contrapartida, su régimen estimuló la especulación y la actividad industrial; en una palabra, el auge y el enriquecimiento de toda la burguesía en proporciones hasta entonces desconocidas. Se desarrollaron todavía en mayores proporciones, claro está, la corrupción y el robo en masa, que pulularon en torno a la Corte imperial y obtuvieron buenos dividendos de este enriquecimiento.
   
Pero el Segundo Imperio era la apelación al chovinismo francés, la revindicación de las fronteras del Primer Imperio perdidas en 1814, 0 al menos las de la Primera República. Era a la larga imposible que subsistiese un imperio francés dentro
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de las fronteras de la antigua monarquía y, más aún, dentro de las fronteras todavía más amputadas de 1815. Esto implicaba la necesidad de guerras ocasionales y la de ampliación de fronteras. Pero no había ampliación de fronteras que deslumbrase tanto la fantasía de los chovinistas franceses como aquelía que se hiciera a expensas de la orilla iquierda alemana del Rin. Para ellos una milla cuadrada en el Rin valía más que diez en los Alpes o en cualquier otro sitio. Proclamado el Segundo Imperio la reivindicación de la orilla izquierda del Rin, fuese de una vez o por partes, era simplemente una cuestión de tiempo. Y el tiempo llegó con la Guerra Austro-prusiana de 1866.[9] Defraudado en sus esperanzas de "compensaciones territoriales", por el engaño de Bismarck y por su propia política superastuta y vacilante, Napoleón no tenía otra salida que la guerra, que estalló en 1870 y le empujó primero a Sedán y después a Wilhelmshöhe.[10]
   
La consecuencia inevitable fue la Revolución de París del 4 de Septiembre de 1870. El Imperio se derrumbó como un castillo de naipes y nuevamente fue proclamada la República. Pero el enemigo estaba a las puertas. Los ejércitos del Imperio estaban sitiados en Metz sin esperanza de salvación o prisioneros en Alemania. En esta situación angustiosa, el pueblo permitió a los diputados parisinos del antiguo Cuerpo Legislativo constituirse en un "Gobierno de Defensa Nacional". Lo que con mayor gusto lo llevó a acceder a esto fue que, para los fines de la defensa, todos los parisinos capaces de empuñar las armas se habían alistado en la Guardia Nacional y estaban armados, de modo que los obreros representaban dentro de ella una gran mayoría. Pero el antagonismo entre el gobierno, formado casi exclusivamente por burgueses, y el proletariado en armas, no tardó en estallar. El 31 de octubre, batallones obreros tomaron por asalto el Hôtel de
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Ville y capturaron a algunos miembros del Gobierno. Gracias a una traición, a ia violación descarada por el Gobierno de su palabra y a la intervención de algunos batallones pequeñoburgueses, aquéllos fueron puestos nuevamente en libertad y, para no provocar el estallido de la guerra civil dentro de una ciudad sitiada por un ejército extranjero, se permitió que el Gobierno hasta entonces en funciones siguiera actuando.
   
Por fin, el 28 de enero de 1871, la ciudad de París, vencida por el hambre, capituló. Pero con honores sin precedentes en la historia de las guerras. Los fuertes fueron rendidos, las murallas desarmadas, las armas de las tropas de línea y de la Guardia Móvil entregadas, y sus hombres, considerados prisioneros de guerra. Pero la Guardia Nacional conservó sus armas y sus cañones y se limitó a sellar un armisticio con los vencedores. Y éstos no se atrevieron a entrar triunfalmente en París. Sólo osaron ocupar un pequeño rincón de la ciudad, el cual, además, se componía parcialmente de parques públicos, y eso ¡sólo por unos cuantos días! Y durante este tiempo, ellos, que habían tenido cercado a París por espacio de 131 días, estuvieron cercados por los obreros armados de la capital, que velaban la guardia celosamente para que ningún "prusiano" traspasase los estrechos límites del rincón cedido al conquistador extranjero. Tal era el respeto que los obreros de París infundían a un ejército ante el cual habían rendido sus armas todas las tropas del Imperio. Y los junkers prusianos, que habían venido a tomar venganza en el hogar de la revolución, ¡no tuvieron más remedio que pararse respetuosamente y saludar a esta misma revolución armada!
   
Durante la guerra, los obreros de París habíanse limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada la paz después de la capitulación de París,[11] Thiers, nue-
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vo jefe del Gobierno, se vio obligado a entender que la dominación de las clases poseedoras -- grandes terratenientes y capitalistas -- estaba en constante peligro mientras los obreros de París tuviesen las armas en sus manos. Lo primero que hizo fue intentar desarmarlos. El 18 de marzo envió tropas de línea con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería de su pertenencia, pues había sido construida durante el asedio de París y pagada por suscripción pública. El intento falló; París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el Gobierno francés, instalado en Versalles. El 26 de marzo fue elegida la Comuna de París, y proclamada dos días más tarde, el 28 del mismo mes. El Comité Central de la Guardia Nacional, que hasta entonces había ejercido el gobierno, dimitió en favor de la Comuna, después de haber decretado la abolición de la escandalosa "policía de moralidad" de París. El 30, la Comuna abolió la conscripción y el ejército permanente y declaró única fuerza armada a la Guardia Nacional, en la que debían enrolarse todos los ciudadanos capaces de empuñar las armas. Condonó los pagos de alquiler de viviendas desde octubre de 1870 hasta abril de 1871, abonando a futuros pagos de alquileres las cantidades ya pagadas, y suspendió la venta de objetos empeñados en el Monte de Piedad de la ciudad. El mismo día 30 fueron confirmados en sus cargos los extranjeros elegidos para la Comuna, pues "la bandera de la Comuna es la bandera de la República mundial"[12]. El 1ƒ de abril se acordó que el sueldo máximo que podría percibir un funcionario de la Comuna, y por tanto los mismos miembros de ésta, no excedería de 6.000 francos (4.800 marcos). Al día siguiente, la Comuna decretó la separación de la Iglesia y el Estado y la supresión de todas las asignaciones estatales para fines religiosos, así como la transformación de todos los bienes de la
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Iglesia en propiedad nacional; como consecuencia de esto, el 8 de abril se ordenó que se eliminasen de las escuelas todos los símbolos religiosos, imágenes, dogmas, oraciones, en una palabra, "todo lo que pertenece a la órbita de la conciencia individual", orden que fue aplicándose gradualmente[13]. El día 5, en vista de que las tropas de Versalles fusilaban diariamente a los combatientes de la Comuna que capturaban, se dictó un decreto ordenando la detención de rehenes, pero éste nunca se puso en práctica. El día 6, el 137ƒ Batallón de la Guardia Nacional sacó a la calle la guillotina y la quemó públicamente en medio de la aclamación popular. El 12, la Comuna acordó que la Comuna Triunfal de la plaza Vendôme, fundida con los cañones tomados por Napoleón después de la guerra de 1809, se demoliese por ser un símbolo de chovinismo e incitación al odio entre naciones. Esto fue cumplido el 16 de mayo. El 16 de abril, la Comuna ordenó un registro estadístico de las fábricas cerradas por los patronos y la elaboración de planes para ponerlas en funcionamiento con los obreros que antes trabajaban en ellas, organizándolos en sociedades cooperativas, y que se planease también la agrupación de todas estas cooperativas en una gran unión. El 20, la Comuna declaró abolido el trabajo nocturno de los panaderos y suprimió también las bolsas de empleo, que durante el Segundo Imperio eran un monopolio de ciertos sujetos designados por la policía, explotadores de primera fila de los obreros. Esas bolsas fueron transferidas a las alcaldías de los veinte arrondissements [distritos] de París. El 30 de abril, la Comuna ordenó el cierre de las casas de empeño, que eran una forma de explotación privada a los obreros, y estaban en contradicción con el derecho de éstos a disponer de sus instrumentos de trabajo. El 5 de mayo, ordenó la de-
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molición de la Capilla Expiatoria, que se había erigido para expiar la ejecución de Luis XVI.
   
Así, el carácter de clase del movimiento de París, que antes se había relegado a segundo plano por la lucha contra los invasores extranjeros, apareció desde el 18 de marzo en adelante con rasgos enérgicos y claros Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos de los obreros, sus decisiones se distinguían por un carácter marcadamente proletario. Estas, o bien decretaban reformas que la burguesía republicana sólo había renunciado a implantar por cobardía pero que constituían una base indispensable para la libre acción de la clase obrera, como, por ejemplo, la implantación del principio de que, con respecto al Estado, la religión es un asunto puramente privado; o bien la Comuna promulgaba decisiones que iban directamente en interés de la clase obrera, y en parte abrían profundas brechas en el viejo orden social Sin embargo, en una ciudad sitiada, todo esto sólo pudo, a lo sumo, comenzar a realizarse. Desde los primeros dias de mayo, la lucha contra los ejércitos del Gobierno de Versalles, cada vez más nutridos, absorbió todas las energías.
   
