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C. MARXEL DIECIOCHO |
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NOTA DEL EDITOR
La presente es una versión revisada de la traducción al castellano de El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte aparecida en Moscú el año 1955 (Ediciones en Lenguas Extranjeras).
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PROLOGO DEL AUTOR A LA SEGUNDA EDICION |
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PROLOGO DE F. ENGELS A LA TERCERA EDICION ALEMANA |
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Mi malogrado amigo José Weydemeyer [*], proponíase editar en Nueva York, a partir del 1 de enero de 1852, un semanario político. Me invitó a mandarle para dicho semanario la historia del coup d'état. Le escribí, pues, un artículo cada semana, hasta mediados de febrero, bajo el título de El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Entre tanto, el plan primitivo de Weydemeyer había fracasado. En cambio, publicó en la primavera de 1852 una revista mensual titulada Die Revolution, cuyo primer cuaderno está formado por mi Dieciocho Brumario. Algunos cientos de ejemplares de este cuaderno se adentraron entonces en Alemania, pero sin llegar a entrar en el comercio de libros propiamente dicho. Un librero alemán, que se las daba de tremendamente radical y a quien propuse encargarse de la venta, rechazó con verdadera indignación moral tan "inoportuna pretensión".
   
Como se ve por estos datos, la presente obra nació bajo el impulso inmediato de los acontecimientos y sus materiales históricos no pasan del mes de febrero de 1852. La actual reedición se debe, en parte, a la demanda de la obra en el mercado librero, y, en parte, a instancias de mis amigos en Alemania.
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Entre las obras que trataban del mismo tema y aparecieron casi en la misma época que la mía, sólo dos son dignas de mención: Napoléon le Petit, de Víctor Hugo y Coup d'Etat de Proudhon.[3]
   
Víctor Hugo se limita a una amarga e ingeniosa invectiva contra el editor responsable del golpe de Estado. En cuanto al acontecimiento mismo, parece, en su obra, un rayo que cayese de un cielo sereno. No ve en él más que un acto de fuerza de un solo individuo. No advierte que lo que hace es engrandecer a este individuo en vez de empequeñecerlo, al atribuirle un poder personal de iniciativa que no tenía paralelo en la historia universal. Por su párte, Proudhon intenta presentar el golpe de Estado como resultado de un desarrollo histórico anterior. Pero, entre sus manos, la exposición histórica del golpe de Estado se convierte en una apología histórica para su héroe. Cae con ello en el error de nuestros pretendidos historiadores objetivos. Yo, por el contrario, demuestro cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe.
   
Una reelaboración de la presente obra la habría privado de su matiz peculiar. Por eso, me he limitado simplemente a corregir las erratas de imprenta y a tachar las alusiones que hoy ya no se entenderían.
   
La frase final de mi obra: "Pero si por último el manto imperial cae sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de Bronce de Napoleón se vendrá a tierra desde lo alto de la Columna de Vendôme"[4], es ya una realidad.
   
El coronel Charras abrió el fuego contra el culto napoleónico en su obra sobre la campaña de 1815.[5] Desde entonces, y sobre todo en estos últimos años, la literatura francesa, con las armas de la investigación histórica, de la crítica, de la sá-
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tira y del sainete, ha dado el golpe de gracia a la leyenda napoleónica. Fuera de Francia, se ha apreciado poco y se ha comprendido aún menos esta violenta ruptura con la fe tradicional del pueblo, esta formidable revolución espiritual.
   
Finalmente, confío en que mi obra contribuirá a eliminar ese tópico del llamado cesarismo, tan corriente, sobre todo actualmente, en Alemania. En esta superficial analogía histórica se olvida lo principal: en la antigua Roma, la lucha de clases sólo se efectuaba en el seno de una minoría privilegiada, entre los libres ricos y los libres pobres, mientras la gran masa productiva de la población, los esclavos, formaban un pedestal puramente pasivo para aquellos luchadores. Se olvida la importante sentencia de Sismondi : el proletariado romano vivía a costa de la sociedad, mientras que la moderna sociedad vive a costa del proletariado.[6] La diferencia de las condiciones materiales, económicas, de la lucha de clases antigua y moderna es tan radical, que sus criaturas políticas respectivas no pueden tener más semejanza las unas con las otras que el arzobispo de Canterbury y el pontífice Samuel.
CARLOS MARX
Londres, 23 de junio de 1869.
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El que se haya hecho necesaria una nueva edición del Dieciocho Brumario, treinta y tres años después de publicada la primera, demuestra que esta pequeña obra no ha perdido nada de su valor.
   
Y fue, en realidad, un trabajo genial. Inmediatamente después del acontecimiento que sorprendió a todo el mundo político como un rayo caído de un cielo sereno, condenado por unos con gritos de indignación moral y aceptado por otros como tabla salvadora en medio de la revolución y como castigo por sus extravíos, pero contemplado por todos con asombro y por nadie comprendido -- inmediatamente después de este acontecimiento, se alzó Marx con una exposición breve, epigramática, en que se explicaba en su concatenación interna toda la marcha de la historia de Francia desde las jornadas de Febrero, se reducía el milagro del 2 de diciembre[7] a un resultado natural y necesario de esta concatenación, y no se necesitaba siquiera tratar al héroe del golpe de Estado más que con el desprecio que se tenía tan bien merecido. Y tan de mano maestra estaba trazado el cuadro, que cada nueva revelación hecha pública desde entonces no ha hecho más que suministrar nuevas pruebas de lo fielmente que estaba reflejada allí la realidad. Esta manera eminente de comprender la historia viva del momento, esta penetración profunda en los
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acontecimientos al mismo tiempo que se producen, es, en realidad, algo que no tiene igual.
   
Mas para ello había que poseer también el conocimiento tan exacto que Marx poseía de la historia de Francia. Francia es el pais en el que las luchas históricas de clase se han llevado siempre a su término decisivo más que en ningún otro sitio y donde, por tanto, las formas políticas versátiles dentro de las que se han movido estas luchas de clase y en las que han encontrado su expresión los resultados de las mismas, adquieren también los contornos más acusados. Centro del feudalismo en la Edad Media y país modelo de la monarquía unitaria estamental desde el Renacimiento, Francia pulverizó al feudalismo en la gran revolución e instauró la dominación pura de la burguesía bajo una forma clásica como ningún otro país de Europa. También la lucha del proletariado revolucionario contra la burguesía dominante reviste aquí una forma violenta, desconocida en otras partes. He aquí por qué Marx no sólo estudiaba con especial predilección la historia pasada de Prancia, sino que seguía también en todos sus detalles la historia contemporánea, reuniendo los materiales para emplearlos ulteriormente, razón por la cual nunca le sorprendían los acontecimientos.
   
Pero a esto vino a añadirse otra circunstancia. Fue precisamente Marx el primero que descubrió la gran ley que rige la marcha de la historia, la ley según la cual todas las luchas históricas, ya se desarrollen en el terreno político, religioso, filosófico, ya en otro terreno ideológico cualquiera, no son, en realidad, más que la expresión más o menos clara de luchas entre clases sociales, y que la existencia y por tanto también los choques de estas clases, están condicionados, a su vez, por el grado de desarrollo de su situación económica, por el modo de su producción y de su intercambio, condicio-
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nado por ésta. Dicha ley, que tiene para la historia la misma importancia que la ley de la transformación de la energia para las Ciencias Naturales, fue también la que le dio aquí la clave para comprender la historia de la segunda República Francesa. Esta historia le sirvió de piedra de toque para contrastar su ley, e incluso hoy, a la vuelta de treinta y tres años, tenemos que reconocer que la prueba arroja un resultado brillante.
FEDERICO ENGELS
Escrito para la tercera edición de
Originalmente escrito en alemán.
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Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa. Caussidiére por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tio. ¡Y la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!
   
Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y transmite el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos se disponen precisamente a revolucionarse y a revolucionar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerabíe y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, ]a revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República Romana y del Imperio Romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá la tradición revolucionaria de 1793 a 1795.
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Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de producir libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lengua natal.
   
Si examinamos aquellas conjuraciones de los muertos en la historia universal, observamos en seguida una diferencia que salta a la vista. Camille Desmoulins, Dantón, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, lo mismo los héroes que los partidos y la masa de la antigua revolución francesa, cumplieron, bajo el ropaje romano y con frases romanas, la misión de su tiempo: librar de las cadenas a la sociedad burguesa moderna e instaurarla. Los unos hicieron añicos el fundamento feudal y segaron las cabezas feudales que habían brotado sobre él. El otro creó en el interior de Francia las condiciones bajo las cuales ya podía desarrollarse la libre competencia, explotarse la propiedad territorial parcelada, aplicarse las fuerzas productivas industriales de la nación, que habían sido liberadas; y del otro lado de las fronteras francesas barrió por todas partes las formaciones feudales, en el grado en que esto era necesario para rodear a la sociedad burguesa de Francia en el continente europeo de un ambiente adecuado, acomodado a los tiempos. Una vez instaurada la nueva formación social, desaparecieron los colosos antediluvianos, y con ellos el romanismo resucitado -- los Brutos, los Gracos, los Publícolas, los tribunos, los senadores y hasta-el mismo César. Con su sobrio realismo, la sociedad burguesa se había creado sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los' Royer-Collard, los Benjamín Constant y los Guizot; sus verdaderos generalísimos estaban en las oficinas comerciales, y la cabeza atocinada de Luis XVIII era su cabeza política. Completamente absorbida por la producción de la riqueza y
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por la lucha pacífica de la competencia, ya no se daba cuenta de que los espectros del tiempo de los romanos habían velado su cuna. Pero, por muy poco heroica que la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habían sido necesarios, sin embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas de la República Romana los ideales y las formas artísticas, las ilusiones que necesitaban para ocultarse a sí mismos las limitaciones burguesas del contenido de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica. Así, en otra fase de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y el pueblo inglés habían ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la verdadera meta, realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke suplantó a Habacuc.
   
En aquellas revoluciones, la resurrección de los muertos servía, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder en la realidad ante su cumplimiento, para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución y no para hacer vagar otra vez a su espectro.
   
En 1848-1851, no hizo más que dar vueltas el espectro de la antigua revolución, desde Marrast, le républicain en gants jaunes *, que se disfrazó de viejo Bailly, hasta el aventurero que esconde sus vulgares y repugnantes rasgos bajo la férrea mascarilla de muerte de Napoleón. Todo un pueblo que creía haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución, se encuentra de pronto retrotraído a una época fenecida, y para que no pueda haber engaño sobre la recaída, hacen
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aparecer las viejas fechas, el viejo calendario, los viejos nombres, los viejos edictos (entregados ya, desde hace largo tiempo, a la erudición de los anticuarios) y los viejos esbirros, que parecían haberse podrido desde hace mucho tiempo. La nación se parece a aquel inglés loco de Bedlam[8] que creía vivir en tiempo de los viejos faraones y se lamentaba diariamente de las duras faenas que tenía que ejecutar como cavador de oro en las minas de Etiopía, emparedado en aqúella cárcel subterránea, con una lámpara de luz mortecina sujeta en la cabeza, detrás el guardián de los esclavos con su largo látigo y en las salidas una turbamulta de mercenarios bárbaros, incapaces de comprender a los forzados ni de entenderse entre sí porque no hablaban el mismo idioma. "¡Y todo esto -- suspira el loco -- me lo han impuesto a mí, a un ciudadano inglés libre, para sacar oro para los antiguos faraones!" "¡Para pagar las deudas de la familia Bonaparte!", suspira la nación francesa. El inglés, mientras estaba en uso de su razón, no podía sobreponerse a la idea fija de obtener oro. Los franceses, mientras estaban en revolución, no podían sobreponerse al recuerdo napoleónico, como demostraron las elecciones del 10 de diciembre[9]. Ante los peligros de la revolución se sintieron atraídos por el recuerdo de las ollas de Egipto[10], y la respuesta fue el 2 de diciembre de 1851. No sólo obtuvieron la caricatura del viejo Napoleón, sino al propio viejo Napoleón en caricatura, tal como necesariamente tiene que aparecer a mediados del siglo XIX.
   