El 7 de abril, los versalleses tomaron el paso del Sena en Neuilly, en el frente occidentaí de París; en cambio, el 11 fueron rechazados con grandes pérdidas por el general Eudes, en el frente sur. París estaba sometido a constante bombardeo, dirigido además por los mismos que habían estigmatizado como un sacrilegio el bombardeo de la capital por los prusianos Ahora, estos mismos individuos imploraban del Gobierno prusiano que acelerase la devolución de los soldados franceses hechos prisioneros en Sedán y en Metz, para que les reconquistasen París. Desde comienzos de mayo, la llegada gradual de estas tropas dio una superioridad decisiva a las
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fuerzas de Versalles. Esto se puso ya de manifiesto cuando, el 23 de abril, Thiers rompió las negociaciones, que la Comuna propuso con el fin de canjear al arzobispo de París[*] y a toda una serie de clérigos retenidos en París como rehenes, por un solo hombre, Blanqui, que en dos ocasiones había sido elegido para la Comuna, pero que estaba preso en Clairvaux. Y se evidenció más todavía en el nuevo lenguaje de Thiers, que, de reservado y ambiguo, se hizo de pronto insolente, amenazador y brutal. En el frente sur, los versalleses tomaron el 3 de mayo, el reducto de Moulin Saquet; el día 9 se apoderaron del fuerte de Issy, reducido por completo a escombros por el cañoneo; el 14 tomaron el fuerte de Vanves. En el frente occidental avanzaban paulatinamente, apoderándose de numerosas aldeas y edificios que se extendían hasta el cinturón fortificado de la ciudad llegando, por último, a los puntos principales de la defensa; el 21, gracias a una traición y al descuido de los guardias nacionales destacados allí, consiguieron abrirse paso hacia el interior de la ciudad. Los prusianos, que seguían ocupando los fuertes del Norte y del Este, permitieron a los versalleses cruzar por la parte norte de la ciudad, que era terreno vedado para ellos según los términos del armisticio, y, de este modo, avanzar atacando sobre un largo frente, que los parisinos no podían por menos de creer amparado por el armisticio y que, por esta razón, tenían débilmente guarnecido. Como resultado de ello, en la mitad occidental de París, en la propia ciudad del lujo, sólo se opuso una débil resistencia, que se hacia más fuerte y más tenaz a medida que las fuerzas atacantes se acercaban al sector del Este, a los barrios propiamente obreros. Hasta después de ocho días de lucha no cayeron en las alturas
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de Belleville y Ménilmontant los últimos defensores de la Comuna; y entonces llegó a su apogeo aquella matanza de hombres, mujeres y niños indefensos, que había hecho estragos durante toda la semana con furia creciente. Ya los fusiles de retrocarga no mataban bastante de prisa, y entró en juego la mitrailleuse [ametralladora] para abatir por centenares a los vencidos. El "Muro de los Federados"[14] del cementerio de Pére Lachaise, donde se consumó el último asesinato en masa, queda todavía en pie, testimonio mudo pero elocuente del frenesí a que es capaz de llegar la clase dominante cuando el proletariado se atreve a reclamar sus derechos. Luego, cuando se vio que era imposible matarlos a todos, vinieron las detenciones en masa, comenzaron los fusilamientos de víctimas caprichosamente seleccionadas entre las filas de presos y el traslado de los demás a grandes campos de concentración, para esperar allí la vista de los Consejos de Guerra. Las tropas prusianas que tenían cercado el sector nordeste de París, tenían la orden de no dejar pasar a ningún fugitivo, pero los oficiales con frecuencia cerraban los ojos cuando los soldados prestaban más obediencia a los dictados de la humanidad que a las órdenes de la superioridad; mención especial merece, por su humano comportamiento, el cuerpo de ejército de Sajonia, que dejó paso libre a muchas personas cuya calidad de luchadores de la Comuna saltaba a la vista.
   
Si hoy, al cabo de veinte años, volvemos los ojos a las actividades y a la significación histórica de la Comuna de París de 1871, advertimos la necesidad de completar un poco la exposición que se hace en La Guerra Civil en Francia.
   
Los miembros de la Comuna estaban divididos en una mayoría integrada por los blanquistas, que habían predominado
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también en el Comité Central de la Guardia Nacional, y una minoría compuesta por afiliados a la Asociación Internacional de los Trabajadores, entre los que prevalecían los adeptos de la escuela socialista de Proudhon. En aquel tiempo, la gran mayoría de los blanquistas sólo eran socialistas por instinto revolucionario y proletario, sólo unos pocos habían alcanzado una mayor claridad de principios, gracias a Vaillant, que conocía el socialismo científico alemán. Así se explica que la Comuna dejase de hacer, en el terreno económico, muchas cosas que, desde nuestro punto de vista de hoy hubiera debido realizar. Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste, además, un error político muy grave. El Banco de Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el Gobierno de Versalles para que negociase la paz con la Comuna. Pero aún es más asombroso el acierto de muchas de las cosas que se hicieron, a pesar de estar compuesta la Comuna de proudhonianos y blanquistas. Por supuesto, cabe a los proudhonianos la principal responsabilidad por los decretos económicos de la Comuna, tanto en lo que atañe a sus méritos como a sus defectos; a los blanquistas les incumbe la responsabilidad principal por las medidas y omisiones políticas. Y, en ambos casos, la ironía de la historia quiso -- como acontece generalmente cuando el Poder cae en manos de doctrinarios -- que tanto unos como otros hiciesen lo contrario de lo que la doctrina de su escuela respectiva prescribía.
   
Proudhon, el socialista de los pequeños campesinos y maestros artesanos, odiaba positivamente la asociación. Decía de ella que tenía más de malo que de bueno; que era por natu-
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raleza estéril y aun perniciosa, como un grillete puesto a la libertad del obrero; que era un puro dogma, improductivo y gravoso, contrarip por igual a la libertad del obrero y al ahorro de trabajo; que sus inconvenientes crecían más de prisa que sus ventajas; que, frente a ella, la concurrencia, la división del trabajo y la propiedad privada eran fuerzas económicas. Sólo en los casos excepcionales -- como los llama Proudhon -- de la gran industria y las grandes empresas como los ferrocarriles, tenía razón de ser la asociación de los obreros (véase Idée générale de la révolution, 3er. estudio)[15].
   
Pero hacia 1871, incluso en París, centro de la artesanía artística, la gran industria había dejado ya hasta tal punto de ser un caso excepcional, que el decreto más importante de cuantos dictó la Comuna dispuso una organización para la gran industria, e incluso para la manufactura, que no se basaba sólo en la asociación de los obreros dentro de cada fábrica, sino que debía también unificar a todas estas asociaciones en una gran unión; en resumen, en una organización que, como Marx dice muy bien en La Guerra Civil, forzosamente habría conducido finalmente al comunismo, o sea, al contrario directo de la doctrina proudhoniana. Por eso la Comuna fue la tumba de la escuela proudhoniana del socialismo. Esta escuela ha desaparecido hoy de los medios obreros franceses; en ellos, actualmente, la teoría de Marx predomina sin discusión, y no menos entre los Posibilistas[16] que entre los "marxistas". Sólo quedan proudhonianos en el campo de la burguesía "radical".
   
No fue mejor la suerte que corrieron los blanquistas. Educados en la escuela de la conspiración y mantenidos en cohesión por la rígida disciplina que esta escuela supone, los blanquistas partían de la idea de que un grupo relativamente pequeño de hombres decididos y bien organizados estaría en
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condiciones, no sólo de adueñarse en un momento favorable del timón del Estado, sino que, desplegando una acción enérgica e incansable, podría mantenerse hasta lograr arrastrar a la revolución a las masas del pueblo y congregarlas en torno al pequeño grupo dirigente. Esto suponía, sobre todo, la más rígida y dictatorial centralización de todos los poderes en manos del nuevo gobierno revolucionario. ¿Y qué hizo la Comuna, compuesta en su mayoría precisamente por blanquistas? En todas las proclamas dirigidas a los franceses de las provincias, la Comuna los invitó a formar una federación libre de todas las comunas de Francia con París, una organización nacional que, por vez primera, iba a ser creada realmente por la nación misma. Precisamente el poder opresor del antiguo gobierno centralizado -- el ejército, la policía política y la burocracia --, creado por Napoleón en 1798 y que desde entonces había sido heredado por todos los nuevos gobiernos como un instrumento grato y utilizado por ellos contra sus enemigos, era precisamente este poder el que debía ser derrumbado en toda Francia, como había sido derrumbado ya en París.
   
La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al Poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento. ¿Cuáles habían sido las características del Estado hasta entonces? En un principio, por medio de la simple división del trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la lar-
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ga, estos órganos, a cuya cabeza estaba el Poder estatal persiguiendo sus propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella. Esto puede verse, por ejemplo, no sólo en las monarquías hereditarias, sino también en las repúblicas democráticas. No hay ningún país en que los "políticos" formen un sector más poderoso y más separado de la nación que en los EE.UU. Aquí cada uno de los dos grandes partidos que se alternan en el Poder está a su vez gobernado por gentes que hacen de la política un negocio, que especulan con los escaños de las asambleas legislativas de la Unión y de los distintos Estados Federados, o que viven de la agitación en favor de su partido y son retribuidos con cargos cuando éste triunfa. Es sabido que los estadounidenses llevan treinta años esforzándose por sacudir este yugo, que ha llegado a ser insoportable, y que, a pesar de todo, se hunden cada vez más en este pantano de corrupción. Y es precisamente en los EE.UU. donde podemos ver mejor cómo progresa esta independización del Estado frente a la sociedad, de la que originariamente estaba destinado a ser un simple instrumento. Allí no hay dinastía, ni nobleza, ni ejército permanente -- fuera del puñado de hombres que montan la guardia contra los indios --, ni burocracia con cargos permanentes y derecho a jubilación. Y, sin embargo, en los EE.UU. nos encontramos con dos grandes cuadrillas de especuladores políticos que alternativamente se posesionan del Poder estatal y lo explotan por los medios más corruptos y para los fines más corruptos; y la nación es impotente frente a estos dos grandes consorcios de políticos, pretendidos servidores suyos, pero que, en realidad, la dominan y la saquean.
   
Contra esta transformación, inevitable en todos los Estados anteriores, del aparato estatal y sus órganos, de servidores de la sociedad en amos de ella, la Comuna empleó dos remedios
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infalibles. En primer lugar, cubrió todos los cargos administrativos, judiciales y educacionales por elección, mediante sufragio universal, concediendo a los electores el derecho a revocar en todo momento a sus elegidos. En segundo lugar, pagaba a todos los funcionarios, altos y bajos, el mismo salario que a los demás trabajadores. El sueldo máximo asignado por la Comuna era de 6.000 francos. Con este sistema se ponía una barrera eficaz al arribismo y a la caza de cargos, y esto sin contar con los mandatos imperativos que, por añadidura, introdujo la Comuna para los diputados a los cuerpos representativos.
   
Esta labor de destrucción del viejo Poder estatal y de su reemplazo por otro nuevo y verdaderamente democrático es descrita con todo detalle en el capítulo tercero de La Guerra Civil. Sin embargo, era necesario detenerse a examinar aquí brevemente algunos de los rasgos de este reemplazo por ser precisamente en Alemania donde la fe supersticiosa en el Estado se ha trasladado del campo filosófico a la conciencia general de la burguesía e incluso a la de muchos obreros. Según la concepción filosófica, el Estado es la "realización de la idea", o esa, traducido al lenguaje filosófico, el reino de Dios en la tierra, el campo en que se hacen o deben hacerse realidad la verdad y la justicia eternas. De aquí nace una veneración supersticiosa hacia el Estado y hacia todo lo que con él se relaciona, veneración que va arraigando más fácilmente en la medida en que la gente se acostumbra desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden ser mirados de manera distinta a como han sido mirados hasta aquí, es decir, a través del Estado y de sus bien retribuidos funcionarios. Y la gente cree haber dado un paso enormemente audaz con librarse de la fe en la monarquía hereditaria y jurar por la República democrática. En
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realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la República democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, un mal que el proletariado hereda luego que triunfa en su lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, tal como hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los peores lados de este mal, hasta que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.
   