La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolu-
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ción del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desborda el contenido; aquí, el contenido desborda la rase.
   
La revolución de Febrero cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pucblo proclamó este golpe de mano repentino como una hazaña de la historia universal con la que se abría la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de Febrero es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, son las concesiones liberales que le habían sido arrancadas por seculares luchas. Lejos de ser la sociedad misma la que se conquista un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana. Así contesta al coup de main de febrero de 1848 el coup de tête de diciembre de 1851. Por donde se vino, se fue. Sin embargo, el intervalo no ha pasado en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad francesa recuperó, y lo hizo mediante un método abreviado, por ser revolucionario, los estudios y las experiencias que en un desarrollo normal, lección tras lección, por decirlo así, habrían debido preceder a la revolución de Febrero, para que ésta hubiese sido algo más que un estremecimiento en la superficie. Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de partida; en realidad, lo que ocurre es que tiene que empezar por crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna.
   
Las revoluciones burguesas, como la del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados
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por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de su período impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen muy a menudo en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden de vez en cuando aterradas ante la infinita prodigiosidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan:
Hic Rhodus, hic salta!    
Por lo demás, cualquier mediano observador, aunque no hubiese seguido paso a paso la marcha de los acontecimientos en Francia, tenía que presentir que esperaba a la revolución una inaudita verguenza. Bastaba con escuchar los engreídos ladridos de triunfo con que los señores demócratas se felicitaban mutuamente por los efectos milagrosos que esperaban del segundo domingo de mayo de 1852[12]. El segundo domingo de mayo de 1852 habíase convertido en sus cabezas en una idea fija, en un dogma, como en las cabezas de los quiliastas el día en que había de reaparecer Cristo y comenzar el reino milenario. La debilidad había ido a refugiarse, como siempre, en la fe en el milagro: creía vencer al enemigo con sólo des-
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cartarlo mágicamente con la fantasía, y perdía toda la comprensión del presente ante la glorificación pasiva del futuro que le esperaba y de las hazañas que guardaba in petto, pero que aún no consideraba oportuno revelar. Aquellos héroes que se esforzaban en refutar su probada incapacidad prestándose mutua compasión y reuniéndose en un tropel, habían atado su hatillo, se embolsaron sus coronas de laurel a crédito y se disponían precisamente a descontar en el mercado de letras de cambio las repúblicas in partibus [13] para las que, en el secreto de su ánimo poco exigente, tenían ya previsoramente preparado el personal de gobierno. El 2 de diciembre cayó sobre ellos como un rayo en cielo sereno, y los pueblos, que en épocas de malhumor pusilánime gustan de dejar que los voceadores más chillones ahoguen su miedo interior, se habrán convencido quizás de que han pasado ya los tiempos en que el graznido de los gansos podía salvar al Capitolio.[14]
   
La Constitución, la Asamblea Nacional, los partidos dinásticos, los republicanos azules y los rojos, los héroes de Africa[15], el trueno de la tribuna, el relampagueo de la prensa diaria, toda la literatura, los nombres políticos y los renombres intelectuales, la ley civil y el derecho penal, la liberté, égalité, fraternité y el segundo domingo de mayo de 1852: todo ha desaparecido como una fantasmagoría al conjuro de un hombre al que ni sus mismos enemigos reconocen como brujo. El sufragio universal sólo pareció sobrevivir un instante para hacer su testamento de propio puño a los ojos del mundo entero y poder declarar, en nombre del propio pueblo: todo lo que existe merece perecer[16].
   
No basta con decir, como hacen los franceses, que su nación fue sorprendida. Ni a la nación ni a la mujer se les perdona la hora de descuido en que cualquier aventurero ha podido abusar de ellas por la fuerza. Con estas explicaciones no se
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aclara el enigma; no se hace más que presentarIo de otro modo. Quedaría por explicar cómo tres caballeros de industria pudieron sorprender y reducir a cautiverio, sin resistencia, a una nación de 36 millones.
   
Recapitulemos, en sus rasgos generales, las-fases recorridas por la revolución francesa desde el 24 de febrero de 1848 hasta el mes de diciembre de 1851.
   
Hay tres períodos capitales que son inconfundibles: el período de Febrero ; del 4 de mayo de 1848 al 28 de mayo de 1849, período de constitución de la república o de la Asamblea Nacional Constituyente ; del 28 de mayo de 1849 al 2 de diciembre de 1851, período de la república constitucional o de la Asamblea Nacional Legislativa.
   
El primer período, desde el 24 de febrero, o desde la caída de Luis Felipe, hasta el 4 de mayo de 1848, fecha en que se reúne la Asamblea Constituyente, el período de Febrero, propiamente dicho, puede calificarse como el prólogo de la revolución. Su carácter se revelaba oficialmente en el hecho de que el gobierno por él improvisado se declarase a sí mismo provisional, y, como el gobierno, todo lo que este período sugirió, intentó o proclamó, se presentaba también como algo puramente provisional. Nada ni nadie se atrevía a reclamar para sí el derecho a existir y a obrar de un modo real. Todos los elementos que habían preparado o determinado la revolución, la oposición dinástica[17], la burguesía republicana, la pequeña burguesía democrático-republicana, el proletariado socialdemocrático, encontraron su puesto provisional en el gobierno de Febrero.
   
No podía ser de otro modo. Las jornadas de Febrero proponíanse primitivamente como objetivo una reforma electoral, que había de ensanchar el círculo de los privilegiados políticos dentro de la misma clase poseedora y derribar la dominación
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exclusiva de la aristocracia financiera. Pero cuando estalló el conflicto real y verdadero, el pueblo subió a las barricadas, la Guardia Nacional se mantuvo en actitud pasiva, el ejército no opuso una resistencia seria y la monarquía huyó, la república pareció ser una cosa natural. Cada partido la interpretó a su manera. Arrancada por el proletariado con las armas en la mano, éste le imprimió su sello y la proclamó como una república social. Con esto se indicaba el contenido general de la moderna revolución, el cual se hallaba en la contradicción más peregrina con todo lo que por el momento podía ponerse en práctica directamente, con el material disponible, bajo las circunstancias y relaciones dadas y el grado de desarrollo alcanzado por la masa. De otra parte, las pretensiones de todos los demás elementos que habían cooperado a la revolución de Febrero fueron reconocidas en la parte leonina que obtuvieron en el gobierno. Por eso, en ningún período nos encontramos con una mezcla más abigarrada de frases altisonantes e inseguridad y torpeza efectivas, de aspiraciones más entusiastas de innovación y de imperio más concienzudo de la vieja rutina, de más aparente armonía de toda la sociedad y más profunda discordancia entre sus elementos. Mientras el proletariado de París se deleitaba todavía en la visión de la gran perspectiva que se había abierto ante él y se entregaba con toda seriedad a discusiones sobre los problemas sociales, las viejas fuerzas de la sociedad se habían agrupado, reunido, habían vuelto en sí y encontraron un apoyo inesperado en la masa de la nación, en los campesinos y los pequeños burgueses, que se precipitaron todos de golpe a la escena política, después de caer las barreras de la monarquía de julio.
   
El segundo período, desde el 4 de mayo de 1848 a fines de mayo de 1849, es el período de constitución, de la fundación de la república burguesa. Inmediatamente después de las
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jornadas de Febrero no sólo se vio sorprendida la oposición dinástica por los republicanos, y éstos por los socialistas, sino toda Francia por París. La Asamblea Nacional, que se reunió el 4 de mayo de 18487 salida de las elecciones nacionales, representaba a la nación. Era una protesta viviente contra las pretensiones de las jornadas de Febrero y había de reducir al rasero burgués los resultados de la revolución. En vano el proletariado de París, que compreridió inmediatamente el carácter de esta Asamblea Nacional, intentó el 15 de mayo, pocos días después de reunirse, descartar por la fuerza su existencia, disolverla, descomponer de nuevo en sus distintas partes integrantes la forma orgánica con que le amenazaba el espíritu reaccionante de la nación. Como es sabido, el único resultado del 15 de mayo fue alejar de la escena pública durante todo el ciclo que examinamos a Blanqui y sus camaradas, es decir, a los verdaderos jefes del partido proletario.[18]
   
A la monarquía burguesa de Luis Felipe sólo puede suceder la república burguesa ; es decir, que si en nombre del rey, había dominado una parte reducida de la burguesía, ahora dominará la totalidad de la burguesía en nombre del pueblo. Las reivindicaciones del proletariado de París son paparruchas utópicas, con las que hay que acabar. El proletariado de París contestó a esta declaración de la Asamblea Nacional Constituyente con la insurrección de Junio, el acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles europeas. Venció la república burguesa. A su lado estaban la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeños burgueses, el ejército, el lumpemproletariado organizado como Guardia Móvil, los intelectuales, los curas y la población del campo. Al lado del proletariado de París no estaba más que él solo. Más de 3.000 insurrectos fueron pasados a cuchillo
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después de la victoria y 15.000 deportados sin juicio. Con esta derrota, el proletariado pasa al fondo de la escena revolucionaria. Tan pronto como el movimiento parece adquirir nuevos bríos, intenta una vez y otra pasar nuevamente a primer plano, pero con un gasto cada vez más débil de fuerzas y con resultados cada vez más insignificantes. Tan pronto como una de las capas sociales superiores a él experimenta cierta efervescencia revolucionaria, el proletariado se enlaza a ella y así va compartiendo todas las derrotas que sufren uno tras otro los diversos partidos. Pero estos golpes sucesivos se atenúan cada vez más cuanto más se reparten por la superficie de la sociedad. Sus jefes más importantes en la Asamblea y en la prensa van cayendo unos tras otros, víctimas de los tribunales, y se ponen en lugar de ellos figuras cada vez más equívocas. En parte, se entrega a experimentos doctrinarios, Bancos de cambio y asociaciones obreras, es decir, a un movimiento en el que renuncia a transformar el viejo mundo, con ayuda de todos los grandes recursos propios de este mundo, e intenta, por el contrario, conseguir su redención a espaldas de la sociedad, por la vía privada, dentro de sus limitadas condiciones de existencia, y por tanto, forzosamente, fracasa. Parece que el proletariado no puede volver a encontrar en sí mismo la grandeza revolucionaria, ni sacar nuevas energías de los nuevos vínculos que se ha creado, hasta que todas las clases con las que ha luchado en Junio están tendidas a todo lo largo a su lado mismo. Pero, por lo menos, sucumbe con los honores de una gran lucha histórico-universal; no sólo Francia, sino toda Europa tiembla ante el terremoto de Junio, mientras que las sucesivas derrotas de las clases más altas se consiguen a tan poca costa, que sólo la insolente exageración del partido vencedor puede hacerlas pasar por acontecimientos, y son
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tanto más ignominiosás cuanto más lejos queda del proletariado el partido que sucumbe.
   
Ciertamente, la derrota de los insurrectos de Junio había preparado, allanado, el terreno en que podía cimentarse y erigirse la república burguesa; pero, al mismo tiempo, había puesto de manifiesto que en Europa se ventilaban otras cuestiones que la de "república o monarquía". Había revelado que aquí república burguesa equivalía a despotismo ilimitado de una clase sobre otras cláses. Había demostrado que en países de vieja civilización, con una formación de clase desarroUada, con condiciones modernas de producción y con una conciencia intelectual, en la que todas las ideas tradicionales se hallan disueltas por un trabajo secular, la república no significa en general más que la forma política de la transformación de la sociedad burguesa y no su forma conservadora de vida, como, por ejemplo, en los Estados Unidos de América, donde si bien existen ya clases, éstas no se han plasmado todavía, sino que cambian constantemente y se ceden unas a otras sus partes integrantes, en movimiento continuo; donde los medios modernos de producción, en vez de coincidir con una superpoblación crónica, suplen más bien la escasez relativa de cabezas y brazos, y donde, por último, el movimiento febrilmente juvenil de la producción material, que tiene un mundo nuevo que apropiarse, no ha dejado tiempo ni ocasión para eliminar el viejo mundo fantasmal.
   
Durante las jornadas de Junio, todas las clases y todos los partidos se habían unido en un partido del orden frente a la clase proletaria, como partido de la anarquía, del socialismo del comunismo. Habían "salvado" a la sociedad de los "enemigos de la sociedad ". Habían dado a su ejérsito como santo y seña los tópicos de la vieja sociedad: "Propiedad, familia,
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religión y orden ", y gritado a la cruzada contrarrevolucionaria: "¡Bajo este signo, vencerás!" Desde este instante, tan pronto como uno cualquiera de los numerosos partidos que se habían agrupado bajo aquel signo contra los insurrectos de Junio, intenta situarse en el campo de batalla revolucionario en su propio interés de clase, sucumbe al grito de "¡Propiedad , familia, religión y orden!". La sociedad es salvada cuantas veces se va restringiendo el círculo de sus dominadores y un interés más exclusivo se impone al más amplio. Toda reivindicación de la más elemental reforma financiera burguesa, del liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo, de la más trivial democracia, al mismo tiempo es castigada como un "atentado contra la sociedad" y estigmatizada como "socialismo". Hasta que, por último, los pontífices de "la religión y el orden" se ven arrojados ellos mismos a puntapiés de sus trípodes píticos, sacados de la cama en medio de la noche, empaquetados en coches celulares, metidos en la cárcel o enviados al destierro; de su templo no queda piedra sobre piedra, sus bocas son selladas, sus plumas rotas, su ley desgarrada, en nombre de la religión, de la propiedad, de la familia y del orden. Burgueses fanáticos del orden son tiroteados en sus balcones por la soldadesca embriagada, la santidad del hogar es profanada y sus casas son bombardeadas como pasatiempo, en nombre de la propiedad, de la familia, de la religión y del orden. La hez de la sociedad burguesa forma por fin la sagrada falange del orden, y el héroe Crapulinski* se instala en las Tullerías como "salvador de la sociedad ".
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Reanudemos el hilo de los acontecimientos.
   
La historia de la Asamblea Nacional Constituyente desde las jornadas de Junio es la historia de la dominación y de la disgregación de la fracción burguesa republicana, de aquella fracción que se conoce por los nombres de republicanos tricolores, republicanos puros, republicanos políticos, republicanos formalistas, etc.
   
Bajo la monarquía burguesa de Luis Felipe, esta fracción había formado la oposición republicana oficial y era, por tanto, parte integrante reconocida del mundo político de la época. Tenía sus representantes en las Cámaras y un considerable campo de influencia en la prensa. Su órgano parisino, el National [19], era considerado, a su modo, un órgano tan respetable como el Journal des Débats [20]; a esta posición que ocupaba bajo la monarquía constitucional correspondía su carácter. No se trata de una fracción de la burguesía mantenida en cohesión por grandes intereses comunes y deslindada por condiciones peculiares de producción, sino de una pandilla de burgueses, escritores, abogados, oficiales y funcionarios de ideas republicanas, cuya influencia descansaba en las antipatías personales del país contra Luis Felipe, en los recuerdos de la antigua república, en la fe republicana de un cierto número de entusiastas, y sobre todo en el nacionalismo francés, cuyo odio contra los Tratados de Viena[21] y contra la alianza con Inglaterra atizaba constantemente esta fracción. Una gran parte de los partidarios que tenía el National bajo Luis Felipe los debía a este imperialismo recatado, que más tarde, bajo la república, pudo enfrentarse, por tanto, con él, como un competidor aplastante, en la persona de Luis Bona-
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parte. Combatía a la aristocracia financiera, como lo hacía todo el resto de la oposición burguesa. La polémica contra el presupuesto, que en Francia se hallaba directamente relacionada con la lucha contra la aristocracia financiera, brindaba una popularidad demasiado barata y proporcionaba a los "leading articles"[*] puritanos materia demasiado abundante, para que no se la explotase. La burguesía industrial le estaba agradecida por su defensa servil del sistema proteccionista francés, que él, sin embargo, acogía por razones más bien nacionales que nacional-económicas; la burguesía, en conjunto, le es~aba agradecida por sus venenosas denuncias contra el comunismo y el socialismo. Por lo demás, el partido del National era puramente republicano, exigía que el dominio de la burguesía adoptase formas republicanas en vez de monárquicas, y exigía sobre todo su parte de león en este dominio. Respecto a las condiciones de esta transformación, no veía absolutamente nada claro. Lo que, en cambio, veía claro como la luz del sol y lo que se declaraba públicamente en los banquetes de la reforma en los últimos tiempos del reinado de Luis Felipe, era su impopularidad entre los pequeños burgueses demócratas y sobre todo entre el proletariado revolucionario. Estos republicanos puros -- los republicanos puros son así -- estaban completamente dispuestos a contentarse por el momento con una regencia de la Duquesa de Orleáns, cuando estalló la revolución de Febrero y asignó a sus representantes más conocidos un puesto en el gobierno provisional. Poseían, de antemano, naturalmente, la confianza de la burguesía y la mayoría dentro de la Asamblea Nacional Constituyente. De la Comisión ejecutiva[22] que se formó en la Asamblea Nacional al reunirse ésta, fueron inmediatamente excluidos los elemen-
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tos socialistas del gobierno provisional, y el partido del National se aprovechó del estallido de la insurrección de Junio para dar el pasaporte a la Comisión ejecutiva, y desembarazarse así de sus rivales más afines, los republicanos pequeñoburgueses o republicanos demócratas (Ledru-Rollin, etc.). Cavaignac, el general del partido republicano burgués, que había dirigido la batalla de Junio, sustituyó a la Comisión ejecutiva con una especie de poder dictatorial. Marrast, antiguo redactor jefe del National, se convirtió en el presidente perpetuo de la Asamblea Nacional Constituyente, y los ministerios y todos los demás puestos importantes cayeron en manos de los republicanos puros.
   
La fracción burguesa republicana, que había venido considerándose desde hacía mucho tiempo como la legítima heredera de la monarquía de Julio, se vio así superada en su ideal, pero no llegó al Poder como soñara bajo Luis Felipe, por una revuelta liberal de la burguesía contra el trono, sino por una insurrección, sofocada a cañonazos, del proletariado contra el capital. Lo que ella se había imaginado como el acontecimiento más revolucionario resultó ser, en realidad, el más contrarrevolucionario. Le cayó el fruto en el regazo, pero no cayó del árbol de la vida, sino del árbol del conocimiento.
   
La exclusiva dominación de los republicanos burgueses sólo duró desde el 24 de junio hasta el 10 de diciembre de 1848. Esta etapa se resume en la redacción de una Constitución republicana, y en la proclamación del estado de sitio en París.
   
La nueva Constitución no era, en el fondo, más que una reedición republicanizada de la Carta Constitucional[23] de 1830. El censo electoral restringido de la monarquía de Julio, que excluía de la dominación política incluso a una gran parte de la burguesía, era incompatible con la existencia de la república burguesa. La revolución de Febrero había proclamado inme-
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diatamente el sufragio universal y directo para reemplazar el censo restringido. Los republicanos burgueses no podían deshacer este hecho. Tuvieron que contentarse con añadir la condición restrictiva de un domicilio mantenido durante seis meses en el punto electoral. La antigua organización administrativa, municipal, judicial, militar, etc. se mantuvo intacta, y allí donde la Constitución la modificó, estas modificaciones afectaban a la etiqueta y no al contenido; al nombre, no a la cosa.
   
El inevitable Estado Mayor de las libertades de 1848, la libertad personal, de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza, de culto, etc., recibió un uniforme constitucional, que hacía a éstas invulnerables. En efecto, cada una de estas libertades es proclamada como el derecho absoluto del ciudadano francés, pero con un comentario adicional de que estas libertades son absolutas en tanto en cuanto no son limitadas por los "derechos iguales de otros y por la seguridad pública ", o bien por "leyes" llamadas a armonizar estas libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Así, por ejemplo: "Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a formular peticiones y a expresar sus opiniones por medio de la prensa o de otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene más límite que los derechos iguales de otros y la seguridad pública " (cap. II de la Constitución francesa, art. 8). "La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se ejercerá según las condiciones que determina la ley y bajo el control supremo del Estado" (lugar cit., art. 9). "El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas por la ley" (cap. II, art. 3). Etc., etc. Por tanto, la Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas, que han de precisar y poner en práctica aquellos comentarios adicionales y regular el disfrute de
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estas libertades ilimitadas, de modo que no choquen entre sí, ni con la seguridad pública. Y estas leyes orgánicas fueron promulgadas más tarde por los amigos del orden, y todas aquellas libertades reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos iguales de las otras clases. Allí donde veda completamente "a los otros" estas libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la "seguridad pública ", es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con pleno derecho, la Constitución: los amigos del orden, al anular todas aquellas libertades, y los demócratas, al exigirlas todas. Cada artículo de la Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su apíicación real y efectiva -- por la vía legal se entiende --, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia cotidiana y real.
   