Ultimamente las palabras "dictadura del proletariado" han vuelto a sumir en santo terror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado!
F. Engels
   
* Georges Darboy. (N. de la Red.)
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Londres, en el vigésimo aniver- |
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En el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, fechado en noviembre de 1864, decíamos: "Si ía emancipación de la clase obrera exige su fraternal unión y colaboración, ¿cómo van a poder cumplir esta gran misión, con una política exterior que persigue designios criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y dilapida en guerras de piratería la sangre y las riquezas del pueblo?" Y definíamos la política exterior a que aspira la Internacional con estas palabras: "Reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones".[18]
   
No puede asombrarnos que Luis Bonaparte, que usurpó el Poder explotando la guerra de clases en Francia y lo perpetuó
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mediante guerras periódicas en el exterior, haya ¿ratado desde el primer momento a la Internacional como a un enemigo peligroso. En vísperas del plebiscito, ordenó una batida con tra los miembros de los Comités Administrativos de la Asociación Internacional de los Trabajadores de un extremo a otro de Francia: en París, Lyon, Ruán, Marsella, Brest, etc, con el pretexto de que la Internacional era una sociedad secreta, que estaba enredada en un complot para asesinarle. Lo absurdo de este pretexto fue puesto de manifiesto poco después, en toda su plenitud, por sus propios jueces.[19] ¿Qué delito habían cometido en realidad las secciones francesas de la Internacional? El de decir al pueblo francés, pública y enérgicamente, que votar por el plebiscito era votar por el despotismo en el interior y por la guerra en el exterior. Y fue obra suya, en realidad, el que en todas las grandes ciudades, en todos los centros industriales de Francia, la clase obrera se levantase como un solo hombre para rechazar el plebiscito. Desgraciadamente la profunda ignorancia de los distritos rurales hizo inclinarse del lado contrario el platillo de la balanza. Las bolsas de valores, los gobiernos, las clases dominantes y la prensa de Europa celebraron el plebiscito como un triunfo memorable del emperador francés sobre la clase obrera de Francia; en realidad, el plebiscito fue la señal para el asesinato, no ya de un individuo, sino de naciones.
   
El complot bélico de julio de 1870[20] no es más que una edición corregida del coup d'Etat [golpe de Estado] de diciembre de 1851[21]. A primera vista, la cosa parecía tan absurda que Francia no quería creer que aquello fuese realmente en serio. Se inclinaba más bien a dar crédito al diputado* que denunciaba los discursos belicistas de los ministros como una
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simple maniobra bursátil. Cuando, por fin, el 15 de julio, la guerra fue oficialmente comunicada al Corps Législatif [Cuerpo Legislativo], toda la oposición se negó a votar los créditos preliminares; hasta el propio Thiers estigmatizó la guerra como "detestable"; todos los periódicos independientes de París la condenaron y, cosa extraña, la prensa de provincia se unió a ellos casi unánimemente.
   
Mientras tanto, los miembros parisinos de la Internacional habían puesto de nuevo manos a la obra. En Le Réveil[22] del 2 de julio publicaron su manifiesto "A los obreros de todas las naciones", del que tomamos las líneas siguientes:
   
"Una vez más, -- dicen --, bajo el pretexto del equilibrio europeo y del honor nacional, la paz del mundo se ve amena zada por las ambiciones políticas. ¡Obreros de Francia, de Alemania, de España! ¡Unamos nuestras voces en un grito unánime de reprobación contra la guerra! . . . ¡Guerrear por una cuestión de preponderancia o por una dinastía tiene que ser forzosamente considerado por los obreros como un absur do criminal! ¡Contestando a las proclamas guerreras de quie nes se eximen a sí mismos de la contribución de sangre y hallan en las desventuras públicas una fuente de nuevas espe culaciones, nosotros, los que queremos paz, trabajo y libertad, alzamos nuestra voz de protestal . . . ¡Hermanos de Alemania! ¡Nuestras disensiones no harían más que asegurar el triunfo completo del despotismo en ambas orillas del Rin. . . ! ¡Obreros de todos los países! Cualquiera que sea por el mo mento el resultado de nuestros esfuerzos comunes, nosotros, miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que no conoce fronteras, os enviamos, como prenda de una solidaridad indestructible, los buenos deseos y los saludos de los trabajadores de Francia".
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Este manifiesto de nuestra sección parisina fue seguido pot numerosos llamamientos parecidos de otras partes de Francia, entre los cuales sólo podremos citar aquí la declaración de Neuilly-sur-Seine, publicada en La Marseillaise [23] del 22 de julio: "¿Es justa esta guerra? ¡No! ¿Es nacional esta guerra? ¡No! Es una guerra puramente dinástica. En nombre de la humanidad, de la democracia, y de los verdaderos intereses de Francia, nos adherimos por entero y con toda energía a la protesta de la Internacional contra la guerra".
   
Estas protestas expresaban los verdaderos sentimientos de los obreros franceses, como pronto había de probarlo un curioso incidente. La banda del 10 de Diciembre,[24] que fuera organizada por primera vez bajo el mandato presidencial de Luis Bonaparte, fue lanzada a la calle, disfrazada con blusas de obreros, para representar las contorsiones de la fiebre bélica; entonces los obreros auténticos de los suburbios se lanzaron también a la calle en manifestaciones de paz tan arrolladoras que el prefecto de policía Pietri estimó prudente poner término inmediatamente a toda política callejera, alegando que el leal pueblo de París había manifestado ya suficientemente su reprimido patriotismo y su exuberante entusiasmo por la guerra.
   
Cualquiera que sea el desarrollo de la guerra de Luis Bonaparte con Prusia, en París ya han doblado las campanas por el Segundo Imperio. Acabará como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que fueron los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes permitieron a Luis Bonaparte representar durante dieciocho años la cruel farsa del Imperio Restaurado.
   
Por parte de Alemania, la suya es una guerra defensiva, pero ¿quién colocó a Alemania en el trance detener que de fenderse? ¿Quién permitió a Luis Bonaparte guerrear contra
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ella? ¡Prusia! Fue Bismarck quien conspiró con el mismísimo Luis Bonaparte, con el propósito de aplastar la oposición po pular dentro de su país y anexionar Alemania a la dinastía de los Hohenzollern. Si la batalla de Sadowa[25] se hubiera perdido en vez de ganarse, los batallones franceses habrían invadido Alemania como aliados de Prusia. Después de su triunfo, ¿pensó Prusia un solo momento en oponer una Alemania libre a una Francia esclavizada? Todo lo contrario. Sin dejar de conservar celosamente todos los encantos nativos cle su antiguo sistema, les añadía todas las mañas del Segundo Imperio, su despotismo real y su falso democratismo, sus supercherías políticas y sus trapicheos financieros, sus frases grandilocuentes y sus vulgares malabarismos. Al régimen bonapartista, que hasta ahora sólo había florecido en una orilla del Rin, le salió un émulo al otro lado. Así las cosas, ¿qué podía salir de aquí que no fuera la guerra?
   
Si la clase obrera alemana permite que la guerra actual pierda su carácter estrictamente defensivo y degenere en una guerra contra el pueblo francés, el triunfo o la derrota serán igualmente desastrosos. Todas las miserias que cayeron sobre Alemania después de su guerra de independencia, renacerán con redoblada intensidad.
   
Pero los principios de la Internacional se hallan demasiado difundidos y demasiado firmemente arraigados entre la clase obrera alemana para temer un desenlace tan triste. Las voces de los obreros franceses han encontrado eco en Alemania. Una asamblea obrera de masas celebrada en Brunswick el I6 de julio expresó su absoluta solidaridad con el manifiesto de París, rechazó con desprecio toda idea de antagonismo nacional respecto a Francia y cerró sus resoluciones con estas palabras: "Somos enemigos de todas las guerras, pero sobre todo de las guerras dinásticas. . . Con profunda pena y gran
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dolor, nos vemos obligados a soportar una guerra defensiva como un mal inevitable; pero, al mismo tiempo, apelamos a toda la clase obrera alemana para que haga imposible la repetición de una desgracia social tan inmensa, reivindicando para los pueblos mismos la potestad de decidir sobre la paz y la guerra y haciéndolos dueños de sus propios destinos".
   
En Chemnitz, una asamblea de delegados, que representaban a 50.000 obreros de Sajonia, adoptó por unanimidad la siguiente resolución: "En nombre de la democracia alemana y especialmente de los obreros que forman el Partido Socialdemócrata, declaramos que la actual es una guerra exclusivamente dinástica. . . Nos hallamos felices de estrechar la mano fraternal que nos tienden los obreros de Francia. . . Atentos a la consigna de la Asociación Internacional de los Trabajadores: ¡Proletarios de todos los países, uníos! jamás olvidaremos que los obreros de todos los países son nuestros amigos y los déspotas de todos los países, nuestros enemigos ."[26]
   
La sección berlinesa de la Internacional contestó también al manifiesto de París: "Nos adherimos en cuerpo y alma a vuestra protesta. . . Solemnemente prometemos que ni el toque del clarín ni el retumbar del cañón, ni la victoria ni la derrota, nos desviarán de nuestro trabajo común por la unión de los obreros de todos los países."
   
¡Así sea!
   
Al fondo de esta lucha suicida se alza la figura siniestra de Rusia. Es un mal presagio que la señal para el desencadenamiento de esta guerra se haya dado cuando el gobierno moscovita acababa de terminar sus estratégicas vías ferroviarias y estaba ya concentrando tropas en la dirección de Pruth. Por muchas que sean las simpatías que los alemanes puedan justamente reclamar en una guerra deferlsiva contra
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la agresión bonapartista, las perderán de golpe si permiten que el Gobierno prusiano pida o acepte la ayuda de los cosacos. Que recuerden que, después de su guerra de índependencia contra el primer Napoleón, Alemania yació durante varias generaciones postrada a los pies del zar.
   