Sin embargo, esta Constitución, convertida en inviolable de un modo tan sutil, era, como Aquiles, vulnerable en un punto; no en el talón, sino en la cabeza, o mejor dicho en las dos cabezas en que culminaba: la Asamblea Legislativa, de una parte, y, de otra, el presidente. Si se repasa la Constitución, se verá que los únicos artículos absolutos, positivos, indiscutibles y sin tergiversación posible, son los que determinan las relaciones entre el presidente y la Asamblea Legislativa. En efecto, aquí se trataba, para los republicanos burgueses, de asegurar su propia posición. Los artículos 45 al 70 de la Constitución están redactados de tal forma, que la Asamblea Na-
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cional puede eliminar al presidente de un modo constitucional, mientras que el presidente sólo puede eliminar a la Asamblea Nacional inconstitucionalmente, desechandó la Constitución misma. Aquí, ella misma provoca, pues, su violenta supresión. No sólo consagra la división de poderes, como la Carta Constitucional de 1830, sino que la extiende hasta una contradicción insostenible. El juego de los poderes constitucionales, como Guizot llamaba a las camorras parlamentarias entre el Poder Legislativo y el Ejecutivo, juega en la Constitución de 1848 constantemente va banque. De un lado, 750 representantes del pueblo, elegidos por sufragio universal y reelegibles, que forman una Asamblea Nacional no fiscalizable, indisoluble e indivisible, una Asamblea Nacional que goza de omnipotencia legislativa, que decide en última instancia acerca de la guerra, de la paz y de los tratados comerciales, la única que tiene el derecho de amnistía y que con su permanencia ocupa constantemente el primer plano de la escena. De otro lado, el presidente, con todos los atributos del Poder regio, con facultades para nombrar y separar a sus ministros, independientemente de la Asamblea Nacional, con todos los medios del Poder Ejecutivo en sus manos, siendo el que distribuye todos los puestos y el que, por tanto, decide en Francia la suerte de más de millón y medio de existencias, que dependen de los 500.000 funcionarios y oficiales de todos los grados. Tiene bajo su mando todo el Poder armado. Goza del privilegio de indultar individualmente a los delincuentes, de dejar en suspenso a los guardias nacionales, de destituir, de acuerdo con el Consejo de Estado, los consejos generales, cantonales y municipales elegidos por los mismos ciudadanos. La iniciativa y la dirección de todos los tratados con el extranjero son facultades reservadas a él. Mientras que la Asamblea Nacional actúa constantemente sobre las tablas, expuesta a la
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luz del día y, a la crítica publica, el presidente lleva una vida misteriosa en los Campos Elíseos y, además, tiene siempre clavado en los ojos y en el corazón el artículo 45 de la Constitución, que le grita un día tras otro: "frère, il faut mourir! "[24] ¡Tu poder acaba el segundo domingo dei hermoso mes de mayo del cuarto año de tu elección! ¡Y entonces, todo este esplendor se ha acabado y la función no puede repetirse, y si tienes deudas mira a tiempo cómo te las arreglas para saldarlas con los 600.000 francos que te asigna la Constitución, si es que acaso no prefieres dar con tus huesos en Clichy[25] al segundo lunes del hermoso mes de mayo! A la par que asigna al presidente-el Poder efectivo, la Constitución procura asegurar a la Asamblea Nacional el Poder moral. Aparte de que es imposible atribuir un Poder moral mediante los artículos de una ley, la Constitución aquí vuelve a anularse a sí misma, al disponer que el presidente será elegido por todos los franceses mediante sufragio universal y directo. Mientras que los votos de Francia se dispersan entre los 750 diputados de la Asamblea Nacional, aquí se concentran, por el contrario, en un solo individuo. Mientras que cada uno de los representantes del pueblo sólo representa a este o a aquel partido, a esta o aquella ciudad, a esta o aquella cabeza de puente o incluso a. la mera necesidad de elegir a uno cualquiera que haga el número de los 750, sin parar mientes minuciosamente en la cosa ni en el hombre, él es el elegido de la nación, y el acto de su elección es el gran triunfo que juega una vez cada cuatro años el pueblo soberano. La Asamblea Nacional elegida está en una relación metafísica con la nación, mientras que el presidente elegido está en una relación personal con ella. La Asamblea Nacional representa sin duda, en sus distintos diputados, las múltiples facetas del espíritu nacional, pero en el presidente se encarna este espíritu. El presidente posee frente
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a ella una especie de derecho divino, es presidente por la gracia del pueblo.
   
Tetis, la diosa del mar, había profetizado a Aquiles que moriría en la flor de la juventud. La Constitución, que tiene su punto vulnerable, como Aquiles, tenía también como éste el presentimiento de que moriría de muerte prematura. A los republicanos puros[26] constituyentes les bastaba con echar desde el reino de nubes de su república ideal una mirada al mundo profano, para darse cuenta de cómo a medida que se iban acercando a la consumación de su gran obra de arte legislativo, crecía por días la insolencia de los monárquicos, de los bonapartistas, de los demócratas, de los comunistas, y su propio descrédito, sin que, por tanto, Tetis necesitase abandonar el mar y confiarles el secreto. Intentaron salir astutamente al paso de la fatalidad con un ardid constitucional, mediante el artículo III de la Constitución, según el cual toda propuesta de revisión constitucional ha de votarse en tres debates sucesivos, con un intervalo de un mes entero entre cada debate, por las tres cuartas partes de votantes, por lo menos, y siempre y cuando que, además, voten no menos de 500 diputados de la Asamblea Nacional. Con esto no hacían más que el pobre intento de ejercer como minoría -- porque ya se veían proféticamente como tal -- un poder que en aquel momento, en que disponían de la mayoría parlamentaria y de todos los resortes del Poder del gobierno, se les iba escapando por días de las débiles manos.
   
Finalmente, en un artículo melodramático, la Constitución se confía "a la vigilancia y al patriotismo de todo el pueblo francés y de todo francés por separado", después que en otro artículo anterior había entregado ya a los "vigilantes" y "patriotas" a los tiernos y criminales cuidados del Tribunal Supremo, "Haute Cour ", creado expresamente por ella.
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Tal era la Constitución de 1848, que no fue derribada el 2 de diciembre de 1851 por una cabeza, sino que se vino a tierra al contacto de un simple sombrero; claro que este sombrero era el tricornio napoleónico.
   
Mientras los republicanos burgueses de la Asamblea se ocu paban en cavilar, discutir y votar esta Constitución, Cavaignac mantenía, fuera de la Asamblea, el estado de sitio en París. El estado de sitio en París fue el comadrón de la Constituyente en sus dolores republicanos del parto. Si más tarde la Constitución fue muerta por las bayonctas, no hay que olvidar que también había sido guardada en el vientre materno y traída al mundo por las bayonetas, por bayonetas vueltas contra el pueblo. Los antepasados de los "republicanos honestos" habían hecho dar a su símbolo, la bandera tricolor, la vuelta por Europa. Ellos, a su vez, hicieron también un invento que se abrió por sí mismo paso por todo el continente, pero retornando a Francia con amor siempre renovado, hasta que acabó adquiriendo carta de ciudadanía en la mitad de sus departamentos: el estado de sitio. ¡Magnífico invento, aplicado periódicamente en cada una de las crisis sucesivas en el curso de la revolución francesa! Y el cuartel y el vivac, puestos así, periódicamente, por encima de la sociedad francesa para aplastarle el cerebro y convertirla en un ser tranquilo; el sable y el mosquetón, que periódicamente regentaban la justicia y la administración, ejercían tutela y censura, hacían funciones de policía y oficio de serenos; el bigote y la guerrera, que se preconizaban periódicamente como la sabiduría suprema y como los rectores de la sociedad, ¿no tenían necesariamente el cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerrera, que dar por último en la ocurrencia de que era mejor salvar a la sociedad de una vez para siempre, proclamando su propio régimen como el más alto de todos y descargan-
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do por completo a la sociedad burguesa del cuidado de gobernarse por sí misma? El cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerrera tenían necesariamente que dar en esta ocurrencia, con tanta mayor razón cuanto que de este modo podían esperar también una mejor recompensa por sus altos servicios, mientras que limitándose a decretar periódicamente el estado de sitio y a salvar transitoriamente a la sociedad por encargo de esta o aquella fracción de la burguesía, se conseguía poco de sólido, fuera de algunos muertos y heridos y de algunas muecas amistosas de burgueses. ¿Por qué el elemento militar no podía jugar por fin de una vez al estado de sitio en su propio interés y para su propio beneficio, sitiando al mismo tiempo las bolsas burguesas? Por lo demás, no olvidemos, digámoslo de pasada, que el coronel Bernard, aquel mismo presidente de la Comisión militar que bajo Cavaignac tenía, sin juicio, a 15.000 insurrectos deportados, vuelve a hallarse en este momento a la cabeza de las Comisiones militares que actúan en París.
   
Si los republicanos "honestos", los republicanos puros, plantaron con el estado de sitio de París el vivero en que habían de criarse los pretorianos del 2 de diciembre de 1851, merecen en cambio que se ensalce en ellos el que, lejos de exagerar el sentimiento nacional como habían hecho bajo Luis Felipe, ahora, cuando disponen del Poder de la nación, se arrastran a los pies del extranjero, y en vez de liberar a Italia, hacen que vuelvan a ocuparla los austríacos y los napolitanos[27]. La elección de Luis Bonaparte como presidente, el Io de diciembre de 1848, puso fin a la dictadura de Cavaignac y a la Constituyente.
   
En el artículo 44 de la Constitución, se dice: "El presidente de la República Francesa no deberá haber perdido nunca la ciudadanía francesa". El primer presidente de la Repúbli-
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ca Francesa, L. N. Bonaparte, no sólo había perdido la ciudadania francesa, no sólo había sido agente especial de la policía inglesa, sino que era incluso un suizo naturalizado[28].
   
Ya he expuesto en otro lugar[29] la significación de las elecciones del 10 de diciembre. No he de volver aquí sobre esto. Baste observar que fue una reacción de los campesinos, que habían tenido que pagar los costos de la revolución de Febrero, contra las demás clases de la nación, una reacción del campo contra la ciudad. Esta reacción encontró gran eco en el ejército, al que los republicanos del National no habían dado fama ni aumento de sueldo; entre la gran burguesía, que saludó en Bonaparte el puente hacia la monarquía; entre los proletarios y los pequeños burgueses, que le saludaron como un azote para Cavaignac. Más adelante he de tener ocasión de examinar más en detalle la actitud de los campesinos hacia la revolución francesa.
   
La época que va desde el 20 de diciembre de 1848 hasta la disolución de la Constituyente en mayo de 1849, abarca la historia del ocaso de los republicanos burgueses. Después de haber creado una república para la burguesía y de haber expulsado del campo de lucha al proletariado revolucionario y a la pequeña burguesía democrática, reducida provisionalmente al silencio, se ven ellos mismos puestos al margen por la masa de la burguesía, que con justo derecho embarga a esta república como cosa de su propiedad. Pero esta masa burguesa era monárquica. Una parte de ella, los grandes terratenientes, había dominado bajo la Restauración y era, por tanto, legitimista [30]. La otra parte, los aristócratas financieros y los grandes industriales, había dominado bajo la monarquía de Julio y era, por consiguiente, orleanista [31]. Los altos dignatarios dei Ejército, de la Universidad, de la Iglesia, del Foro, de la Academia y de la Prensa, se repartían entre ambos campos, aun-
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que en distinta proporción. Aquí, en la república burguesa, que no ostentaba el nombre de Borbón ni el nombre de Orleáns, sino el nombre de Capital, habían encontrado la forma de gobierno bajo la cual podían dominar conjuntamente. Ya la insurrección de Junio los había unido en las filas del "partido del orden". Ahora, se trataba ante todo de eliminar a la pandilla de los republicanos burgueses que ocupaban todavía los escaños de la Asamblea Nacional. Y todo lo que estos republicanos puros habían tenido de brutales para abusar de la fuerza física contra el pueblo, lo tuvieron ahora de cobardes, de pusilánimes, de tímidos, de alicaidos, de incapaces de luchar para mantener su republicanismo y su derecho de legisladores frente al Poder Ejecutivo y los monárquicos. No tengo por qué relatar aquí la historia ignominiosa de su disolución. No cayeron, se acabaron. Su historia ha terminado para siempre, y en el periodo siguiente ya sólo figuran, lo mismo dentro que fuera de la Asamblea, como recuerdos, recuerdos que parecen revivir de nuevo tan pronto como se trata del mero nombre de República y cuantas veces el conflicto revolucionario amenaza con descender hasta el nivel más bajo. Diré de pasada que el periódico que dio su nombre a este partido, el National, se pasó en el período siguiente al socialismo.
   
Antes de terminar con este período, tenemos que echar todavía una ojeada retrospectiva a los dos poderes, uno de los cuales anuló al otro el 2 de diciembre de 1851, mientras que desde el 20 de diciembre de 1848 hasta el retiro de la Constituyente vivieron en relaciones maritales. Nos referimos, de un lado, a Luis Bonaparte y, de otro lado, al partido de los monárquicos coligados, al partido del orden, al partido de la gran burguesía. Al tomar posesión de la presidencia, Bonaparte formó inmediatamente un ministerio del partido del orden, al frente del cual puso a Odilon Barrot, que era, nótese
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bien, el antiguo dirigente de la fracción más liberal de la burguesía parlamentaria. Por fin, el señor Barrot había cazado la cartera de ministro cuyo espectro le perseguía desde 1830, y más aún, la presidencia del ministerio; pero no como lo había soñado bajo Luis Felipe, como el jefe más avanzado de la oposición parlamentaria, sino con la misión de matar un parlamento y como aliado de todos sus peores enemigos, los jesuitas y los legitimistas. Por fin, pudo casarse con la novia, pero sólo después de que ésta había sido ya prostituida. En cuanto a Bonaparte, se eclipsó en apariencia totalmente. Aquel partido actuaba por él.
   
Ya en el primer consejo de ministros se acordó la expedición a Roma, que se convino en realizar a espaldas de la Asamblea Nacional y arrancándole los medios financieros bajo un pretexto falso. Así comenzó la cosa, estafando a la Asamblea Nacional y con una conspiración secreta con las potencias absolutistas extranjeras contra la república revolucionaria romana. Del mismo modo y con la misma maniobra, Bonaparte preparó su golpe del 2 de diciembre contra la Asamblea Legislativa monárquica y su república constitucional. No olvidemos que el mismo partido, que el 20 de diciembre de 1848 formaba el ministerio de Bonaparte, formaba el 2 de diciembre de 1851 la mayoría de la Asamblea Nacional Legislativa.
   
La Constituyente había acordado en agosto no disolverse hasta después de elaborar y promulgar toda una serie de leyes orgánicas complementarias de la Constitución. El partido del orden le propuso el 6 de enero de 1849, por medio del diputado Rateau, no tocar las leyes orgánicas y acordar más bien su propia disolución. No sólo el ministerio, con el señor Odilon Barrot a la cabeza, sino todos los diputados monárquicos de la Asamblea Nacional le hicieron saber en este momento,
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en tono imperativo, que su disolución era necesaria para restablecer el crédito, para consolidar el orden, para poner fin a aquella indefinida situación provisional y crear un estado de cosas definitivo; que la Asamblea entorpecía la actividad del nuevo gobierno y sólo procuraba alargar su vida por rencor, que el país estaba cansado de ella. Bonaparte tomó nota dé todas estas invectivas contra el Poder Legislativo, se las aprendió de memoria y, el 2 de diciembre de 1851, demostró a los monárquicos parlamentarios que había aprovechado sus lecciones. Repitió contra ellos sus propios tópicos.
   
El ministerio Barrot y el partido del orden fueron más allá. Hicieron que de toda Francia se dirigiesen solicitudes a la Asamblea Nacional pidiendo a ésta muy amablemente que se retirase. De este modo, lanzaron a la batalla contra la Asamblea Nacional, expresión constitucionalmente organizada del pueblo, sus masas no organizadas. Enseñaron a Bonaparte a apelar ante el pueblo contra las asambleas parlamentarias. Por fin, el 29 de enero de 1849 llegó el día en que la Constituyente había de resolver el problema de su propia disolución. La Asamblea Nacional se encontró con el edificio en que se celebraban sus sesiones ocupado militarmente; Changarnier, el general del partido del orden, en cuyas manos se concentraba el mando supremo sobre la Guardia Nacional y las tropas de línea, celebró en París una gran revista de tropas, como en vísperas de una batalla, y los monárquicos coligados declararon conminatoriamente a la Constituyente, que si no se mostraba sumisa, se emplearía la fuerza. Se mostró sumisa y regateó únicamente un plazo brevísimo de vida. ¿Qué fue el 29 de enero sino el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, sólo que ejecutado por los monárquicos juntamente con Bonaparte contra la Asamblea Nacional republicana? Aque-
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llos señores no advirtieron o no quisieron advertir que Bonaparte se valió del 29 de enero de 1849 para hacer que desfilase ante él, por las Tullerías, una parte de las tropas y se agarró ávidamente a esta primera demostración pública del poder militar contra el poder parlamentario, para hacer alusión a Calígula. Claro está que ellos no veían más que a su Changarnier.
   
El motivo que llevó especialmente al partido del orden a acortar vioientamente la vida de la Constituyente fueron las leyes orgánicas complementarias de la Constitución, como la ley de enseñanza, la ley de cultos, etc. A los monárquicos coligados les interesaba en extremo hacer ellos mismos estas leyes y no dejar que las hiciesen los republicanos ya recelosos. Entre estas leyes orgánicas figuraba también, sin embargo, una ley sobre la responsabilidad del presidente de la república. En 1851, la Asamblea Legislativa se ocupaba precisamente de la redacción de esta ley, cuando Bonaparte paró este golpe con el golpe del 2 de diciembre. ¡Qué no hubieran dado los monárquicos coligados, en su campaña parlamentaria del invierno de 185I, por haberse encontrado ya hecha la ley sobre la responsabilidad presidencial! ¡Y hecha además por una Asamblea desconfiada, rencorosa, republicana!
   
Después de que la misma Constituyente había roto el 29 de enero de 1849 su última arma, el ministerio Barrot y los amigos del orden la acosaron a muerte, no dejaron por hacer nada que pudiera humillarla y arrancaron a su debilidad y a su falta de confianza en sí misma leyes que le costaron el último residuo de respeto de que aún gozaba entre el público. Bonaparte, con su idea fija napoleónica, fue lo suficientemente audaz para explotar públicamente esta degradación del poder parlamentario. En efecto, cuando el 8 de mayo de 1849 la Asamblea Nacional dio un voto de censura al gobierno por
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la ocupación de Civitavecchia por Oudinot y ordenó que se redujese la expedición romana a su supuesta finalidad[32], Bonaparte publicó en el Moniteur, en la tarde del mismo día, una carta a Oudinot en la que le felicitó por sus heroicas hazañas, y se presentó ya, por oposición a los escritorcillos parlamentarios, como el generoso protector del ejército. Los monárquicos, al ver esto, se sonrieron, creyendo sencillamente que habían logrado embaucarle. Por fin, cuando Marrast, presidente de la Constituyente, creyó en peligro por un momento la seguridad de la Asamblea Nacional, y, apoyándose en la Constitución, requirió a un coronel con su regimiento, el coronel se negó a obedecer e invocó la disciplina y remitió a Marrast a Changarnier, quien le despidió sardónicamente, diciéndole que no le gustaban las baionnettes intelligentes. En noviembre de 1851, cuando los monárquicos coligados quisieron comenzar la lucha decisiva contra Bonaparte, intentaron, con su célebre proyecto de ley sobre los cuestores [33], hacer adoptar el principio de la requisición directa de las tropas por el presidente de la Asamblea Nacional. Uno de sus generales, Leflô, había suscrito el proyecto de ley. Fue inútil que Changarnier votase en favor de la propuesta y que Thiers rindiese homenaje a la circunspecta sabiduría de la antigua Constituyente. El ministro de la Guerra, St. Arnaud, le contestó como Changarnier había contestado a Marrast, ¡y entre los gritos de aplauso de la Montaña!
   
Así fue como el mismo partido del orden, cuando todavía no era Asamblea Nacional, cuando sólo era ministerio, estigmatizó el régimen parlamentario. ¡Y pone el grito en el cielo, cuando, el 2 de diciembre de 185I, este régimen es desterrado de Francia!
   
¡Que lleve feliz viaje!
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El 28 de mayo de 1849 se reunió la Asamblea Nacional Legislativa. El 2 de diciembre de 1851 fue disuelta. Este período abarca la vida de la república constitucional o parlamentaria.
   
En la primera revolución francesa, a la dominación de los constitucionales sigue la dominación de los girondinos [34], y a la dominación de los girondinos la de los jacobinos [35]. Cada uno de estos partidos se apoya en el más avanzado. Tan pronto como ha impulsado la revolución lo suficiente para no poder seguirla, y mucho menos para poder encabezarla, es desplazado y enviado a la guillotina por el aliado más intrépido que está detrás de él. La revolución se mueve de este modo en un sentido ascensional.
   
En la revolución de 1848 es al revés. El partido proletario aparece como apéndice del pequeñoburgués-democrático. Este le traiciona y contribuye a su derrota el 16 de abril, el 15 de mayo[36] y en las jornadas de Junio. A su vez, el partido democrático se apoya sobre los hombros del republicano-burgués. Apenas se consideran seguros, los republicanos burgueses se sacuden el molesto camarada y se apoyan a su vez sobre los hombros del partido del orden. El partido del orden levanta sus hombros, deja caer a los republicanos burgueses dando volteretas y salta a su vez a los hombros del Poder armado. Y cuando cree que está todavía sentado sobre esos hombros, una buena mañana se encuentra con que los hombros se han convertido en bayonetas. Cada partido da coces por detrás al que empuja hacia adelante y se apoya por delante en el partido que tira para atrás. No es extraño que en esta ridícula postura, pierda el equilibrio y se venga a tierra entre extrañas
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cabriolas, después de hacer las muecas inevitables. De este modo, la revolución se mueve en sentido descendente. En este movimiento de retroceso se encuentra todavía antes de desmontarse la última barricada de Febrero y de constituirse la primera autoridad revolucionaria.
   
El período que tenemos ante nosotros abarca la mezcolanza más abigarrada de clamorosas contradicciones: constitucionales que conspiran abiertamente contra la Constitución, revolucionarios que confiesan ser constitucionales, una Asamblea Nacional que quiere ser omnipotente y no deja de ser ni un solo momento parlaméntaria; una Montaña que encuentra su misión en la resignación y consuela los golpes de sus derrotas presentes con la profecía de victorias futuras; monárquicos que son los patres conscripti [*] de la república y se ven obligados por la situación a mantener en el extranjero las dinastías reales en pugna, de que son partidarios, y sostener en Francia la república, a la que odian; un Poder Ejecutivo que encuentra en su misma debilidad su fuerza, y su respetabilidad en el desprecio que inspira; una república que no es más que la infamia combinada de dos monarquías, la de la Restauración y la de Julio, con una etiqueta imperial; alianzas cuya primera cláusula es la separación; luchas cuya primera ley es la indecisión; en nombre de la calma una agitación desenfrenada y vacua; en nombre de la revolución los más solemnes sermones en favor de la tranquilidad; pasiones sin verdad; verdades sin pasión; héroes sin hazañas; historia sin acontecimientos; un proceso cuya única fuerza propulsora parece ser el calendario, fatigoso por la sempiterna repetición de tensiones y relajamientos; antagonismos que sólo parecen exaltarse periódicamente para embotarse y decaer, sin poder resolverse;
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esfuerzos pretenciosamente ostentados y espantos burgueses ante el peligro del fin del mundo y al mismo tiempo los salvadores de éste tejiendo las más mezquinas intrigas y comedias palaciegas, que en su laisser aller [*] recuerdan más que el Juicio Final los tiempos de la Fronda[37]; el genio colectivo oficial de Francia ultrajado por la estupidez ladina de un solo individuo; la voluntad colectiva de la nación, cuantas veces habla en el sufragio universal, buscando su expresión adecuada en los enemigos empedernidos de los intereses de las masas, hasta que, por último, la encuentra en la tozudez de un filibustero. Si hay pasaje de la historia pintado en gris sobre fondo gris, es éste. Hombres y acontecimientos aparecen como un Schlemihl[*] a la inversa, como sombras que han perdido a sus cuerpos. La misma revolución paraliza a sus propios portadores y sólo dota de violencia pasional a sus adversarios. Y cuando, por fin, aparece el "espectro rojo", constantemente evocado y conjurado por los contrarrevolucionarios, no aparece tocado con el gorro frigio[38] de la anarquía, sino vistiendo el uniforme del orden, con zaraguelles rojos.
   