La clase obrera inglesa tiende su mano fraternal a los obreros de Francia y de Alemania. Está firmemente convencida de que, cualquiera que sea el giro que tome la horrenda guerra inminente, la alianza de los obreros de todos los países acabará finalmente con las guerras. El simple hecho de que, mientras la Francia y la Alemania oficiales se lanzan a una lucha fratricida, entre los obreros de estos países se crucen mensajes de paz y amistad es un hecho grandioso, sin precedentes en la historia, que abre la perspectiva de un porvenir más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja sociedad, con sus miserias económicas y su delirio politico, está surgiendo una sociedad nueva, cuyo principio de política internacional será la paz, porque su gobernante nacional será el mismo en todas partes: ¡el trabajo! La precursora de esta sociedad nueva es la Asociación Internacional de los Trabajadores.
EL CONSEJO GENERAL
Robert Applegarth
George Milner pág. 26
W. Lintern
Schmutz
Eugène Dupont, por Francia
Benjamin Lucraft, Presidente
Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C.
GENERAL DE LA ASOCIACION
INTERNACIONAL DE LOS
TRABAJADORES SOBRE LA GUERRA
FRANCO-PRUSIANA[17]
A los miembros de la Asociación Internacional
de los Trabajadores en Europa y los
Estados Unidos
   
* Se refiere a Jules Favre. (N. de la Red.)
Martin J. Boon
Fred. Bradnick
Cowell Stepney
John Hales
William Hales
George Harris
Fred. Lessner
Legreulier
Thomas Mottershead
Charles Murray
George Odger
James Parnell
Pfänder
Rühl
Joseph Shepherd
Stoll
Zévy Maurice
W. Townshend
Karl Marx, por Alemania
A. Serraillier, por Bélgica, Holanda y España
Hermann Jung, por Suiza
Giovanni Bora, por Italia
Antoni Zabicki, por Polania
James Cohen, por Dinamarca
J. G. Eccarius, por Estados Unidos de América
John Weston, Tesorero
J. George Eccarius, Secretario General
23 de julio de 1870
|
Escrito por C. Marx entre el 19 y |
El original está en inglés. |
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En nuestro Primer Manifiesto del 23 de julio, decíamos: "En París ya han doblado las campanas por el Segundo Imperio. Acabará como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que fueron los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes permitieron a Luis Bonaparte representar durante dieciocho años la cruel farsa del Imperio Restaurado ".
   
Como se ve, ya antes de que comenzasen las hostilidades, nosotros dábamos por estallada la pompa de jabón bonapartista.
   
Y si nos equivocábamos en cuanto a la vitalidad del Segundo Imperio, tampoco nos faltaba razón al temer que la guerra alemana "perdiese su carácter estrictamente defensivo y degenerase en una guerra contra el pueblo francés". En realidad, la guerra defensiva terminó con la rendición de Luis Bonaparte, la capitulación de Sedán y la proclamación de la
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República en París. Pero mucho antes de estos acontecimientos, en el mismo momento cn que se puso de manifiesto la total podredumbre de las armas bonapartistas, la camarilla militar prusiana optó por la guerra de conquista. Cierto es que en su camino se alzaba un obstáculo desagradable: las propias declaraciones del rey Guillermo al comienzo de la guerra. En su discurso de la corona ante la Dieta de la Alemania del Norte, el rey había declarado solemnemente que la guerra iba contra el emperador de Francia y no contra el pueblo francés. Y el II de agosto dirigió a la nación francesa un manifiesto en el que figuraban estas palabras[*]: "Debido a que el emperador Napoleón ha atacado por tierra y por mar a la nación alemana, que descaba y sigue deseando vivir en paz con el pueblo francés, yo he asumido el mando de los ejércitos alemanes para repeler su agresión y me he visto obligado, por los acontecimientos militares, a cruzar las fronteras de Francia ". No contento con afirmar el carácter defensivo de la guerra, declarando que solamente tomaba el mando de los ejércitos alemanes "para repeler la agresión ", añadía que sólo por los "acontecimientos militares" se había visto "obligado" a cruzar las fronteras de Francia. Y es indudable que una guerra defensiva no excluye la posibilidad de emprender operaciones ofensivas, cuando los "acontecimientos militares" lo imponen.
   
Como se ve, el pío monarca se había comprometido, ante Francia y ante el mundo, a mantener una guerra estrictamente defensiva. ¿Cómo eximirlo de este compromiso solemne? Los directores de escena tenían que presentarlo como acce diendo de mala gana a los mandatos irresistibles de la nación
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alemana. Inmediatamente, dieron la señal a la clase media liberal alemana, con sus profesores, sus capitalistas, y sus concejales y periodistas. Esta clase media que, en sus luchas por la libertad civil, desde 1846 hasta 1870, había dado al mundo un espectáculo nunca visto de indecisión, incapacidad y cobardia, se entusiasmó, naturalmente, ante la idea de pisar la escena de Europa como el león rugiente del patriotismo alemán. Reivindicó su independencia cívica, fingiendo obligar al Gobierno prusiano a aceptar los que eran, en realidad, designios secretos de este mismo gobierno. Y, clamando por la desmembración de la República Francesa, pidió perdón por su larga y casi religiosa fe en la infalibilidad de Luis Bonaparte. Oigamos por un momento los hermosos argumentos de estos patriotas inconmovibles.
   
No se atreven a afirmar que la población de Alsacia y de Lorena suspire por el abrazo alemán. Todo lo contrario. Para castigar su patriotismo francés, Estrasburgo, ciudad dominada por una ciudadela independiente, ha sido bombardeada de un modo bárbaro y sin necesidad, por espacio de seis días, con granadas explosivas "alemanas", que han incendiado la urbe y matado a un gran número de habitantes indefensos. Sí, el suelo de estas provincias perteneció en tiempos remotos al difunto Imperio germano. De aquí que, al parecer, este suelo y los seres humanos que han crecido en él deban ser confiscados, como propiedad imprescriptible de Alemania. Ahora bien, si se trata de rehacer el mapa de Europa con mentalidad de anticuario, no olvidemos en modo alguno que el Elector de Brandenburgo, era, en cuanto a sus dominios prusianos, vasallo de la República Polaca.[28]
   
Pero los patriotas más astutos reclaman Alsacia y la parte de Lorena que habla alemán, como una "garantía material" contra la agresión francesa. Como este vil pretexto ha hecho
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perdet la cabeza a mucha gente de poco seso, nos creemos obligados a examinarlo un poco más a fondo.
   
No cabe duda que la configuración general de Alsacia en comparación con la orilla opuesta del Rin, y la existencia de una gran ciudad fortificada como Estrasburgo casi a mitad de camino entre Basilea y Germersheim, favorece mucho una invasión de la Alemania del Sur por los franceses, oponiendo en cambio especiales dificultades a la invasión de Francia desde el Sur de Alemania. Tampoco es dudoso que la anexión de Alsacia y de la Lorena de habla alemana daría a la Alemania del Sur una frontera mucho más fuerte, puesto que pondría en sus manos la cresta de las montañas de los Vosgos en toda su longitud y los fuertes que cubren sus pasos septentrionales. Y si Metz también fuese anexada, Francia quedaría privada indudablemente, por el momento, de sus dos principales bases de operaciones contra Alemania; pero esto no le impediría construir otra nueva en Nancy o en Verdún. Teniendo a Coblenza, Maguncia, Germersheim, Rastadt y Ulm, bases todas de operaciones contra Francia, de las que además ha hecho pleno uso en esta guerra, ¿con qué sombra de justicia puede Alemania envidiar a Francia Estrasburgo y Metz, las dos únicas fortalezas de cierta importancia que posee por este lado? Además, Estrasburgo sólo es un peligro para la Alemania del Sur mientras ésta sea un poder separado de la Alemania del Norte. De 1792 a 1795, el Sur de Alemania no se vio nunca invadido por este lado, porque Prusia participaba en la guerra contra la Revolución Francesa; pero tan pronto como, en 1795, Prusia firmó una paz separada,[29] dejando que el Sur se las arreglase como pudiera, comenza ron, prolongándose hasta 1809, las invasiones al Sur de Alemania, con Estrasburgo como base. Es indudable que una Alemania unificada podrá siempre neutralizar el peligro de
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Estrasburgo y de cualquier ejército francés en Alsacia concentrando todas sus tropas -- como se hizo en esta guerra -- entre Saarlouis y Landau, y avanzando o aceptando la batalla en la línea del camino que va de Maguncia a Metz. Con el núcleo principal de las tropas alemanas estacionado allí, cualquier ejército francés que avance de Estrasburgo hacia el Sur de Alemania se verá flanqueado y en peligro de encontrarse con las comunicaciones cortadas. Si la campaña actual ha demostrado algo, es precisamente la facilidad de invadir a Francia desde Alemania.
   
Pero, hablando honradamente, ¿no es un completo absurdo y un anacronismo tomar las razones militares como el principio que debe presidir el trazado de las fronteras entre las naciones? Si esta norma prevaleciese, Austria tendría aún derecho a pedir Venecia y la línea del Mincio, y Francia podría reclamar la línea del Rin para proteger a París, que indudablemente está más expuesto a ser atacado desde el Nordeste que Berlín desde el Sudoeste. Si las fronteras van a trazarse en consonancia con los intereses militares, las reclamaciones no acabarán nunca, pues toda línea militar es por fuerza defectuosa y susceptible de mejorarse con la anexión de nuevos territorios vecinos; además, estas líneas nunca puedcn trazar se de un modo definitivo y justo, pues son siempre una imposición del vencedor sobre el vencido, y por consiguiente llevan en su seno el germen de nuevas guerras.
   
Esa es la lección de toda la historia. Ocurre con las naciones lo mismo que con los individuos. Para privarlos del poder de atacar, hay que quitarles también los medios de defenderse. No basta agarrarlos por el cuello; hay que asesinar. Si alguna vez hubo un conquistador que tomase "garantías materiales" para quebrar las fuerzas de una nación, ése fue Napoleón I con el Tratado de Tilsit[30] y con su modo de
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aplicarlo contra Prusia y el resto de Alemania. Y sin embargo, pocos años después, su gigantesco poder se venía al suelo como una caña podrida ante el pueblo alemán. ¿Qué significan las "garantías materiales" que Prusia, en sus sueños más fantásticos, pueda o se atreva a imponer a Francia, comparadas con las que a aquélla le arrancó Napoleón I? El resultado no será menos desastroso. Y la historia no medirá su castigo por el número de millas cuadradas arrebatadas a Francia, sino por la magnitud del crimen que supone resucitar en la segunda mitad del siglo XIX la política de conquista.
   
Pero, no se debe confundir a los alemanes con los franceses, dicen los portavoces del patriotismo teutónico. Lo que nosotros queremos no es gloria, sino seguridad. Los alemanes son un pueblo esencialmente pacífico. Bajo su prudente tutela, hasta las mismas conquistas dejan de ser un factor de guerras futuras para convertirse en una prenda de perpetua paz. Indudablemente, no fueron los alemanes los que invadieron a Francia en 1792, con el sublime objetivo de acabar a bayonetazos con la Revolución del siglo XVIII. No fueron los alemanes los que mancharon sus manos con la esclavización de Italia, la opresión de Hungría y la desmembración de Polonia. Su actual sistema militar, que divide a toda la población masculina adulta en dos partes: un ejército permanente activo y otro ejército permanente en reserva, ambos sujetos por igual a obediencia pasiva a quienes son sus gobernantes por derecho divino; semejante sistema militar es evidentemente, una "garantía material" para la salvaguardia de la paz, y es, además, la meta suprema de la civilización. En Alemania, como en todas partes, los aduladores de los poderosos de turno envenenan a la opinión pública con el incienso de alabanzas jactanciosas y mendaces.
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Estos patriotas alemanes, que fingen indignarse a la vista de las fortificaciones francesas en Metz y Estrasburgo, no ven ningún mal en la vasta red de fortificaciones moscovitas en Varsovia, Modlin e Ivángorod. Tiemblan ante los horrores de una invasión bonapartista, pero cierran los ojos ante la ignominia de una tutela de la autocracia zarista.
   
Y así como en 1865 hubo un cambio de promesas entre Luis Bonaparte y Bismarck, en 1870 hubo otro cambio de promesas entre Bismarck y Gorchakov.[31] Igual que Luis Bonaparte se ilusionaba pensando que la guerra de 1866, al producir el mutuo agotamiento de Austria y Prusia, le convertiría en el árbitro supremo de Alemania, Alejandro se ilusionaba también pensando que la guerra de 1870, al producir el agotamiento mutuo de Alemania y de Francia, lo erigiría en árbitro supremo del continente occidental. Y así como el Segundo Imperio consideraba que la Confederación de la Alemania del Norte era incompatible con su existencia, la Rusia autocrática tiene por fuerza que creerse amenazada por un imperio alemán bajo la hegemonía de Prusia. Tal es la ley del viejo sistema político. Dentro de este sistema, lo que pa ra un Estado es una ganancia representa para otro una pérdida. La preponderante influencia del zar en Europa tiene sus raíces en su tradicional ascendiente sobre Alemania. Y en un momento en que, dentro de la propia Rusia, fuerzas sociales volcánicas amenazan con sacudir los fundamentos mismos de la autocracia, ¿va el zar a permitir que se merme de ese modo su prestigio en el extranjero? Ya la prensa de Moscú se expresa en el mismo lenguaje que empleaban los periódicos bonapartistas después de la guerra de 1866. ¿Acaso los patriotas teutones creen realmente que el mejor modo de
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garantizar la libertad y la paz[*] en Alemania es obligando a Francia a echarse en brazos de Rusia? Si la fortuna de las armas, la arrogancia procedente de los éxitos y las intrigas dinásticas llevan a Alemania a una anexión de territorio francés, ante ella sólo se abrirán dos caminos: o convertirse a toda costa en un instrumento manifiesto del engrandecimiento de Rusia,** o bien, tras una breve tregua, prepararse para otra guerra "defensiva", y no una de esas guerras "localiza das" de nuevo estilo, sino una guerra de razas, una guerra contra las razas eslavas y latinas coligadas.***
   
La clase obrera alemana ha apoyado enérgicamente la guerra que no estaba en su mano impedir, como una guerra por la independencia de Alemania y por librar a Francia y a Europa de la horrible pesadilla del Segundo Imperio. Fueron los obreros industriales alemanes los que, junto con los obreros agrícolas, dieron nervio y músculo a las heroicas huestes, dejando en la retaguardia a sus familias medio muertas de hambre. Diezmados por las batallas en el extranjero, volverán a verse diezmados por la miseria en sus hogares.**** Ellos
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a su vez reclaman ahora "garantías", garantías de que sus inmensos sacrificios no han sido hechos en vano, de que han conquistado la libertad, de que su victoria sobre los ejércitos imperiales no se convertirá, como en 1815, en la derrota del pueblo alemán;[32] y, como la primera de estas garantías, reclaman una paz honrosa para Francia y el reconocimiento de la República Francesa.
   
El Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania publicó el 5 de septiembre un manifiesto insistiendo enérgicamente sobre estas garantías. "Protestamos -- dicen -- contra la anexión de Alsacia y Lorena. Y somos conscientes de que hablamos en nombre de la clase obrera de Alemania. En interés común de Francia y Alemania, en interés de la paz y de la libertad, en interés de la civilización occidental frente a la barbarie oriental, los obreros alemanes no tolerarán pacientemente la anexión de Alsacia y Lorena. . . ¡Apoyaremos fielmente a nuestros camaradas obreros de todos los países en la causa común internacional del proletariado!"[33]
   
Desgraciadamente, no podemos confiar en que tengan un éxito inmediato. Si en tiempo de paz los obreros franceses no pudieron detener el brazo del agresor, ¿cómo van los obreros alemanes a detener el brazo del vencedor en medio del estrépito de las armas? El manifiesto de los obreros alemanes reclama la extradición de Luis Bonaparte a la República Francesa como un delincuente común. Pero sus gobernantes están ya haciendo cuanto pueden para volverlo a colocar en las Tullerías, como el hombre más indicado para hundir a Francia. Pase lo que pase, la historia nos enseñará que la clase obrera alemana no está hecha de la misma pasta maleable que la burguesía de este país. Los obreros alemanes cumplirán con su deber.
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Como ellos, celebramos el advenimiento de la República en Francia, pero al mismo tiempo, nos atormentan dudas que esperamos sean infundadas. Esta República no ha derribado el trono, sino que ha venido simplemente a ocupar su vacante[*]. Ha sido proclamada, no como una conquista social, sino como una medida de defensa nacional. Se halla en manos de un gobierno provisional compuesto en parte por notorios orleanistas y en parte por republicanos burgueses, en algunos de los cuales dejó su estigma indeleble la Insurrección de Junio de 1848[34]. El reparto de funciones entre los miembros de este gobierno no augura nada bueno. Los orleanistas se han adueñado de los baluartes del ejército y la policía, dejando a los que se proclaman republicanos los departamentos puramente retóricos. Algunos de sus primeros actos de gobierno demuestran claramente que no sólo han heredado del Imperio un montón de ruinas, sino también su miedo a la clase obrera. Y si hoy, en nombre de la República y con fraseología desenfrenada se prometen cosas imposibles, ¿no será acaso para preparar el clamor que exija un gobierno "posible"? ¿No estará la República destinada, en la mente de algunos de sus empresarios burgueses, a servir de trampolín y de puente para una restauración orleanista?
   
Como vemos, la clase obrera de Francia tiene que hacer frente a condiciones dificilísimas. Cualquier intento de derribar el nuevo gobierno en el trance actual, cuando el enemigo está llamando casi a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir con su deber de ciudadanos**; pero, al mismo tiempo, no deben
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dejarse llevar por los recuerdos nacionales de 1792, como los campesinos franceses se dejaron engañar por los recuerdos nacionales del Primer Imperio. Ellos no deben repetir el pasado, sino construir el futuro. Que aprovechen serena y resueltamente las oportunidades que les brinda la libertad republicana para trabajar en la organización de su propia clase. Esto les infundirá nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia y para nuestra tarea común: la emancipación del trabajo. De su energía y de su prudencia depende la suerte de la República.
   
Los obreros ingleses han dado ya pasos encaminados a vencer, mediante una saludable presión desde fuera, la repugnancia de su gobierno a reconocer a la República Francesa.[35] Con su actual táctica dilatoria, el Gobierno inglés pretende, probablemente, expiar el pecado de la guerra antijacobina y la precipitación indecorosa con que sancionó el coup d'Etat [36]. Los obreros ingleses exigen además de su gobierno que se oponga con todas sus fuerzas a la desmembración de Francia, que una parte de la prensa inglesa es lo suficientemente desvergonzada para pedir a gritos*. Es la misma prensa que durante veinte años estuvo endiosando a Luis Bonaparte como la providencia de Europa y que aplaudía frenéticamente la rebelión de los esclavistas estadounidenses[37]. Ahora, como entonces, trabaja sin descanso para los esclavistas.
   
Que las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores de cada país exhorten a la clase obrera a la acción. Si los obreros olvidan su deber, si permanecen pasivos, la horrible guerra actual no será más que la precursora de
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nuevas luchas internacionales todavía más espantosas y conducirá en cada país a nuevas derrotas de los obreros por los señores de la espada, de la tierra y del capital.
EL CONSEJO GENERAL
Robert Applegarth
Martin J. Boon
Eugène Dupont, por Francia pág. 39
William Townshend, Presidente
Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C.
GENERAL DE LA ASOCIACION
INTERNACIONAL DE LOS
TRABAJADORES SOBRE LA GUERRA
FRANCO-PRUSIANA[27]
A los miembros de la Asociación Internacional de
los Trabajadores en Europa y los Estados Unidos
   
* En la edición alemana de 1870, Marx suprimió esta frase y la cita siguiente. Las primeras frases del párrafo siguiente apareccn rcsumidas. (N. de la Red.)
   
* En la edición alemana de 1870, en vez de "la libertad y la paz", aparece "la independencia, la libertad y la paz". (N. de la Red.)
   
** En la edición alemana de 1870 se ha agregado una frase que dice: "lo cual corresponde a la tradición de la dinastía Hohenzollern." (N. de la Red.)
   
*** En la edición alemana de 1870, se agrega una frase que dice: "Esta es la perspectiva de la paz que los patriotas pusilánimes de la clase media garantizan para Alemania." (N. de la Red.)
   
**** En la edición alemana de 1870, fueron agregadas las siguientes palabras: "Y los energúmenos patriotas los consolarán, diciendo que el capital no tiene patria y que los salarios son regulados a través de la antipatriótica ley internacionalista de la oferta y la demanda. ¿No ha llegado, pues, la hora para la clase trabajadora alemana de expresarse y no permitir más a los caballeros de la clase media hablar en su nombres " (N. de la Red.)
   
* En la edición alemana de 1870, sigue la frase "que fue limpiada por las bayonetas alemanas." (N. de la Red.)
   
** En la edición alemana de 1870, luego de "ciudadanos" se agregaron las siguientes palabras: "y eso es lo que ellos están haciendo." (N. de la Red.)
   