Veíamos que el ministerio nombrado por Bonaparte el 20 de diciembre de 1848, el día de su ascensión, era un ministerio del partido del orden, de la coalición legitimista y orleanista. Este ministerio Barrot-Falloux había sobrevivido a la Constituyente republicana, cuya vida había acortado de un modo más o menos violento, y empuñaba todavía el timón. Changarnier, el general de los monárquicos coligados, seguía concentrando en su persona el alto mando de la primera división militar y de la Guardia Nacional de París. Finalmente, las
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elecciones generales habían asegurado al partido del orden la gran mayoría en la Asamblea Nacional. Aquí, los diputados y los pares de Luis Felipe se encontraron con un santo tropel de legitimistas para quienes numerosas papeletas electorales de la nación se habían trocado en entradas para la escena política. Los diputados bonapartistas eran demasiado contados para poder formar un partido parlamentario independiente. Sólo aparecían como una mauvaise queue [*] del partido del orden. Como vemos, el partido del orden tenía en sus manos el Poder del gobierno, el ejército y el cuerpo legislativo; en una palabra, todos los poderes del Estado, y hallábase fortalecido moralmente por las elecciones generales que hacían aparecer su dominación como voluntad del pueblo, y por la victoria simultánea de la contrarrevolución en todo el continente europeo.
   
Jamás un partido abrió la campaña con medios más abundantes ni bajo mejores auspicios.
   
Los republicanos puros naufragados se vieron reducidos en la Asamblea Nacional Legislativa a una pandilla de unos 50 hombres, y a su frente los generales africanos Cavaignac Lamoriciere y Bédeau. Pero el gran partido de oposición lo formaba la Montaña. Con este nombre parlamentario se había bautizado el partido socialdemócrata. Disponía de más de 200 de los 750 votos de la Asamblea Nacional y era, por lo menos, tan fuerte como cualquiera de las tres fracciones del partido del orden por separado. Su minoría relativa frente a toda la coalición monárquica parecía estar compensada por circunstancias especiales. No sólo porque las elecciones departamentales pusieron de manifiesto que este partido había ganado simpatías considerables entre la población del campo.
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Contaba además en sus filas con casi todos los diputados de París, el ejército había hecho una confesión de fe democrática mediante la elección de tres suboficiales, y el jefe de la Montaña, Ledru-Rollin, a diferencia de todos los representantes del partido del orden, fue elevado al rango de la nobleza parlamentaria por cinco departamentos que habían concentrado sus votos en él. Por tanto, el 28 de mayo de 1849, dados los inevitables choques intestinos de los monárquicos y los de todo el partido del orden con Bonaparte, la Montaña parecía contar con todos los elementos de éxito. Catorce días después lo había perdido todo, hasta el honor.
   
Antes de proseguir con la historia parlamentaria, son indispensables algunas observaciones, para evitar los errores corrientes acerca del carácter total de la época que tenemos delante. Según la manera de ver de los demócratas, durante el período de la Asamblea Nacional Legislativa el problema es el mismo que el del período de la Constituyente: la simple lucha entre republicanos y monárquicos. En cuanto al movimiento mismo lo encierran en un tópico: "reacción ", la noche, en la que todos los gatos son pardos y que les permite salmodiar todos sus habituales lugares comunes, dignos de su papel de sereno. Y, ciertamente, a primera vista el partido del orden parece un ovillo de diversas fracciones monárquicas, que no sólo intrigan unas contra otras para elevar cada cual al trono a su propio pretendiente y eliminar al del bando contrario, sino que, además, se unen todas en el odio común y en los ataques comunes contra la "república". Por su parte, la Montaña aparece como la representante de la "república" frente a esta conspiración monárquica. El partido del orden aparece constantemente ocupado en una "reacción" que, ni más ni menos que en Prusia, va contra la prensa, contra la asociación, etc., y se traduce, al igual que en Prusia, en bru-
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tales ingerencias policíacas de la burocracia, de la gendarmeria y de los tribunales. A su vez, la "Montaña" está constantemente ocupada con no menos celo en repeler estos ataques, defendiendo así los "eternos derechos humanos", como todo partido sedicente popular lo viene haciendo más o menos desde hace siglo y medio. Sin embargo, examinando más de cerca la situación y los partidos se esfuma esta apariencia superficial, que vela la lucha de clases y la peculiar fisonomía de este periodo.
   
Legitimistas y orleanistas formaban, como queda dicho, las dos grandes fracciones del partido del orden. ¿Qué és lo que hacía que estas fracciones se aferrasen a sus pretendientes y las mantenía mutuamente separadas? ¿No era acaso más que las flores de lis y el tricolor de la dinastía de Borbón y la de Orleáns, distintos matices de monarquismo, era acaso, en general, la profesión de fe monárquica? Bajo los Borbones había gobernado la gran propiedad territorial, con sus curas y sus lacayos; bajo los Orleáns, la alta finanza, la gran industria, el gran comercio, es decir, el capital, con todo su séquito de abogados, profesores y retóricos. La monarquía legítima no era más que la expresión política de la dominación heredada de los señores de la tierra, del mismo modo que la monarquía de Julio no era más que la expresión política de la dominación usurpada de los advenedizos burgueses. Lo que, por tanto, separaba a estas fracciones no era eso que llaman principios, eran sus condiciones materiales de vida, dos especies distintas de propiedad; era el viejo antagonismo entre la ciudad y el campo, la rivalidad entre el capital y la propiedad del suelo. Que, al mismo tiempo, había viejos recuerdos, enemistades personales, temores y esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías y antipatías, convicciones, artículos de fe y principios que los mantenían unidos a una u otra dinastía, ¿quién
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lo niega? Sobre las diversas formas de propiedad, sobre las condiciones sociales de existencia, se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar. La clase entera los crea y los plasma derivándolos de sus bases materiales y de las relaciones sociales correspondientes. El individuo suelto, a quien se los imbuye la tradición y la educación, podrá creer que son los verdaderos móviles y el punto de partida de su conducta. Aunque los orleanistas y los legitimistas, aunque cada fracción se esfuerce por convencerse a sí misma y por convencer a la otra de que lo que las separa es la lealtad a sus dos dinastías, los hechos demostraron más tarde que eran más bien sus intereses divididos lo que impedía que las dos dinastías se uniesen. Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones de los partidos y su organismo real y sus intereses reales, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son. Orleanistas y legitimistas se encontraron en la república los unos unto a los otros y con idénticas pretensiones. Si cada parte quería imponer frente a la otra la restauración de su propia dinastía, esto sólo significaba una cosa: que cada uno de los dos grandes intereses en que se divide la burguesía -- la propiedad del suelo y el capital -- aspiraba a restaurar su propia supremacía y la subordinación del otro. Hablamos de dos in tereses de la burguesía, pues la gran propiedad del suelo, pese a su coquetería feudal y a su orgullo de casta, estaba completamente aburguesada por el desarrollo de la sociedad moderna. También los tories[39] en Inglaterra se hicieron durante mucho tiempo la ilusión de creer que se entusiasmaban con la monarquía, la Iglesia y las bellezas de la vieja Constitución
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inglesa, hasta que llegó el día del peligro y les arrancó la confesión de que sólo se entusiasmaban con la renta del suelo.
   
Los monárquicos coligados intrigaban unos contra otros en la prensa, en Ems, en Claremont,[40] fuera del parlamento. Entre bastidores, volvían a vestir sus viejas libreas orleanistas y legitimistas y reanudaban sus viejos torneos. Pero en la escena pública, en sus acciones y representaciones dramáticas, como gran partido parlamentario, despachaban a sus respectivas dinastías con simples reverencias y aplazaban la restauración de la monarquía in infinitum. Cumplían con su verdadero oficio como partido del orden, es decir, bajo un título social y no bajo un título político, como representantes del régimen social burgués y no como caballeros de ninguna princesa peregrinante, como clase burguesa frente a otras clases y no como monárquicos frente a republicanos. Y, como partido del orden, ejercieron una dominación más ilimitada y más dura sobre las demás clases de la sociedad que la que habían ejercido nunca bajo la restauración o bajo la monarquía de Julio, como sólo era posible ejercerla bajo la forma de la república parlamentaria, pues sólo bajo esta forma podían unirse los dos grandes sectores de la burguesía francesa, y por tanto poner a la orden del día la dominación de su clase en vez del régimen de un sector privilegiado de ella. Si, a pesar de esto y también como partido del orden, insultaban a la república y manifestaban la repugnancia que sentían por ella, no era sólo por apego a sus recuerdos monárquicos. El instinto les enseñaba que la república había coronado indudablemente su dominación política, pero al mismo tiempo socavaba su base social, ya que ahora se enfrentaban con las clases sojuzgadas y tenían que luchar con ellas sin ningún género de mediación, sin poder ocultarse detrás de la corona, sin poder desviar el interés de la nación mediante sus luchas subalternas intestinas
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y con la monarquía. Era un sentimiento de debilidad el que las hacía retroceder temblando ante las condiciones puras de su dominación de clase y suspirar por las formas más incompletas, menos desarrolladas y precisamente por ello menos peligrosas de su dominación. En cambio, cuantas veces los monárquicos coligados chocan con el pretendiente que tienen enfrente, con Bonaparte, cuantas veces creen qlle el Poder Ejecutivo hace peligrar su omnipotencia parlamentaria, cuantas veces tienen que exhibir, por tanto, el título politico de su dominación, actúan como republicanos y no como monárquicos. Desde el orleanista Thiers, quien advierte a la Asamblea Nacional que la república es lo que menos los separa, hasta el legitimista Berryer, que el 2 de diciembre de 1851, ceñido con la banda tricolor, arenga como tribuno, en nombre de la república, al pueblo congregado delante del edificio de la alcaldía del décimo arrondissement *. Claro está que el eco burlón le contestaba con este grito: ¡Enrique V, Enrique V¡
   
Frente a la burguesía coligada se había formado una coalición de pequeños burgueses y obreros, el llamado partido socialdemócrata. Los pequeños burgueses viéronse mal recompensados después de las jornadas de Junio de 1848, vieron en peligro sus intereses materiales y puestas en tela de juicio por la contrarrevolución las garantias democráticas que habían de asegurarles la posibilidad de hacer valer aquellos intereses. Se acercaron, por tanto, a los obreros. De otra parte, su representación parlamentaria, la Montaña, puesta al margen durante la dictadura de los republicanos burgueses, había reconquistado durante la última mitad de la vida de la Constituyente su perdida popularidad con la lucha contra Bonaparte y los ministros monárquicos. Había concertado una alianza con los
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jefes socialistas. En febrero de 1849 se festejó con banquetes la reconciliación. Se esbozó un programa común, se crearon comités electorales comunes y se proclamaron candidatos comunes. A las reivindicaciones sociales del proletariado se les limó la punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía se les despojó de la forma meramente política y se afiló su punta socialista. Así nació la socialdemocracia. La nueva Montaña, fruto de esta combinación, contenía, prescindiendo de algunos figurantes de la clase obrera y de algunos sectarios socialistas, los mismos elementos que la vieja, sólo que más fuertes en número. Pero, en el transcurso del proceso había cambiado, con la clase a que representaba. El carácter peculiar de la socialdemocracia se resume en el hecho de exigir instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antitesis y convertirla en armonía. Por mucho que difieran las medidas propuestas para alcanzar este fin, por mucho que se adorne con concepciones más o menos revolucionarias, el contenido es siempre el mismo. Este contenido es la transformación de la sociedad por vía democrática, pero una transformación dentro del marco de la pequeña burguesía. No vaya nadie a formarse la idea limitada de que la pequeña burguesía quiere imponer, por principio, un interés egoísta de clase. Ella cree, por el contrario, que las condiciones especiales de su emancipación son las condiciones generales fuera de las cuales no puede ser salvada la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases. Tampoco debe creerse que los representantes democráticos son todos shopkeepers * o gentes que se entusiasman con ellos. Pueden estar a un mundo de distancia de ellos,
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por su cultura y su situación individual. Lo que los hace representantes de la pcqueña burguesía es que no van más allá, en cuanto a mentalidad, de donde van los pequeños burgueses en sistema de vida; que, por tanto, se ven teóricamente impulsados a los mismos problemas y a las mismas soluciones a que impulsan a aquéllos, prácticamente, el interés material y la situación social. Tal es, en general, la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase por ellos representada.
   