* En la edición alemana de 1870, las palabras "que una parte de la prensa inglesa es lo suficientemente desvergonzada para pedir a gritos" son reemplazadas por "por la cual, naturalmente, la prensa inglesa aboga tan ruidosamente como los parriotas alemanes". (N. de la Red.)
Fred. Bradnick
John Hales
George Harris
Lopatin
George Milner
Charles Murray
James Pamell
Rühl
Cowell Stepney
Schmutz
Caihil
Williiam Hales
Fred. Lessner
B. Lucraft
Thomas Mottershead
George Odger
Pfänder
Joseph Shepherd
Stoll
Karl Marx, por Alemania y Rusia
A. Serraillier, por Bélgica, Holanda y España
Hermann Jung, por Suiza
Giovanni Bora, por Italia
Zévy Maurice, por Hungría
Antoni Zabicki, por Polania
James Cohen, por Dinamarca
J. G. Eccarius, por Estados Unidos de América
John Weston, Tesorero
J. George Eccarius, Secretario General
9 de septiembre de 1870
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Escrito por C. Marx entre el 6 |
El original está en inglés. |
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Manifiesto del Consejo General de la
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Escrito por C. Marx en abril- |
El orginal está en inglés. |
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El 4 de septiembre de l870, cuando los obreros de París proclamaron la República, casi instantáneamente aclamada de un extremo a otro de Francia sin una sola voz disidente, una cuadrilla de abogados arribistas, con Thiers como estadista y Trochu como general, se posesionaron del Hôtel de Ville. Por aquel entonces estaban imbuidos de una fe tan fanática en la misión de París para representar a Francia en todas las épocas de crisis históricas que, para legitimar sus títulos usurpados de gobernantes de Francia, consideraron suficiente exhibir sus credenciales vencidas de diputados por París. En nuestro segundo manifiesto sobre la pasada guerra, cinco días después del encumbramiento de estos hombres, os dijimos ya quiénes eran*. Sin embargo, en la confusión provocada por la sorpresa, con los verdaderos jefes de la clase obrera encerrados todavía en las prisiones bonapartistas y los prusianos avanzando a toda marcha sobre París, la capital toleró que asumieran el Poder bajo la expresa condición de que su solo objetivo sería la defensa nacional. Ahora bien, París no podía ser defendido sin armar a su clase obrera, organizándola
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como una fuerza efectiva y adiestrando a sus hombres en la guerra misma. Pero París en armas era la revolución en armas. El triunfo de París sobre el agresor prusiano habría sido el triunfo del obrero francés sobre el capitaíista francés y sus parásitos dentro del Estado. En este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el Gobierno de Defensa Nacional no vaciló un instante en convertirse en un gobierno de traición nacional.
   
Su primer paso consistió en enviar a Thiers a deambular por todas las Cortes de Europa para implorar su mediación, ofreciendo el trueque de la República por un rey. A los cuatros meses de comenzar el asedio de la capital, cuando se creyó llegado el momento oportuno para empezar a hablar de capitulación, Trochu, en presencia de Jules Favre y de otros colegas de ministerio, habló en los siguientes términos a los alcaldes de París reunidos:
   
"La primera cuestión que mis colegas me plantearon, la misma noche del 4 de septiembre, fue ésta: ¿Puede París resistir con alguna probabilidad de éxito un asedio de las tropas prusianas? No vacilé en contestar negativamente. Algunos de mis colegas, aquí presentes, ratificarán la verdad de mis palabras y la persistencia de mi opinión. Les dije -- en estos mismos términos -- que, con el actual estado de cosas, el intento de París de afrontar un asedio del ejército prusiano, sería una locura. Una locura heroica -- añadía --, sin duda alguna; pero nada más. . . Los hechos (dirigidos por él mismo) no han dado un mentís a misprevisiones".
   
Este precioso y breve discurso de Trochu fue publicado más tarde por M. Corbon, uno de los alcaldes allí presentes.
   
Así, pues, la misma noche en que fue proclamada la República, los colegas de Trochu sabían ya que su "plan" era la capitulación de París. Si la defensa nacional hubiera sido
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algo más que un pretexto para el gobierno personal de Thiers, Favre y Cía.,los advenedizos del 4 de septiembre habrían abdicado el 5, habrían puesto al corriente al pueblo de París sobre el "plan" de Trochu y le habrían invitado a rendirse sin más o a tomar su destino en sus propias manos. En vez de hacerlo así, esos infames impostores optaron por curar la locura heroica de París con un tratamiento de hambre y de cabezas rotas, y por engañarle mientras tanto con manifiestos grandilocuentes, en los que se decía, por ejemplo, que Trochu, "el gobernador de París, jamás capitulará" y que Jules Favre, ministro de Asuntos Exteriores, "no cederá ni una pulgada de nuestro territorio ni una piedra de nuestras fortalezas". En una carta a Gambetta, este mismo Jules Favre confesó que contra lo que ellos se "defendían" no era contra los soldados prusianos, sino contra los obreros de París. Durante todo el sitio, los matones bonapartistas a quienes Trochu, muy previsoramente, había confiado el mando del ejército de París, no cesaban de hacer chistes desvergonzados, en sus cartas íntimas, sobre la bien conocida burla de la defensa (véase, por ejemplo, la correspondencia de Alphonse Simon Guiod, Comandante en Jefe de la artillería del ejército de París y Gran Cruz de la Legión de Honor, con Suzanne, general de división de artillería, correspondencia publicada en el Journal Officiel de la Comuna)[39]. Por fin, el 28 de enero de 1871,[40] los impostores se quitaron la careta. Con el verdadero heroísmo de la máxima abyección, el Gobierno de Defensa Nacional, al capitular, se convirtió en el Gobierno de Francia integrado por prisioneros de Bismarck, papel tan bajo, que el propio Luis Bonaparte, en Sedán, se arredró ante él. Después de los acontecimientos del 18 de marzo, en su precipitada huída a Versalles, los capitulards [capituladores][41] dejaron en las manos de París las pruebas documentales de
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su traición, para destruir las cuales, como dice la Comuna en su Proclama a las provincias, "esos hombres no vacilarían en convertir a París en un montón de escombros bañado por un mar de sangre".[42]
   
Además, algunos de los dirigentes del Gobierno de Defensa tenían razones personales especialísimas para buscar ardientemente este desenlace.
   
Poco tiempo después de sellado el armisticio, M. Milliere, uno de los diputados por París a la Asamblea Nacional, fusilado más tarde por orden expresa de Jules Favre, publicó una serie de documentos judiciales auténticos demostrando que Favre, que vivía en concubinato con la mujer de un borracho residente en Argel, había logrado, por medio de las más descaradas falsificaciones cometidas a lo largo de muchos años, atrapar en nombre de los hijos de su adulterio una cuantiosa herencia, con la que se hizo rico; y que en un pleito entablado por los legítimos herederos, sólo pudo conseguir salvarse del escándalo gracias a la connivencia de los tribunales bonapartistas. Como estos escuetos documentos judiciales no podían descartarse fácilmente, por mucha energía retórica que se desplegara, Jules Favre, por primera vez en su vida, contuvo la lengua, y aguardó en silencio a que estallase la guerra civil, para entonces denunciar frenéticamente al pueblo de París como a una banda de criminales evadidos y amotinados abiertamente contra la familia, la religión, el orden y la propiedad. Y este mismo falsario, inmediatamente después del 4 de septiembre, apenas llegado al Poder, puso en libertad, por simpatía, a Pic y Taillefer, condenados por estafa bajo el propio Imperio, en el escandaloso asunto del periódico Etendard [43]. Uno de estos caballeros, Taillefer, que tuvo la osadía de volver a París durante la Comuna, fue reintegrado inmediata-
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mente a la prisión. Y entonces Jules Favre, desde la tribuna de la Asamblea Nacional, exclamó que París estaba poniendo en libertad a todos los presidiarios.
   
Ernesto Picard, el Joe Miller[*] del Gobierno de Defensa Nacional, que se nombró a sí mismo ministro de Hacienda de la República después de haberse esforzado en vano por ser ministro del Interior del Imperio, es hermano de un tal Arturo Picard, individuo expulsado de la Bourse [Bolsa] de París por tramposo (véase el informe de la Prefectura de Policía del 31 de julio de 1867) y convicto y confeso de un robo de 300.000 francos, cometido cuando era gerente de una de las sucursales de la Société Générale [44], rue Palestro número 5 (véase el informe de la Prefectura de Policía del 11 de diciembre de 1868). Este Arturo Picard fue nombrado por Ernesto Picard redactor jefe de su periódico l'Electeur libre [45]. Mientras los especuladores vulgares eran despistados por las mentiras oficiales de esta hoja financiera ministerial, Arturo Picard andaba en un constante ir y venir del Ministerio de Hacienda a la Bourse, para negociar en ésta con los desastres del ejército francés. Toda la correspondencia financiera cruzada entre este par de nunca bien ponderados hermanitos cayó en manos de la Comuna.
   
Jules Ferry, quien antes del 4 de septiembre era un abogado sin pleitos, consiguió, como alcalde de París durante el sitio, hacer una fortuna amasada a costa del hambre colectiva. El día en que tenga que dar cuenta de sus malversa ciones, será también el día de su sentencia.
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Como se ve, estos hombres sólo podían encontrar tickets of-leave [*] entre las ruinas de París. Hombres así eran precisamente los que Bismarck necesitaba. Hubo un barajar de naipes y Thiers, hasta entonces inspirador secreto del gobierno, apareció ahora como su presidente, teniendo por ministros a ticket-of-leave men.
   
Thiers, ese enano monstruoso, tuvo fascinada durante casi medio siglo a la burguesía francesa por ser él la expresión intelectual más acabada de su propia corrupción como clase. Ya antes de hacerse estadista había revelado su talento para la mentira como historiador. La crónica de su vida pública es la historia de las desdichas de Francia. Unido a los republicanos hasta 1830, cazó una cartera bajo Luis Felipe, traicionando a Laffitte, su protector. Se congració con el rey a fuerza de atizar motines del populacho contra el clero -- durante los cuales fueron saqueados la iglesia de Saint Germain l'Auxerrois y el palacio del arzobispo -- y actuando de espía ministerial y luego de partero carcelario de la duquesa de Berry[46]. La matanza de republicanos en la rue Transnonain y las leyes infames de septiembre contra la prensa y el derecho de asociación que la siguieron, fueron obra suya.[47] Al reaparecer como jefe del Gobierno en marzo de 1840, asombró a Francia con su plan de fortificar a París.[48] A los republicanos, que denunciaron este plan como un complot siniestro contra la libertad de París, les replicó desde la tribuna de la Cámara de Diputados:
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"¡Cómo! ¿Suponéis que puede haber fortificaciones que sean una amenaza contra la libertad? En primer lugar, es calumniar a cualquier gobierno, sea el que fuere, creyendo que puede tratar algún día de mantenerse en el Poder bombardeando la capital. . . Semejante gobierno sería cien veces más imposible después que antes de su victoria". En realidad, ningún gobierno se habría atrevido a bombardear París desde los fuertes más que el gobierno que antes había entregado estos mismos fuertes a los prusianos.
   
Cuando el rey Bomba,[49] en enero de 1848, probó sus fuerzas contra Palermo, Thiers, que entonces llevaba largo tiempo sin cartera, volvió a levantarse en la Cámara de Diputados: "Todos vosotros sabéis, señores diputados, lo que está pasando en Palermo. Todos vosotros os estremecéis de horror (en el sentido parlamentario de la palabra) al oir que una gran ciudad ha sido bombardeada durante cuarenta y ocho horas. ¿Y por quién? ¿Acaso por un enemigo exterior que pone en práctica los derechos de la guerra? No, señores diputados, por su propio gobierno. ¿Y por qué? Porque esta ciudad infortunada exigía sus derechos. Y por exigir sus derechos, ha sufrido cuarenta y ocho horas de bombardeo. . . Permitidme apelar a la opinión pública de Europa. Levantarse aquí y hacer resonar, desde la que tal vez es la tribuna más alta de Europa, algunas palabras (sí, cierto, palabras) de indignación contra actos tales, es prestar un servicio a la humanidad. . . Cuando el regente Espartero, que había prestado servicios a su país (lo que nunca hizo el señor Thiers), intentó bombardear Barcelona para sofocar su insurrección, de todas partes del mundo se levantó un clamor general de indignación".
   
Dieciocho meses más tarde, el señor Thiers se contaba entre los más furibundos defensores del bombardeo de Roma por un ejército francés.[50] La falta del rey Bomba debió con-
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sistir, por lo visto, en no haber hecho durar el bombardeo más que cuarenta y ocho horas.
   
Pocos días antes de la Revolución de Febrero, irritado por el largo destierro de cargos y pitanza a que le había condenado Guizot, y venteando la inminencia de una conmoción popular, Thiers, en aquel estilo pseudoheroico que le ha valido el apodo de Mirabeau-mouche (Mirabeau-mosca), declaraba ante el parlamento: "Pertenezco al partido de la revolución, no sólo en Francia, sino en Europa. Yo desearía que el Gobierno de la revolución permaneciese en las manos de hombres moderados. . . , pero aunque el Gobierno caiga en manos de espíritus exaltados, incluso en las de los radicales, no por ello abandonaré mi causa. Perteneceré siempre al partido de la revolución". Vino la Revolución de Febrero. Pero, en vez de desplazar al ministerio Guizot para poner en su lugar un ministerio Thiers, como este hombrecillo había soñado, la revolución sustituyó a Luis Felipe con la República. En el primer día del triunfo popular se mantuvo cuidadosamente oculto, sin darse cuenta de que el desprecio de los obreros le resguardaba de su odio. Sin embargo, con su proverbial valor, permaneció alejado de la escena pública, hasta que las matanzas de Junio[51] le dejaron el camino expedito para su peculiar actuación. Entonces, Thiers se convirtió en la mente inspiradora del Partido del Orden[52] y de su República Parlamentaria, ese interregno anónimo en que todas las fracciones rivales de la clase dominante conspiraban juntas para aplastar al pueblo, y también conspiraban las unas contra las otras en el empeño de restaurar cada cual su propia monarquía. Entonces, como ahora, Thiers denunció a los republicanos como el único obstáculo para la consolidación de la República; entonces, como ahora, habló a la República como el verdugo a Don Carlos: "Tengo que asesinarte, pero
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es por tu bien". Ahora, como entonces, tendrá que exclamar al día siguiente de su triunfo: L'Empire est fait -- el Imperio está hecho. Pese a sus prédicas hipócritas sobre las libertades necesarias y a su rencor personal contra Luis Bonaparte, que se había servido de él como instrumento, y había dado una patada al parlamentarismo (fuera de cuya atmósfera artificial nuestro hombrecillo queda, como él sabe muy bien, reducido a la nada), encontramos su mano en todas las infamias del Segundo Imperio: desde la ocupación de Roma por las tropas francesas hasta la guerra con Prusia, que él atizó arremetiendo ferozmente contra la unidad alemana, no por considerarla como un disfraz del despotismo prusiano, sino como una usurpación contra el derecho arrogado por Francia de mantener desunida a Alemania. Aficionado a blandir a la faz de Europa, con sus brazos enanos, la espada de Napoleón I, del que era un limpiabotas histórico, su política exterior culminó siempre en las mayores humillaciones de Francia, desde el Tratado de Londres de 1840[53] hasta la capitulación de París en 1871 y la actual guerra civil, en la que lanza contra París, con permiso especial de Bismarck, a los prisioneros de Sedán y Metz[54]. A pesar de la versatilidad de su talento y de la variabilidad de sus propósitos, este hombre ha estado toda su vida encadenado a la rutina más fósil. Se comprende que las corrientes subterráneas más profundas de la sociedad moderna permanecieran siempre ocultas para él; pero hasta los cambios más palpables operados en su superficie repugnaban a aquel cerebro, cuya energía había ido a concentrarse toda en la lengua. Por eso, no se cansó nunca de denunciar como un sacrilegio toda desviación del viejo sistema proteccionista francés. Siendo ministro de Luis Felipe, se mofaba de los ferrocarriles como de una loca quimera; y desde la oposición, bajo Luis Bonaparte, estigmatizaba
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como una profanación todo intento de reformar el podrido sistema militar de Francia. Jamás en su larga carrera política, se le halló responsable de una sola medida de carácter práctico por más insignificante que fuera. Thiers sólo era consecuente en su codicia de riqueza y en su odio contra los hombres que la producen. Cogió su primera cartera, bajo Luis Felipe, pobre como una rata y cuando la dejó era millonario. Su último ministerio, bajo el mismo rey (el 1 de marzo de 1840), le acarreó en la Cámara de Diputados una acusación pública de malversación a la que se limitó a replicar con lágrimas, mercancía que maneja con tanta prodigalidad como Jules Favre u otro cocodrilo cualquiera. En Burdeos[*], su primera medida para salvar a Francia de la catástrofe financiera que la amenazaba fue asignarse a sí mismo un sueldo de tres millones al año, primera y última palabra de aquella "república ahorrativa", cuyas perspectivas había pintado a sus electores de París en 1869. El señor Beslay, uno de sus antiguos colegas de la Cámara de Diputados de 1830, que, a pesar de ser un capitalista, fue un miembro abnegado de la Comuna de París, se dirigió últimamente a Thiers en un cartel mural: "La esclavización del trabajo por el capital ha sido siempre la piedra angular de su política y, desde el día en que vio la República del Trabajo instalada en el Hôtel de Ville, usted no ha cesado un momento de gritar a Francia: '¡Esos son unos criminales!'" Maestro en pequeñas granujadas gubernamentales, virtuoso del perjurio y de la traición, ducho en todas esas mezquinas estratagemas, maniobras arteras y bajas perfidias de la guerra parlamentaria de partidos; siempre sin escrúpulos para atizar una revolución cuando no está en el Poder y para ahogarla en sangre cuando empuña el ti-
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món del Gobierno; lleno de prejuicios de clase en lugar de ideas y de vanidad en lugar de corazón; con una vida privada tan infame como odiosa es su vida pública, incluso hoy, en que representa el papel de un Sila francés, no puede por menos de subrayar lo abominable de sus actos con lo ridiculo de su jactancia.
   
La capitulación de París, que se hizo entregando a Prusia no sólo París sino toda Francia, vino a cerrar la larga cadena de intrigas traidoras con el enemigo que los usurpadores del 4 de septiembre habían empezado aquel mismo día, según dice el propio Trochu. De otra parte, esta capitulación inició la guerra civil, que ahora tenían que librar con la ayuda de Prusia, contra la República y contra París. Ya en los mismos términos de la capitulación estaba contenida la encerrona. En aquel momento, más de una tercera parte del territorio estaba en manos del enemigo; la capital se hallaba aislada de las provincias y todas las comunicaciones estaban desorganizadas. En estas circunstancias era imposible elegir una representación auténtica de Francia, a menos que se dispusiera de mucho tiempo para preparar las elecciones. He aqui por qué el pacto de capitulación estipulaba que habría de elegirse una Asamblea Nacional en el término de 8 días; así fue como la noticia de las elecciones que iban a celebrarse no llegó a muchos sitios de Francia hasta la vispera de éstas. Además, según una cláusula expresa del pacto de capitulación, esta Asamblea había de elegirse con el único objeto de votar la paz o la guerra, y para concluir en caso de necesidad un tratado de paz. La población no podía dejar de sentir que los términos del armisticio hacían imposible la continúación de la guerra y de que, para sancionar la paz impuesta por Bismarck, los peores hombres de Francia eran los mejores. Pero, no contento con estas precauciones, Thiers, ya antes de
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que el secreto del armisticio fuera comunicado a los parisinos, se puso en camino para una gira electoral por las provincias, con el objeto de galvanizar y resucitar el Partido Legitimista[55], que ahora, unido a los orleanistas, habría de ocupar la vacante de los bonapartistas, inaceptables por el momento. Thiers no tenía miedo a los legitimistas. Imposibilitados para gobernar a la moderna Francia y, por tanto, desdeñables como rivales, ¿qué partido podía servir mejor como instrumento de la contrarrevolución que aquel partido cuya actuación, para decirlo con palabras del mismo Thiers (Cámara de Diputados, 5 de enero de 1833), "había estado siempre circunscrita a los tres recursos de invasión extranjera, guerra civil y anarquía"? Ellos, por su parte, creían firmemente en el advenimiento de su reino milenario retrospectivo, por tanto tiempo anhelado. Ahí estaban las botas de la invasión extranjera pisoteando a Francia; ahí estaban un Imperio caído y un Bonaparte prisionero; y ahí estaban los legitimistas otra vez. Evidentemente, la rueda de la historia había marchado hacia atrás, hasta detenerse en la Chambre introuvable de 1816[56]. En las asambleas de la República de 1848 a 1851, estos elementos habían estado representados por sus cultos y expertos campeones parlamentarios; ahora irrumpían en escena los soldados de filas del partido, todos los Pourceaugnacs[57] de Francia.
   