Por todo lo expuesto, se comprende de por sí que aunque la Montaña luchase constantemente con el partido del orden en torno a la república y a los llamados derechos del hombre, ni la república ni los derechos del hombre eran su fin último, del mismo modo que un ejército al que se quiere despojar de sus armas y que se apresta a la defensa, no se lanza al terreno de lucha para quedar en posesión de sus armas.
   
Inmediatamente después de reunirse la Asamblea Nacional, el partido del orden provocó a la Montaña. La burguesía sentía ahora la necesidad de acabar con los demócratas pequeñoburgueses, lo mismo que un año antes había comprendido la necesidad de acabar con el proletariado revohlcionario. Pero la situación del adversario era distinta. La fuerza del partido proletario estaba en la calle, y la de los pequeñoburgueses en la misma Asamblea Nacional. Tratábase, pues, de atraerlos de la Asamblea Nacional a la calle y hacer que ellos mismos destrozasen su fuerza parlamentaria antes de que tuviesen tiempo y ocasión para consolidarla. La Montaña corrió hacia la trampa a rienda suelta.
   
El cebo que le echaron fue el bombardeo de Roma por las tropas francesas. Este bombardeo infringía el artículo V de la Constitución,[41] que prohíbe a la República Francesa emplear sus fuerzas armadas contra las libertades de otro pueblo.
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Además, el artículo 54 prohibía toda declaración de guerra por el Poder Ejecutivo sin la aprobación de la Asamblea Nacional, y la Constituyente había desautorizado la expedición a Roma, con su acuerdo del 8 de mayo. Basándose en estas razones, Ledru-Rollin presentó el 11 de junio de 1849 un acta de acusación contra Bonaparte y sus ministros. Azuzado por las picadas de avispa de Thiers, se dejó arrastrar incluso a la amenaza de que estaba dispuesto a defender la Constitución por todos los medios, hasta con las armas en la mano. La Montaña se levantó como un solo hombre y repitió este llamamiento a las armas. El 12 de junio, la Asamblea Nacional desechó el acta de acusación, y la Montaña abandonó el parlamento. Los acontecimientos del 13 de junio son conocidos: la proclama de una parte de la Montaña declarando "fuera de la Constitución" a Bonaparte y sus ministros; la procesión callejera de los guardias nacionales democráticos, que, desarmados como iban, se dispersaron a escape al encontrarse con las tropas de Changarnier, etc., etc. Una parte de la Montaña huyó al extranjero, otra parte fue entregada al Tribunal Supremo de Bourges, y un reglamento parlamentario sometió al resto a la vigilancia magisterial del presidente de la Asamblea Nacional. En París se declaró nuevamente el estado de sitio, y la parte democrática de su Guardia Nacional fue disuelta. Así, se destrozaba la influencia de la Montaña en el parlamento y la fuerza de los pequeños burgueses en París.
   
En Lyon, donde el 13 de junio se había dado la señal para un sangriento levantamiento obrero, se declaró también el estado de sitio, que se hizo extensivo a los cinco departamentos circundantes, situación que dura hasta el momento actual.
   
El grueso de la Montaña dejó en la estacada a su vanguardia, negándose a firmar la proclama de ésta. La prensa desertó, y sólo dos periódicos se atrevieron a publicar el pronun-
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ciamiento. Los pequeños burgueses traicionaron a sus representantes: los guardias nacionales no aparecieron, y donde aparecieron fue para impedir que se levantasen barricadas. Los representantes habían engañado a los pequeños burgueses, ya que a los pretendidos afiliados del ejército no se les vio por ninguna parte. Finalmente, en vez de obtener un refuerzo del proletariado, el partido democrático le contagió su propia debilidad, y, como suele ocurrir con las hazañas democráticas, los jefes tuvieron la satisfacción de poder acusar a su "pueblo" de deserción, y el pueblo la de poder acusar de engaño a sus jefes.
   
Rara vez se había anunciado una acción con más estrépito que la campaña inminente de la Montaña, rara vez se había trompeteado un acontecimiento con más seguridad ni con más anticipación que la victoria inevitable de la democracia. Indudablemente, los demócratas creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó[42]. Y cuantas veces se enfrentan con las murallas del despotismo, intentan repetir el milagro. Si la Montaña quería véncer en el parlamento, no debió llamar a las armas. Y si llamaba a las armas en el parlamento, no debía comportarse en la calle parlamentariamente. Si la manifestación pacífica era un propósito serio, era necio no prever que se la habría de recibir belicosamente. Y si se pensaba en una lucha efectiva, era peregrino deponer las armas con las que esa lucha había de librarse. Pero las amenazas revolucionarias de los pequeños burgueses y de sus representantes democráticos no son más que intentos de intimidar al adversario. Y cuando se ven metidos en un atolladero, cuando se han comprometido ya lo bastante para verse obligados a ejecutar sus amenazas, lo hacen de un modo equívoco, evitando, sobre todo, los medios que llevan al fin propuesto y acechan todos los pretextos para sucumbir. Tan
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pronto como hay que romper el fuego, la estrepitosa obertura que anunció la lucha se pierde en un pusilánime refunfuñar, los actores dejan de tomar su papel au sérieux [*] y la acción se derrumba lamentablemente, como un balón lleno de aire al que se le pincha con una aguja.
   
Ningún partido exagera más ante él mismo sus medios que el democrático, ninguno se engaña con más ligereza acerca de la situación. Puesto que una parte del ejército había votado a su favor, la Montaña estaba ya convencida de que el ejército se sublevaría por ella. ¿Y con qué motivo? Con un motivo que, desde el punto de vista de las tropas, no tenía otro sentido que el que los revolucionarios se ponían al lado de los soldados romanos y en contra de los soldados franceses. De otra parte, estaba todavía demasiado fresco el recuerdo del mes de junio de 1848, para que el proletariado no sintiese una profunda repugnancia contra la Guardia Nacional, y los jefes de las sociedades secretas una desconfianza completa hacia los jefes democráticos. Para superar estas diferencias, harían falta grandes intereses comunes que estuviesen en juego. La infracción de un artículo constitucional abstracto no podía brindar un tal interés. ¿Acaso no se había violado ya repetidas veces la Constitución según aseguraban los propios demócratas? ¿Y acaso los periódicos más populares no habían estigmatizado esta Constitución como un amaño contrarrevolucionario? Pero el demócrata, como representa a la pequeña burguesía, es decir, a una clase de transición, en la que los intereses de dos clases se embotan el uno contra el otro, cree estar por encima del antagonismo de clases en general. Los demócratas reconocen que tienen enfrente a una clase privilegiada, pero ellos, con todo el resto de la nación que los circun-
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da, forman el pueblo. Lo que ellos representan es el derecho del pueblo ; lo que les interesa es el interés del pueblo. Por eso, cuando se prepara una lucha, no necesitan examinar los intereses y las posiciones de las distintas clases. No necesitan ponderar con demasiada escrupulosidad sus propios medios. No tienen más que dar la señal, para que el pueblo, con todos sus recursos inagotables, caiga sobre los opresores. Y si, al poner en práctica la cosa, sus intereses resultan no interesar y su poder ser impotencia, la culpa la tienen los sofistas perniciosos, que escinden al pueblo indivisible en varios campos enemigos, o el ejército, demasiado embrutecido y cegado pata ver en los fines puros de la democracia lo mejor para él, o bien ha fracasado todo por un detalle de ejecución, o ha surgido una casualidad imprevista que ha malogrado la partida por esta vez. En todo caso, el demócrata sale de la derrota más ignominiosa tan inmaculado como inocente entró en ella, con la convicción de nuevo adquirida de que tiene necesariamente que vencer, no de que él mismo y su partido tienen que abandonar la vieja posición, sino de que, por el contrario, son las condiciones las que tienen que madurar para ponerse a tono con él.
   
Por eso no debemos formarnos una idea demasiado trágica de la Montaña diezmada, destrozada y humillada por el nuevo reglamento parlamentario. Si el 13 de junio eliminó a sus jefes, por otra parte abrió paso a capacidades de segundo rango, a quienes esta nueva posición halagaba. Si su impotencia en el parlamento ya no dejaba lugar a dudas, esto les daba ahora también derecho a limitar sus actos a estallidos de indignación moral y a estrepitosas declamaciones. Si el partido del orden aparentaba ver encarnados en ellos, como últimos representantes oficiales de la revolución, todos los horrores de la anarquía, estc les permitía comportarse en la práctica
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con tanta mayor trivialidad y humildad. Y del 13 de junio se consolaban con este giro profundo: Pero, si se osa tocar el sufragio universal, ¡ah, entonces! ¡Entonces verán quiénes somos nosotros! Nous verrons [*]
   
Por lo que se refiere a los "montañeses" huidos al extranjero, basta observar que Ledru-Rollin, en vista de que había conseguido arruinar irremisiblemente en menos de dos semanas el potente partido a cuyo frente estaba, se creyó llamado a formar un gobierno francés in partibus ; que a lo lejos, desgajada del campo de acción, su figura parecía ganar en talla a medida que bajaba el nivel de la revolución y las magnitudes oficiales de la Francia oficial iban haciéndose enanas; que pudo figurar como pretendiente republicano para 1852; que dirigía circulares periódicas a los valacos y a otros pueblos, en las que se amenazaba a los déspotas del continente con sus hazañas y las de sus aliados. Proudhon tenía toda la razón cuando gritó a estos señores: Vous n'etes que des blagueurs ![**]
   
El 13 de junio, el partido del orden no sólo había quebran tado la fuerza de la Montaña, sino que había impuesto el sometimiento de la Constitución a los acuerdos de la mayoría de la Asamblea Nacional. Y así entendía él la república, como el régimen en el que la burguesía dominaba bajo formas parlamentarias, sin encontrar un valladar, como bajo la monarquía, en el veto del Poder Ejecutivo o en el derecho de disolver el parlamento. Esto era la república parlamentaria, como la llamaba Thiers. Pero, si el 13 de junio la burguesía aseguró su omnipotencia en el seno del parlamento, ¿no condenaba a éste a una debilidad incurable frente al Poder Ejecutivo y al pueblo, al repudiar a la parte más popular de la Asamblea?
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Al entregar a numerosos diputados, sin más ceremonias, a la requisición de los tribunales, anulaba su propia inmunidad parlamentaria. El reglamento humillante que impuso a la Montaña, elevaba el rango del presidente de la república en la misma proporción en que rebajaba el de cada uno de los representantes del pueblo. Al estigmatizar la insurrección, en defensa del régimen constitucional, como anárquica, como un movimiento encaminado a subvertir la sociedad, la burguesía se cerraba a sí misma el camino del llamamiento a la insurrección, tan pronto como el Poder Ejecutivo violase la Constitución en contra de ella. Y la ironía de la historia quiso que el 2 de diciembre de 1851, el general que bombardeó Roma por orden de Bonaparte, dando así el motivo inmediato para el motín constitucional del 13 de junio, Oudinot, hubiera de ser propuesto al pueblo, en tono implorante y en vano, por el partido del orden, como el general de la Constitución frente a Bonaparte. Otro héroe del 13 de junio, Vieyra, que desde la tribuna de la Asamblea Nacional cosechó elogios por las brutalidades cometidas por él en los locales de periódicos democráticos, al frente de una banda de guardias nacionales pertenecientes a la alta finanza, este mismo Vieyra estaba en el secreto de la conspiración de Bonaparte y contribuyó esencialmente a cortar a la Asamblea Nacional, en sus horas de agonía, todo apoyo por parte de la Guardia Nacional.
   
El 13 de junio tenía, además, otra significación. La Montaña había querido arrancar el que se colocase a Bonaparte en estado de acusación. Por tanto, su derrota era una victoria directa para Bonaparte, el triunfo personal de éste sobre sus enemigos democráticos. El partido del orden había conseguido la victoria y Bonaparte no tenía que hacer más que embolsársela. Así lo hizo. El 14 de junio pudo leerse en los muros de París una proclama en la que el presidente, como sin parti-
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cipación suya, resistiéndose, obligado simplemente por la fuerza de los acontecimientos, sale de su recato claustral, se queja, conlo la virtud ofendida, de las calumnias de sus adversarios, y, mientras parece identificar a su persona con la causa del orden, identifica la causa del orden con su persona. Además, la Asamblea Nacional había aprobado, aunque después de realizada, la expedición contra Roma, pero la iniciativa corrió a cargo de Bonaparte. Después de restituir en el Vaticano al pontífice Samuel, podía esperar entrar en las Tullerías como rey David[43]. Se había ganado a los curas.
   
El motín del 13 de junio se limitó, como hemos visto, a una pacífica procesión callejera. Contra él no se podían, por tanto, ganar laureles guerreros. No obstante, en una época tan pobre en héroes y en acontecimientos, el partido del orden convirtió esta batalla incruenta en un segundo Austerlitz[44]. La tribuna y la prensa ensalzaron el ejército, como el poder del orden, en contraposición a las masas del pueblo, como la impotencia de la anarquía, y glorificaron a Changarnier, como el "baluarte de la sociedad". Un engaño, en el que acabó creyendo hasta él mismo. Pero por debajo de cuerda, fueron desplazados de París los cuerpos que parecían dudosos, los regimientos en que las elecciones habían dado los resultados más democráticos fueron desterrados de Francia a Argelia, las cabezas inquietas que había entre las tropas, enviadas a secciones de castigo, y, por último, sistemáticamente se llevó a cabo el aislamiento de la prensa del cuartel y el del cuartel de la sociedad burguesa.
   
Llegamos aquí al viraje decisivo en la historia de la Guardia Nacional francesa. En 1830 había decidido la caída de la Restauración. Bajo Luis Felipe fracasaron todos los motines en que la Guardia Nacional estaba al lado de las tropas Cuando en las jornadas de Febrero de 1848, se mantuvo en
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actitud pasiva frente a la insurrección y equívoca frente a Luis Felipe, éste se dio por perdido, y lo estaba. Así fue arraigando la convicción de que la revolución no podía vencer sin la Guardia Nacional, ni el ejército podía vencer contra ella. Era la fe supersticiosa del ejército en la omnipotencia civil. Las jornadas de Junio de 1848, en que toda la Guardia Nacional, unida a las tropas de línea, sofocó la insurrección, habían reforzado esta fe supersticiosa. Después de haber subido Bonaparte a la presidencia, la posición de la Guardia Nacional descendió en cierto modo, por la fusión anticonstitucional de su mando con el mando de la primera división militar en la persona de Changarnier.
   
Como el mando sobre la Guardia Nacional aparecía aquí como un atributo del alto mando militar, la Guardia Nacional parecía quedar reducida a un apéndice de las tropas de línea. Por fin, el 13 de junio fue destrozada. Y no sólo por su disolución parcial, que desde aquel momento se repitió periódicamente en todos los puntos de Francia y sólo dejó en pie las ruinas de la Guardia Nacional. La manifestación del 13 de junio fue, sobre todo, una manifestación de los guardias nacionales democráticos. Es cierto que no opusieron al ejército sus armas, sino sólo sus uniformes, pero en este uniforme estaba precisamente el talismán. El ejército se convenció de que el tal uniforme era un trapo de lana como otro cualquiera. El encanto quedó roto. En las jornadas de Junio de 1848, la burguesía y la pequeña burguesía, en calidad de Guardia Nacional, estuvieron unidas con el ejército contra el proletariado el 13 de junio de 1849, la burguesía hizo que el ejército dispersase a la Guardia Nacional pequeñoburguesa; el 2 de diciembre de 1851, había desaparecido la Guardia Nacional de la propia burguesía, y Bonaparte se limitó a registrar este hecho al firmar, después de producido, el decreto de su disolución.
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Así fue como la burguesía rompió ella misma su última arma contra el ejército, pero no tenía más remedio que romperla desde el momento en que la pequeña burguesía no estaba ya detrás de ella como vasallo, sino delante de ella como rebelde, del mismo modo que tenía necesariamente que destruir en general, con sus propias manos, a partir del instante en que se hizo ella misma absolutista, todos sus medios de defensa contra el absolutismo.
   
Entretanto, el partido del orden festejaba la reconquista de un Poder que en 1848 sólo parecía haber perdido para volver a encontrarlo libre de sus trabas en 1849, con invectivas contra la república y la Constitución, maldiciendo todas las revoluciones futuras, presentes y pasadas, incluyendo las hechas por los dirigentes de su mismo partido, y por medio de leyes que amordazaban a la prensa, destruían el derecho de asociación y sancionaban el estado de sitio como institución orgánica. Luego, la Asamblea Nacional suspendió sus sesiones desde mediados de agosto hasta mediados de octubre, después de haber nombrado una comisión permanente para el tiempo que durase su ausencia. Durante estas vacaciones, los legitimistas intrigaron con Ems, los orleanistas con Claremont, Bonaparte mediante excursiones principescas, y los consejos departamentales en cabildeos sobre la revisión constitucional, casos que se repiten con regularidad durante las vacaciones periódicas de la Asamblea Nacional y en los que entraré tan pronto como se conviertan en acontecimientos. Aquí, advertimos tan sólo que la Asamblea Nacional obró impolíticamente al desaparecer de la escena durante tan largo intervalo, dejando que sólo apareciese al frente de la república una figura, aunque lamentable: la de Luis Bonaparte, mientras el partido del orden, para escándalo del público, se descomponía en sus partes integrantes monárquicas y se dejaba llevar por sus ape-
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titos de restauración en pugna. Tan pronto como, durante estas vacaciones, enmudecía el ruido ensordecedor del parlamento y su cuerpo se disolvía en la nación, nadie podía dejar de ver que sólo faltaba una cosa para consumar la verdadera faz de esta república: hacer permanentes las vacaciones parlamentarias y sustituir su lema de Liberté, égalité, fraternité, por estas palabras inequívocas: ¡Infantería, caballería, artillería!
   
A mediados de octubre de 1849 reanudó sus sesiones la Asamblea Nacional. El 1 de noviembre, Bonaparte la sorprendió con un mensaje en el que le anunciaba la destitución del ministerio Barrot-Falloux y la formación de un nuevo ministerio. Jamás se ha arrojado a lacayos de su puesto con menos cumplidos que Bonaparte a sus ministros. Los puntapiés destinados a la Asamblea Nacional los recibían, por el momento, Barrot y Compañía.
   
El ministerio Barrot estaba compuesto, como hemos visto, por legitimistas y orleanistas, era un ministerio del partido del orden. Bonaparte había necesitado de él para disolver la Constituyente republicana, poner por obra la expedición contra Roma y destrozar el partido democrático. El se había eclipsado aparentemente detrás de este ministerio, entregando el Poder del gobierno en manos del partido del orden y poniéndose la careta de modestia que bajo Luis Felipe llevaba el gerente responsable de los periódicos, la careta del homme de paille *. Ahora se quitó la máscara, que no era ya velo
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sutil detrás del que podía ocultar su fisonomía, sino la máscara de hierro que le impedía mostrar una fisonomía propia. Había constituido el ministerio Barrot para hacer saltar, en nombre del partido del orden, la Asamblea Nacional republicana; y lo destituyó para declarar a su propio nombre independiente de la Asamblea Nacional del partido del orden.
   
Pretextos plausibles para esta destitución no faltaban. El ministerio Barrot descuidaba incluso las formas de decoro que habrían hecho aparecer al presidente de la república como un Poder al lado de la Asamblea Nacional. Durante las vacaciones parlamentarias Bonaparte publicó una carta dirigida a Edgar Ney en la que parecía desaprobar la actuación iliberal del papa[*], del mismo modo que había publicado, en oposición a la Constituyente, otra carta en la que elogiaba a Oudinot por su ataque contra la República de Roma. Al votarse en la Asamblea Nacional el presupuesto de la expedición romana, Víctor Hugo, por un supuesto liberalismo, puso a discusión aquella carta. El partido del orden ahogó entre exclamaciones despectivamente incrédulas la ocurrencia de que las ocurren cias de Bonaparte pudieran tener la menor importancia política. Ninguno de los ministros recogió el guante en su favor. En otra ocasión, Barrot, con su conocido patetismo vacuo, dejó escapar desde la tribuna palabras de indignación contra los "manejos abominables" en que, según su testimonio, anda ban las personas más cercanas al presidente. Por último, el ministerio, a la par que hacía aprobar por la Asamblea Nacional una pensión de viudedad para la Duquesa de Orleáns, rechazaba todas las propuestas para aumentar la lista civil de la presidencia. Y en Bonaparte, el pretendiente imperial se fundía tan íntimamente con el caballero de industria arruiná-
A LA SEGUNDA EDICION[2]
   
* Comandante militar del distrito de Saint Louis durante la guerra civil en Norteamérica. (Nota de Marx.)
Escrito para la segunda edición
de El dieciocho Brumario de
Luis Bonaparte, publicada en
Hamburgo en julio de 1869.
Originalmente escrito en alemán.
A LA TERCERA EDICION ALEMANA
El dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte de C. Marx, publica-
da en Hamburgo en 1885.
   
* El petimetre republicano.
¡Aquí está la rosa, baila aquí![11]
   
* Personaje de la poesía de Heine "Dos caballeros". En Crapulinski Heine ridiculiza a un noble polaco empobrecido por sus dilapidaciones (del francés crapule : crapuloso, juerguista). Aquí, al decir Crapulinski Marx se refiere a Luis Bonaparte.
   
* Editoriales.
   
* Los senadores.
   
* Despreocupación.
   
** Personaje de la obra de Adalbert von Chamisso "Pedro Schlemihl", que, tratando de enriquecerse, vendió su sombra, y después anduvo buscándola por todo el mundo.
   
* Un apéndice molesto.
   
* Distrito.
   
* Tenderos.
   
* En serio.
   
* Ya veremos.
   
** ¡No sois más que unos charlatanes!
   
* Hombre de paja.
   
* Se refiere al papa Pio IX.