En cuanto esta Asamblea de los "rurales"[58] se congregó en Burdeos, Thiers expuso con claridad a sus componentes, que había que aprobar inmediatamente los preliminares de paz, sin concederles siquiera los honores de un debate parlamentario, única condición bajo la cual Prusia les permitiría iniciar la guerra contra la República y contra París, su baluarte. En realidad, la contrarrevolución no tenía tiempo que perder. El Segundo Imperio había elevado a más del doble la deuda
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nacional y había sumido a todas las ciudades importantes en deudas municipales gravosísimas. La guerra había aumentado espantosamente las cargas de la nación y había devastado en forma implacable sus recursos. Y para completar la ruina, allí estaba el Shylock prusiano, con su factura por el sustento de medio millón de soldados suyos en suelo francés y con su indemnización de cinco mil millones, más el 5 por ciento de interés por los pagos aplazados.[59] ¿Quién iba a pagar esta cuenta? Sólo derribando violentamente la República podían los monopolizadores de la riqueza confiar en echar sobre los hombros de los productores de la misma, las costas de una guerra que ellos, los monopolizadores, habían desencadenado. Y así, la incalculable ruina de Francia estimulaba a estos patrióticos representantes de la tierra y del capital a empalmar, ante los mismos ojos del invasor y bajo su alta tutela, la guerra exterior con una guerra civil, con una rebelión de los esclavistas.
   
En el camino de esta conspiración se alzaba un gran obstáculo: París. El desarme de París era la primera condición para el éxito. Por eso, Thiers, le conminó a que entregase las armas. París estaba, además, exasperado por las frenéticas manifestaciones antirrepublicanas de la Asamblea "rural" y por las declaraciones equívocas del propio Thiers sobre el status legal de la República; por la amenaza de decapitar y descapitalizar a París; por el nombramiento de embajadores orleanistas; por las leyes de Dufaure sobre los pagarés y alquileres vencidos, que suponían la ruina para el comercio y la industria de París;[60] por el impuesto de dos céntimos creado por Pouyer-Quertier sobre cada ejemplar de todas las publicaciones imaginables; por las sentencias de muerte contra Blanqui y Flourens; por la clausura de los periódicos republicanos; por el traslado de la Asamblea Nacional a Versa-
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lles; por la prórroga del estado de sitio proclamado por Palikao[61] y levantado el 4 de septiembre; por el nombramiento de Vinoy, el décembriseur [decembrista],[62] como gobernador de París, de Valentin, el gendarme bonapartista, como prefecto de policía y de d'Aurelle de Paladines, el general jesuíta, como Comandante en Jefe de la Guardia Nacional parisma.
   
Y ahora vamos a hacer una pregunta al señor Thiers y a los caballeros de la defensa nacional, recaderos suyos. Es sabido que, por mediación del señor Pouyer-Quertier, su ministro de Hacienda, Thiers contrató un empréstito de dos mil millones. Ahora bien, ¿es verdad o no:
   
1. que el negocio se estipuló asegurando una comisión de varios cientos de millones para los bolsillos particulares de Thiers, Jules Favre, Ernesto Picard, Pouyer-Quertier y Jules Simon, y
   
2. que no debía hacerse ningún pago hasta después de la "pacificación" de París?[63]
   
En todo caso, debía de haber algo muy urgente en el asunto, pues Thiers y Jules Favre pidieron sin el menor pudor, en nombre de la mayoría de la Asamblea de Burdeos, la inmediata ocupación de París por las tropas prusianas. Pero esto no encajaba en el juego de Bismarck, como lo declaró éste, irónicamente y sin tapujos, ante los asombrados filisteos de Francfort a su regreso a Alemania.
   
París armado era el único obstáculo serio que se alzaba en el camino de la conspiración contrarrevolucionaria. Por eso había que desarmarlo. En este punto, la Asamblea de Burdeos era la sinceridad misma. Si los bramidos frenéticos de
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sus "rurales" no hubiesen sido suficientemente audibles, habría disipado la última sombra de duda la entrega de París por Thiers en las tiernas manos del triunvirato de Vinoy, el décembriseur, Valentin, el gendarme bonapartista y d'Aurelle de Paladines, el general jesuíta. Pero, al mismo tiempo que exhibían de un modo insultante su verdadero propósito de desarmar a París, los conspiradores le pedían que entregase las armas con un pretexto que era la más evidente, la más descarada de las mentiras. Thiers alegaba que la artillería de la Guardia Nacional de París pertenecía al Estado y debía serle devuelta. La verdad era ésta: desde el día mismo de la capitulación, en que los prisioneros de Bismarck firmaron la entrega de Francia, pero reservándose una nutrida guardia de corps con la intención manifiesta de intimidar a París, éste se puso en guardia. La Guardia Nacional se reorganizó y confió su dirección suprema a un Comité Central elegido por todos sus efectivos, con la sola excepción de algunos remanentes de las viejas formaciones bonapartistas. La víspera del día en que entraron los prusianos en París, el Comité Central tomó medidas para trasladar a Montmartre, Belleville y La Villette los cañones y las mitrailleuses traidoramente abandonados por los capitulards en los mismos barrios que los prusianos habían de ocupar o en las inmediaciones de ellos. Estos cañones habían sido adquiridos por suscripción abierta entre la Guardia Nacional. Se habían reconocido oficialmente como propiedad privada suya en el pacto de capitulación del 28 de enero y, precisamente por esto, habían sido exceptuados de la entrega general de armas del gobierno a los conquistadores. ¡Tan carente se hallaba Thiers hasta del más tenue pretexto para abrir las hostilidades contra París, que tuvo que recurrir a la mentira descarada de que la artillería de la Guardia Nacional pertenecía al Estado!
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La confiscación de sus cañones estaba destinada, evidentemente, a ser el preludio del desarme general de París y, por tanto, del desarme de la Revolución del 4 de Septiembre. Pero esta revolución era ahora la forma legal del Estado francés. La República, su obra, fue reconocida por los conquistadores en las cláusulas del pacto de capitulación. Después de la capitulación, fue reconocida también por todas las potencias extranjeras, y la Asamblea Nacional fue convocada en nombre suyo. La Revolución obrera de París del 4 de Septiembre era el único título legal de la Asamblea Nacional congregada en Burdeos y de su Poder Ejecutivo. Sin el 4 de Septiembre, la Asamblea Nacional hubiera tenido que dar un paso inmediatamente al Corps Législatif, elegido en 1869 por sufragio universal bajo el Gobierno de Francia y no de Prusia, y disuelto a la fuerza por la revolución. Thiers y sus ticket-of-leave men habrían tenido que rebajarse a pedir un salvoconducto firmado por Luis Bonaparte para librarse de un viaje a Cayena[64]. La Asamblea Nacional, con sus plenos poderes para fijar las condiciones de la paz con Prusia, no era más que un episodio de aquella revolución, cuya verdadera encarnación seguía siendo el París en armas que la había iniciado, que por ella había sufrido un asedio de cinco meses, con todos los horrores del hambre, y que con su resistencia sostenida a pesar del plan de Trochu había sentado las bases para una tenaz guerra de defensa en las provincias. Y París sólo tenía ahora dos caminos: o rendir las armas, siguiendo las órdenes humillantes de los esclavistas amotinados de Burdeos y reconociendo que su Revolución del 4 de Septiembre no significaba más que un simple traspaso de poderes de Luis Bonaparte a sus rivales monárquicos; o seguir luchando como el campeón abnegado de Francia, cuya salvación de la ruina y cuya regeneración eran imposibles si no se derribaban re-
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volucionariamente las condiciones políticas y sociales que habían engendrado el Segundo Imperio y que, bajo la égida protectora de éste, maduraron hasta la total putrefacción. París, extenuado por cinco meses de hambre, no vaciló ni un instante. Heroicamente, decidió correr todos los riesgos de una resistencia contra los conspiradores franceses, aun con los cañones prusianos amenazándole desde sus propios fuertes. Sin embargo, en su aversión a la guerra civil a la que París había de ser empujado, el Comité Central persistía aún en una actitud meramente defensiva, pese a las provocaciones de la Asamblea, a las usurpaciones del Poder Ejecutivo y a la amenazadora concentración de tropas en París y sus alrededores.
   
Fue Thiers, pues, quien abrió la guerra civil al enviar a Vinoy, al frente de una multitud de sergents de ville y de algunos regimientos de línea, en expedición nocturna contra Montmartre para apoderarse por sorpresa de los cañones de la Guardia Nacional. Sabido es que este intento fracasó ante la resistencia de la Guardia Nacional y la confraternización de las tropas de línea con el pueblo. D'Aurelle de Paladines había mandado imprimir de antemano su boletín cantando la victoria, y Thiers tenía ya preparados los carteles anunciando sus medidas de coup d'Etat. Ahora todo esto hubo de ser sustituido por los llamamientos en que Thiers comunicaba su magnánima decisión de dejar a la Guardia Nacional en posesión de sus armas, con lo cual estaba seguro -- decía -- de que ésta se uniría al Gobierno contra los rebeldes. De los 300.000 guardias nacionales solamente 300 respondieron a esta invitación a pasarse al lado del pequeño Thiers en contra de ellos mismos. La gloriosa Revolución obrera del 18 de Marzo se adueñó indiscutiblemente de París. El Comité Central era su gobierno provisional. Y su sensacional actua-
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ción política y militar pareció hacer dudar un momen
y los Estados Unidos
I
   
* Véase págs. 35-36. (N. del T.)
   
* En vez de "Joe Miller", aparece "Karl Vogt" en las ediciones alemanas de 1871 y 1891, y "Falstaff" en la edición francesa de 1871. (N. de la Red.)
   
* En Inglaterra, suele darse a los delincuentes comunes, después de cumplir la mayor parte de su condena, unas licencias con las que se les pone en libertad pero bajo la vigilancia de la policía. Estas licencias se llaman tickets-of-leave, y a sus portadores se les conoce con el nombre de ticket-of-leave men, (Nota de Engels a la edición alemana de 1871.)
   
* En la edición alemana de 1891, en vez de "En Burdeos", aparece "En Burdeos, 1871, . . .". (N. de la Red.)